4.- EL FONDO MONETARIO INTERNACIONAL


Para no dejar un vacío en esta presentación del orden económico internacional, es indispensable una breve consideración del Fondo Monetario Internacional (FMI).

El FMI fue la institución creada en Bretton-Woods en 1944 para tratar de impedir las prácticas de tipo monetario que en el periodo de entreguerras habían alimentado las guerras comerciales: en particular, las devaluaciones competitivas y las restricciones a los pagos internacionales (eventualmente aplicadas dentro de zonas monetarias). Para hacerlo, debía dar solución a un problema general de alcance mundial (la escasez de medios de pago internacionales) y debía prohibir y limitar las restricciones a los pagos internacionales y las devaluaciones competitivas aplicadas por los diferentes Estados.

Hoy en día, es habitual afirmar que no queda nada del sistema monetario creado en 1944 en Bretton-Woods. Pero esta afirmación es exagerada, o incluso del todo equivocada. Es cierto que buena parte de los instrumentos concretos diseñados en 1944 están en crisis o han desaparecido del todo (en particular, el sistema del patrón-oro, de la convertibilidad entre el oro y el dólar y de los tipos de cambio fijos pero ajustables), pero también es cierto que el nuevo enfoque con el que Bretton-Woods quiso superar la situación de entreguerras sigue vigente en algunos aspectos esenciales. En estos aspectos, lo que sucede es precisamente lo contrario: Bretton-Woods ha tenido tanto éxito que no nos damos cuenta de que cuestiones que actualmente parecen indiscutibles son en realidad un resultado de Bretton-Woods y de la creación del FMI.

Dos de estas cuestiones son especialmente significativas desde el punto de vista político. Se trata de la consagración, también en el terreno monetario, de los principios del multilateralismo y de la liberalización progresiva.

Ahora ya no se cuestiona que la inserción de cada Estado dentro del sistema monetario internacional se hace bajo el principio del multilateralismo. Sea cual sea el régimen y la política de tipo de cambio practicados por cada Estado, no se pone en duda que la divisa nacional se confronta, en los mercados mundiales de divisas, con todas las otras divisas, sin privilegiar los intercambios con la una o con la otra (Nota 2). Dicho de otro modo, se evita la utilización de la moneda como instrumento para orientar los flujos comerciales en la dirección específica de uno u otro Estado.

Tampoco se cuestiona que el sistema de tipo de cambio entre las diferentes monedas es un sistema demasiado importante como para que cada Estado gestione individualmente la participación de su moneda en el sistema. Unos defenderán que este sistema debe gestionarse colectivamente y que han de crearse los instrumentos necesarios para permitirlo; otros defenderán que es preferible dejar el sistema en manos de los mercados sin ninguna interferencia por parte de los gobiernos. Pero, al menos como posición de principio, nadie defenderá el unilateralismo (que cada Estado haga lo que le parezca sin tener a los otros en cuenta) ni el bilateralismo (que unos Estados privilegien los intercambios de divisas entre ellos y restrinjan la adquisición de divisas a otros Estados (Nota 3); y todos acceptan que el G-7 haya asumido, de hecho, funciones de coordinación y estabilización monetaria.

Asimismo, tampoco se cuestiona el principio de la liberalización de los pagos internacionales ligados a las transacciones corrientes, el otro gran invento de los acuerdos de Bretton-Woods.


5.- El gran vacío del orden económico de posguerra