
Durante 2001 la actividad económica habrá caído cerca de 4%, reduciendo el ingreso per cápita en cerca de un quinto desde que se inició la depresión hace catorce trimestres. No hay duda que el traumático abandono de la caja de conversión tendrá un impacto negativo sobre el desempeño de la economía en el primer semestre del 2002. A pesar de que a estas alturas todo pronóstico es extremadamente frágil, el PBI se contraerá durante el corriente año en no menos del 5%. Esto significa que las perspectivas de una mejora en la situación del empleo y del salario real en el corto plazo son prácticamente inexistentes. En este contexto, la única alternativa de sustentabilidad política del nuevo gobierno es que este tenga éxito en proyectar la imagen de que está tomando decisiones que remueven trabas estructurales al crecimiento y al funcionamiento de la economía. Paradójicamente, en medio de una situación de emergencia las autoridades deberán comenzar a hacer frente a los problemas importantes, como un mecanismo para hacer políticamente viable un tránsito de la actual depresión hacia un escenario mas benigno en el mediano plazo.
En medio de esta situación el sector externo ha experimentado un significativo proceso de ajuste. En efecto, durante el año 2001 el déficit de la cuenta corriente alcanzará sólo 3,900 millones de dólares, con un superávit comercial de cerca de 7,000 millones. El superávit comercial volverá a ampliarse en el año 2002, contribuyendo a la
materialización de un inédito superávit de la cuenta corriente. La posición de la cuenta corriente de la Argentina podrá tornarse más
sustentable en un contexto de crecimiento después de que efectivamente se alcance un acuerdo con los acreedores externos que reduzcan el peso de los intereses y las amortizaciones previstas para los próximos años. Para ello será esencial contar con un acuerdo y el apoyo de los organismos multilaterales de crédito. Sólo para el corriente año la Argentina enfrenta compromisos de pago de intereses y amortizaciones con los organismos multilaterales de crédito (incluido el FMI) por cerca de 10,000 millones de dólares. Sin un apoyo de los mismos resulta difícil ver como podrá hacer frente a estos compromisos y, a la vez, fortalecer la posición de las reservas
internacionales en un contexto de expectativas más positivas. El apoyo del FMI y los bancos multilaterales también será
fundamental para concluir una renegociación ordenada de los pasivos contraídos con los acreedores externos, actualmente
congelados debido a la declaración de default sobre la deuda pública.
Antes de fines de febrero es probable que el nuevo gobierno haya concluido un acuerdo con el FMI y pueda implementar un nuevo programa económico centrado en un
regimen de flotación cambiaria y, probablemente, una “pesificación” más
generalizada (Nota 1). Las chances de un fracaso, sin embargo, no son bajas. En tal caso el
escenario más probable sería el de una dolarización que agrave la depresión y coloque a la Argentina en una nueva espiral de conflicto y desgobierno. La nítida
percepción de este riesgo por parte de las autoridades y la dirigencia política hace este escenario poco probable. Sin embargo, para terminar de despejarlo se requerirá que el sector privado ponga en evidencia un espíritu de cooperación que aleje a la Argentina de una nueva colisión y que el apoyo internacional que requiere la Argentina esté disponible en un plazo razonable.
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(1) Nota post script de los editores: Este hecho ya ha tenido lugar con posterioridad al cierre de la redacción de esta nota.
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