3.- RASGOS ESTRUCTURALES DE LA INTERDEPENDENCIA ECONÓMICA EN EL MERCOSUR




A pesar del notable incremento de los flujos intrarregionales de comercio durante la década de los noventa, la interdependencia económica regional aún es modesta. En efecto, la relación entre exportaciones intrarregionales y PIB alcanza apenas un promedio de 2% para toda la región, muy por debajo de los niveles alcanzados por la Unión Europea a comienzos de los setenta (9%). Esto es resultado tanto de una relativamente baja participación del comercio intrarregional dentro del comercio total (20.4% en 2000), como de la limitada integración de las economías mayores de la región en los flujos de comercio mundial. En efecto, el coeficiente de comercio exterior de la Argentina y de Brasil (medido por la relación entre exportaciones totales y PIB) era en ambos casos (hasta antes de la devaluación del peso argentino) inferior al 10%.

Por otro lado, en el Mercosur la interdependencia económica regional es muy asimétrica. Mientras que los indicadores en el caso de Alemania (la economía más grande de la Unión Europea) se han mantenido en valores cercanos al promedio de la región durante la última década, en el caso del MERCOSUR los mismos indicadores muestran una gran disparidad entre la economía más grande (Brasil) y el resto. En efecto, mientras que la participación del comercio intrarregional en el comercio total alcanzó un promedio del 20.4% en el año 2000, para esa misma fecha esa relación alcanzaba 63.5% en el caso del Paraguay, 44.5% en el de Uruguay, 31.8% en el de la Argentina y sólo 14.5% en el de Brasil. No hay duda de que estas características estructurales implican que los incentivos nacionales para coordinar son sensiblemente divergentes entre países.

Además del plano comercial, la interdependencia económica regional también es modesta en materia de inversiones. Todos los miembros del MERCOSUR son importadores de capital y la integración regional en este campo es muy limitada. Durante el boom de la inversión extranjera directa de la década de los noventa, todos los países de la región fueron receptores netos de flujos provenientes del resto del mundo. La inversión directa intrarregional también se incrementó, pero según estimaciones oficiales sólo el 2% del total de los flujos de inversión extranjera directa que ingresaron a los países del MERCOSUR durante la década pasada se originaron en la propia región (especialmente en Brasil y la Argentina).

La integración regional de los mercados financieros domésticos también es baja. Excepto en el caso de la Argentina y Uruguay, donde este último país ha operado desde hace mucho tiempo como un centro bancario off-shore para residentes argentinos, los flujos de cartera dentro de la región son limitados. Aún en el caso de Uruguay, los bancos locales han desempeñado más el papel de facilitadores del tránsito que de destino final de las inversiones de cartera de residentes argentinos. La limitada diversificación de productos y la dificultad para alcanzar economías de escala en comparación con otros centros bancarios off-shore han condicionado la capacidad de Uruguay para transformarse en una plaza financiera regional más importante. Las inversiones cruzadas en productos financieros emitidos en la región (ya sean títulos públicos o papeles privados) también han sido limitadas: todos los países del MERCOSUR son importadores netos de capital y los incentivos de diversificación de riesgos inducen a los inversionistas locales a canalizar sus recursos hacia plazas distintas de aquéllas de la región. En la práctica, más allá del temor de “efectos contagio” o de la percepción de la existencia de un “riesgo regional”, hasta el momento los derrames intrarregionales se han hecho sentir más a través de canales reales (comerciales) que financieros. En particular, durante la crisis argentina de 2001-2002 la economía brasileña ha conseguido “despegarse” del desempeño de su vecino, como lo muestra el comportamiento divergente de los indicadores de riesgo.

Por último, la integración de los mercados de trabajo es aún más incipiente que en materia de bienes, servicios y capitales. No existen facilidades especiales para el movimiento de mano de obra dentro de la región y los mercados nacionales de trabajo continúan fuertemente segmentados. Existe una gran brecha entre los costos laborales reales y sobreviven fuertes asimetrías en la estructura de los mercados nacionales de trabajo (como lo indica, por ejemplo, la incidencia del empleo informal). Lo propio ocurre desde el punto de vista normativo, donde las regulaciones difieren sensiblemente entre los países. En conclusión, aún falta un largo proceso para alcanzar una efectiva integración de mercados factoriales como el de trabajo.


4.- Beneficios y obstáculos para la coordinación macroeconómica en el Mercosur