0.1 Qué es la mente y cómo surge la consciencia del yo

 

Los seres vivos provenimos de un conjunto de partículas que viajaron por el espacio durante millones de años sin un rumbo pre-establecido, hasta que el azar y la fuerza de gravedad reunieron ciertos grupos de estas en el planeta Tierra. Algunos de esos átomos llegaron a componer una estructura compleja y altamente organizada: el cerebro. Particularmente, en el caso humano, una masa de 1400 gramos de peso, aproximadamente, compuesta de unos 100.000 millones de neuronas interconectadas, unas con aspecto de materia gris y otras de materia blanca, que es capaz de reflexionar sobre su propia naturaleza y su papel en el propio Universo del que proceden.

 

El cerebro de los animales, es el principal órgano que regula la supervivencia de la especie. Para ello, el cerebro dispone de unos sensores, algo así como una web-cam que inspecciona el medio externo (el entorno en que vive) y el medio interno (su propio cuerpo). El cerebro, mediante los procesos perceptivos, representa en su interior (cognitivamente, esto es, simbólicamente) la información que captan estos sensores en lo que denominaremos ‘mapas cognitivos’. Existen, principalmente, tres tipos de mapas cognitivos conocidos como: a) mapas interoceptivos (informan del estado de las vísceras), b) mapas propioceptivos (informan del estado del aparato esquelético-muscular), y c) mapas exteroceptivos (informan del estado del mundo exterior). Estos mapas juegan un papel crítico en la configuración de una mente, que es genuina, personal e intransferible del perceptor, del animal que observa el medio y se observa a si-mismo.

 

Según Damasio[1](2010), los mapas describen patrones de ocurrencia de eventos y objetos en el espacio y el tiempo, así como sus relaciones espaciales y temporales (movimiento de los objetos). El proceso de la mente es un continuo fluir de estos mapas que corresponden a imágenes del exterior, del interior, reales, recordadas o imaginadas. Estas imágenes se ordenan en secuencias y unas tienen mayor prominencia que otras en la corriente mental (corriente del pensamiento), según el valor que tengan para el sujeto. Este valor proviene del conjunto original de disposiciones que orientan la regulación de la vida, así como los valores asignados a los mapas adquiridos a través de la experiencia.

 

Los mapas se basan en cambios que se producen en el cuerpo y en el cerebro durante la interacción física del cuerpo con los objetos del mundo. Las señales neurales (potenciales de acción) enviadas por los sensores (desde los órganos sensoriales) construyen pautas (patrones) neurales que plasman en mapas estas interacciones sujeto-mundo. Dichos patrones neurales (mapas) son dinámicos y tienen como finalidad ayudar a gestionar y controlar de modo eficiente el proceso de la vida orgánica.

 

Nuestra mente se vale de múltiples mapas de diferentes modalidades sensoriales y crea una representación del mundo externo que le sirve para responder con mayor precisión a los objetos y acontecimientos. Una vez que los mapas quedan confiados a la memoria, y pueden ser revividos a través del recuerdo imaginativo, es posible planificar e inventar mejores respuestas.

El cerebro, además de elaborar mapas mediante los procesos de la percepción, que se registran en diversas áreas cerebrales también tiene que establecer múltiples conexiones entre ellas. Dichas conexiones deben estar en sincronía (dentro de una ventana temporal). Esta gran complejidad de señales generadas la experimentamos como estados mentales y se corresponde no sólo con la actividad de un área discreta del cerebro, sino más bien es el resultado de un proceso recursivo que tiene lugar entre distintas regiones ensambladas.

 

 

 


[1]Damasio, A. (2010). Y el cerebro creó al hombre: ¿cómo el cerebro pudo generar emociones, sentimientos y el yo? Barcelona: Ediciones Destino.