1.3 El problema nuclear de la percepción

A la mayoría de las personas, la percepción les parece algo tan evidente que no creen que haya algo que explicar: vemos, oímos, olemos, etc., y ya está. Dado que ésta tiene lugar de forma rápida (casi inmediatamente), se logra sin esfuerzo y, normalmente, con facilidad, a las personas no les sorprende el hecho de que seamos conscientes de los objetos, situaciones y eventos del medio que nos rodea. Es algo que parece tan natural, tan obvio, que como indica Frisby (1979), se acepta sin plantearse preguntas, se da por supuesto que la realidad y la percepción son una misma cosa. Sólo cuando los recursos que la posibilitan se ven amenazados, o se pierden, se plantean ciertas cuestiones.

No es, por consiguiente, habitual el entender que el fenómeno de percibir es el producto de complejos procesos, que desde hace poco tiempo se están empezando a comprender y, desde luego, sobre el que ni mucho menos se hallan resueltos todos los problemas. El problema global de la percepción, como usualmente se denomina, ya fue planteado por los primeros filósofos griegos: ¿cómo el sujeto captura al objeto y lo llega a comprender?, y abordado con un enfoque metodológico que se mostró inadecuado, desde tres de sus ramas principales: la Metafísica, la Lógica y la Epistemología. No obstante, desde la adopción de un enfoque experimental, por parte de los primeros psicólogos, se fue reformulando el ancestral problema filosófico, expresándolo en términos menos vagos e imprecisos. Así, J.J. Gibson (1959) lo expresó del siguientes modo: ¿cómo es capaz el ser humano de dar significado al mundo, a partir del flujo de energía cambiante que incide en los órganos de los sentidos?. Efectivamente, éste es un problema de una gran complejidad, incluso abordándolo de modo analítico, ya que debemos admitir que todo lo que registran nuestros sentidos es un patrón de distribución espacio-temporal de la energía y los procesos que nos llevan a la captación del significado del objeto son privados (personales e intransferibles), inaccesibles directamente, no transparentes al perceptor y rapidísimos.

La naturaleza de este problema se clarifica si se plantea en términos de dos conceptos acuñados por Brunswik (1955), desde la postura teórica del ‘Funcionalismo probabilístico’. Este autor distingue entre:

.               ●                      Estímulo distal: referido a la energía física que emana de una fuente de estimulación externa. En otras palabras, lo que está ahí fuera, en el medio físico.

.               ●                      Estímulo proximal: la proyección de la energía del estímulo sobre los pertinentes receptores sensoriales. Por ejemplo, la imagen retiniana en la modalidad visual.

 

La reformulación del problema global, haciendo uso de estos términos, puede expresarse así: ¿cómo a pesar de las enormes diferencias entre el estímulo proximal y el estímulo distal somos capaces de establecer una correspondencia?. Es importante observar que el estímulo proximal difiere considerablemente del estímulo distal, del que es un hipotético reflejo, fundamentalmente en cinco aspectos. En primer lugar, en el caso de la visión, no toda la energía electromagnética proveniente de un estímulo distal llega al ojo, parte se pierde en el trayecto o en algunas estructuras dióptricas (medios transparentes) del ojo. En segundo lugar, la imagen proximal resultante es invertida y de menor tamaño que la imagen del estímulo distal. En tercer lugar, la imagen proximal es bidimensional, mientras que el objeto distal es tridimensional. En cuarto lugar, el estímulo proximal, a diferencia del distal, se halla parcialmente bajo control del observador, mediante los movimientos de cabeza y los movimientos oculares. Finalmente, la información sobre un objeto llega al ojo en forma de energía electromagnética, pero se transmite al cerebro del observador a través de impulsos bioeléctricos.

En el fondo el problema global de la percepción se reduce al problema de la correspondencia psicofísica o congruencia entre la información que proporciona la energía física del estímulo y la experiencia psicológica correspondiente. Por ejemplo, entre: a) Una determinada longitud de onda radiante y un color; b) Ciertas relaciones espaciales y la percepción de una forma; c) Determinadas relaciones espacio-temporales y percepción de movimiento; d) Cierta frecuencia temporal de un sonido y su tonalidad; etc.

Percibir es algo más que ver, oír, oler, etc., se debe interpretar el estímulo y dotarlo de significación. Para poder abordar el problema de cómo percibimos, frecuentemente, se recurre a la utilización de estímulos seleccionados que permitan enlentecer el proceso perceptivo y, así, estudiarlo minuciosamente. Por ejemplo, véase la Figura 2 y trate de otorgarle significado.

 

FIGURA 2.- Dálmata husmeando en hojarasca. [Original de D.Marr; 1982].

Precisamente como consecuencia de que los datos extraídos del estímulo son interpretados, en ocasiones, cometemos errores de interpretación, al basar las inferencias en ‘pistas’ (claves) inadecuadas. Esto nos remite a la polémica entre dos posturas epistemológicas clásicas, el empirismo y el racionalismo, respecto a algo tan importante como es la validez del conocimiento que adquirimos al percibir. Resulta de crucial importancia para la especie que la percepción sea verídica, que no cometamos errores de interpretación, que podamos confiar en la validez del conocimiento obtenido a través de los sentidos. El empirismo sostiene que la información sensorial es la única fuente de conocimiento válida, a esta concepción se contrapone el racionalismo, el cual defiende que ante el ‘engaño’ a que nos conduce, a veces, los sistemas sensoriales, el auténtico fundamento de nuestro conocimiento radica en las ideas claras y distintas, propuesto por Renè Descartes. Como señala acertadamente García-Albea (1993), paradójicamente, estas dos posturas llevaban razón justo en aquello que rechazaban. Es cierto que no podemos confiar ciegamente en los sentidos (como afirma el racionalismo), pero tal pérdida de credibilidad se produce en la medida en que los datos estimulares captados sean mal interpretados por el sistema cognitivo (por el aparato racional: memoria, razonamiento, etc.). También es cierto que nada hay en el intelecto que no haya pasado antes por los sentidos (tesis empirista), que nuestro conocimiento del mundo se fundamenta en los sentidos, pero sólo será cierto en la medida que tal información sea correctamente interpretada por el aparato cognitivo-racional. Precisamente, del estudio de la interacción entre los datos sensoriales (información extraída por los órganos de los sentidos) y el procesamiento cognitivo se ocupa la Psicología de la percepción, mediante el estudio de las ilusiones perceptivas y ciertos efectos particulares, los cuales se ponen de manifiesto en determinadas condiciones de estimulación.