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Al menos en CC OO -sólo puedo responder en su nombre- pensamos
que ante hechos como los de El Ejido es más loable inducir la unidad
de los demócratas en la condena del racismo que azuzar su división
por muy comprensibles y legítimos que sean los particulares intereses
electorales en la presente coyuntura. Razón por la cual no nos pareció
necesario ni conveniente resaltar lo mucho que venimos haciendo por la
integración sociolaboral de los inmigrantes desde antes incluso
de disponer de las libertades y medios mínimos para ejercer esa
labor, y mucho menos enzarzarnos con otros en una disputa tan mezquina
como torpe sobre las responsabilidades de todo tipo imputables a los sucesivos
Gobiernos, al actual y a los anteriores.
Ahora bien, ya que comentaristas y tertulianos de diversos medios han
descalificado aquella iniciativa como si de un lavado superficial de conciencia
se tratase tras despertar de un "sopor burocrático" para encubrir
nuestra supuesta pasividad, me parece obligado apuntar algunas muestras
del quehacer de CC OO por si contribuyen a que los implacables examinadores
de cuanto se hace y acontece sean más ecuánimes.
No hemos despertado ahora al fenómeno de las migraciones, sino
que nacimos ya incorporando la atención y defensa de los emigrantes
españoles entre las principales responsabilidades de CC OO y desde
la clandestinidad se nutrieron nuestra militancia y los máximos
órganos dirigentes con emigrantes. Sin discontinuidad alguna transformamos
todo aquel dispositivo ampliando enfoques sindicales y medios más
allá de nuestras posibilidades para volcarlos hacia los inmigrantes
cuando, apenas restaurada la democracia, empezaban a venir los primeros
emigrados políticos desde países latinoamericanos y económicos
del norte de África. Hace casi 15 años que CC OO ha extendido
por toda España -también en El Ejido- los Centros de Integración
para los Trabajadores Emigrados (CITE), dedicados en exclusiva a la información,
asesoramiento, regularización y defensa laboral y civil de estos
colectivos, por lo que no es casual que CC OO sea la organización
que cuenta con el mayor número de inmigrantes entre sus afiliados
y delegados representativos en las empresas. No hemos bajado la guardia
ante el más mínimo síntoma de incomprensión
entre nuestros afiliados y trabajadores en general, como no paramos en
la permanente formación de nuestra gente en el respeto de los derechos
humanos, en el rechazo del simplismo xenófobo que presenta a los
inmigrantes como usurpadores de empleos y en inculcarles que la solidaridad
es un vínculo que interesa por igual a quienes la ejercen y a quienes
la reciben, superando las connotaciones caritativas que en otro tiempo
le incrustaron algunos progres. Denunciamos y luchamos en la calle
y ante las instituciones contra aquella restrictiva y criminalizadora Ley
de Extranjería de 1985, siendo los primeros en interponerle recurso
de inconstitucionalidad. Como hemos sido artífices en primer plano
de su reforma y, finalmente, en la gestación de la mayoría
parlamentaria suficiente para impedir la involución de última
hora perpetrada por el Gobierno del PP. Y si en España se ha oído
hablar de la Campaña Internacional contra el Racismo y la Xenofobia
ha sido gracias a que la impulsamos desde CC OO aun antes de que cualquier
entidad pública o privada se la tomara mínimamente en serio;
con nuestro empeño y exclusivos medios la hemos difundido por todo
el país durante más de un año y hemos contado con
la colaboración de muy diversos representantes de la cultura en
todas sus facetas, a quienes una vez más les reiteramos nuestro
profundo agradecimiento.
Como también es sabido que en estos primeros días de vigencia
de la nueva ley de inmigraciones no nos hemos limitado a gritar la negligencia
-¿intencionada?- de la Administración ante las colas de inmigrantes
y la dureza de la policía para disolverlas, sino que, con la mayor
agilidad y audacia que hemos podido, se han tramitado miles de regularizaciones
desde las sedes de Comisiones Obreras.
Ciertamente, el trabajo social o sindical contra la marginación
y la exclusión social está minusvalorado en la escala de
valores de una sociedad mediática que, paradójicamente, cuanto
más expande la información y más sofisticados son
sus medios tecnológicos, más gorda es la brocha que utiliza
para diseñar lo que es noticia y lo que no lo es. También
es comprensible que estos esfuerzos pasen inadvertidos porque quienes los
realizamos no podemos perder tiempo y energías en hacer publicidad,
sabemos de antemano que los marginados no votan y, como nos recordaba en
cierta ocasión el escritor Galbraiht refiriéndose a Estados
Unidos, "antes el partido Demócrata era el de los pobres; ahora,
uno y otro partido de lo que se ocupan es de que los pobres no voten".
En consecuencia, tenemos asumido que no se ensalce nuestro papel en este
frente porque ni nosotros mismos buscamos el aplauso de nadie, pero quienes
con tanta ligereza nos abroncan mientras predican descubriendo el Mediterráneo
racista podrían informarse antes, no vaya a ser que otros lleven
dando trigo algún tiempo con poca o mucha fortuna y bajando al Mediterráneo
o implicándose para que convivan y prosperen mejor todas sus comunidades
ribereñas.
Que en la sociedad española está latente el racismo, que
se ha hecho patente en varias ocasiones en los últimos años
y que volverá a manifestarse en cualquier momento y en cualquier
lugar es casi una obviedad ante la que no cabe engañarse ni confiarse.
Pero no es cierto que estemos inermes ni es bueno paralizarse con lamentaciones.
Es necesario conjugar esfuerzos y responsabilidades hasta cristalizarlos
en iniciativas tangibles, que seguramente serán insuficientes, pero
en sus resultados, por insatisfactorios que sean, se alentarán nuevos
y mayores avances. Así, por ejemplo, en la controvertida visita
de políticos y sindicalistas a El Ejido se establecieron las bases
de la negociación entre empresarios agrícolas y representantes
de los trabajadores -CC OO, UGT y asociaciones- para la mejora de las condiciones
laborales; se asumió el compromiso de indemnizar por los destrozos
ocasionados durante los disturbios, restaurar la mezquita de El Ejido,
disponer de l as primeras partidas presupuestarias para la construcción
de viviendas, etcétera.
Esperemos también que aquella foto velada parcialmente por un
alcalde del PP, inconcebible en las filas de un partido democrático,
haya servido para el común aprendizaje acerca de la grandeza que
ha de alcanzar la imprescindible política para combatir con tesón
una de las bajezas más detestables, que no superará el mercado
global por sí solo, sino que lo agravará, en las que cae
frecuentemente nuestra manifiestamente mejorable civilización: el
racismo.
Antonio Gutiérrez Vegara es secretario general de la C. S. de CC OO. |
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