Miércoles 16 febrero 2000 - Nº 1384 |
OPINIÓN
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Elegido FÉLIX DE AZÚA Tras la carnicería causada por el Tercer Reich, algunos pensadores
se plantearon si era razonable seguir definiendo a los humanos como animales
libres, inteligentes y benéficos. El pesimismo radical se formuló
con preguntas metafóricas como "¿es posible la poesía
después de Auschwitz?", o bien, "¿quién puede creer
en Dios después de Auschwitz?". La mirada vacía de los supervivientes
inclinaba a suponer que se había aniquilado un modo de habitar el
mundo que desde Platón había querido levantar ciudades de
mármol y constituciones luminosas. Un mundo para individuos de quienes
se pudiera decir: mira, lleva un dios dentro de sí.
Han pasado muchos años y de aquello nadie se acuerda. En lugar
de restaurar con esfuerzo y tenacidad a unos humanos capaces de volver
a albergar un dios, en el último medio siglo hemos construido un
simulacro que de divino sólo tiene la carcasa. Su aspecto es en
verdad soberbio, hombres, mujeres y niños nos asedian constantemente,
por todas partes, adornados con la más esplendorosa e inocente forma
corporal. La belleza de estos simulacros que siempre sonríen felices
desde la publicidad y la política (gemelos univitelinos) mantiene
intacto en su interior un campo de concentración. No fue posible,
ni siquiera se intentó descontaminar la pasta, de modo que la hemos
ocultado en el más hermoso de los tubos. Pero la pasta venenosa
sigue allí dentro y nadie puede habitar en una pasta venenosa.
A veces, cuando algún perseguido mira a las cámaras, vuelven
a aparecer los ojos del superviviente. No miran con ira, ni con odio, ni
mucho menos con temor. Miran con la hastiada indiferencia de quien ha sido
elegido para el espectáculo de la maldad. Luego irrumpe el alcalde,
fuerte, lustroso como un director de circo, y dice que va a cambiar moros
por rumanos como si dijera que va a cambiar de calcetines. Restalla el
látigo y suena la música, el espectáculo continúa,
los niños comen yogures, mamá también los come, los
políticos besan a los niños.
Discutir sobre la "enseñanza de las humanidades" en un país que jamás ha valorado ni la honradez, ni la bondad, ni la convivencia, ni la razón, es puro cinismo. No hay que "enseñar humanidades", hay que humanizar a los homínidos. Por si un dios decide habitarlos algún día. |
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