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domingo 13 de febrero de 2000
   
Y el PER cambió el rostro de El Ejido

El Plan de Empleo Rural detuvo la inmigración nacional a la zona y dio paso a la magrebí

La historia de El Ejido está marcada por los inmigrantes. Jornaleros de Granada y Jaén y luego del resto del país obraron el milagro de convertir aquel páramo en un vergel. Con la creación del PERel flujo nacional se detuvo y dio paso al magrebí. 

FOTO
Un polaco trabaja en el interior 
de un invernadero de El Ejido 
Juan C. Serrano - Madrid .-
El 90 por ciento de los más de 50.000 habitantes censados actualmente en El Ejido proceden de fuera de Almería. En 1963, cuando se instaló el primer invernadero en la zona, el municipio tenía dos mil vecinos escasos. 
    En aquel momento, la economía del lugar, una llanura esteparía con raquíticos pastos aprovechados por algún rebaño de ovejas, atravesaba profundos cambios. La escasa agricultura, dedicada íntegramente al cultivo de la uva de mesa, se hallaba al borde de la ruina. La aparición en el mercado de nuevas variedades de uva, de más rentable producción y por tanto más competitivas, había dejado a los parrales en dique seco. Los pocos agricultores se afanaban por sacar un mayor rendimiento cubriendo las estructuras de las parras con plástico. No dio buen resultado, pero sin quererlo dejaron puesta la primera piedra de lo que luego serían sus invernaderos.
    Al mismo tiempo, en la zona se habían descubierto los enarenados, que no eran otra cosa que echar abono sobre un terreno árido y luego cubrirlo de arena. Este sistema era toda una revolución agrícola, pues al descubrirse que la arena mantenía la humedad del suelo y tenía un efecto desalinizador de los terrenos, los habitantes de la zona habían comenzado a cosechar hortalizas, como cultivo alternativo a la uva. Para ello disponían del regadío necesario gracias al acuífero que baña el subsuelo de la comarca, a través de corrientes de agua que proceden de la sierra y van a dar al mar. 
    Los enarenados, sin embargo, no eran un sistema perfecto, ya que los vientos huracanados y las bajas temperaturas del invierno arruinaban las cosechas.
    Fue Francisco Fuentes, un colono que desembarcó en la zona de la mano del Instituto Nacional de Colonización, quien instaló el primer invernadero en 1963. Fuentes, conocido como «Paco el Piloto» por su afición a las innovaciones, llevó a cabo la primera siembra con esta experiencia el 30 de noviembre. El éxito fue rotundo. En 100 metros cuadrados logró disparar el rendimiento de tomates (213% más), pimientos (465 %) y pepinos (384%), sus primeros cultivos.
    Los habitantes de El Ejido, que vivían dispersos en cortijos, se sumaron de inmediato a la novedad y aprovecharon sus parrales cubiertos por plásticos para plantar toda la clase de hortalizas. La experiencia, beneficiada por las condiciones climáticas, convirtieron a la comarca del Poniente en una zona de aluvión de inmigrantes. Agricultores de las Alpujarras granadinas y de Jaén fueron los primeros en llegar. «Vinimos con lo puesto. A mi padre le ofrecieron la posibilidad de un trabajo aquí y arrambló con toda la familia», recuerda Juan Alcalá, un jienense que llegó a El Ejido con dos años y ahora tiene su propia explotación, al igual que sus hermanos.
    Los primeros en llegar trabajaban como jornaleros a sueldo. «Luego enseguida se hacían medieros (trabajaban la tierra del propietario y se llevaban el 60% de la producción) y terminaban comprando un terreno y construyendo un invernadero», dice Fernando Cantón, autóctono del municipio y uno de los primeros en secundar la experiencia de «Paco el Piloto». «Cultivé -relata- 200 metros cuadrados y ahorré 55.000 pesetas». Hoy posee seis hectáreas de plástico, aunque no desvela lo que le rinden económicamente. «Yo tengo 63 años y no sé lo que son vacaciones», añade.
    El milagro de El Ejido se trasmitió por todo el país, de donde llegaban incesantemente gentes con ánimo de prosperar. «Iban a pedir créditos al banco con callos en las manos», explica José Antonio Cantón, entonces empleado del Banco Agrícola y que después se convirtió en director de varios medios de comunicación de la comarca.
    Esos primeros agricultores comenzaron viajando a los principales mercados de Andalucía para luego acudir a Madrid y Barcelona para vender sus hortalizas. Organizados en cooperativas, en la década de los 70 lograron introducir sus productos en Francia a través de Perpignan, aprovechando el mercado abierto por la naranja del Levante en ese país. 
    En esos viajes descubrieron que existía un mercado, el de Holanda, que importaba productos de todo el mundo y que disponía de unas redes de distribución muy importantes en toda Europa. El asalto a Holanda, a finales de los año 70 y primeros de los 80, provocó una verdadera explosión demográfica en la comarca. De 2.500 hectáreas de superficie invernada en 1965 se pasó a 8.250 en 1981 (En la actualidad es de más 30.000). La diversidad de cultivos estaba en auge y para ello las cooperativas organizaban viajes a Europa para conocer el mercado.
    «Uno de los secretos de esta zona es que sus gentes han sido siempre muy innovadoras y siempre han estado atentos a lo que el mercado ha ido demandando», dice José Antonio Cantón, director de la revista agraria «Poniente». «Aquí se produce lo que el mercado pide». 
    A principios de los años 80 la población de El Ejido era ya de 23.000 habitantes. El centro urbano se había extendido espectacularmente, a base de agricultores que abandonaban el cortijo, construido inicialmente junto al invernadero, por un piso o una casa.

Ayudas al campo

Es en estos años, coincidiendo con la creación del Plan de Empleo Rural (PER) de ayudas a los agricultores en paro, cuando se detiene el flujo de inmigración nacional, según coinciden todos los expertos en demografía almerienses. Estas ayudas permiten a los trabajadores del campo, sobre todo en Andalucía, aliviar las duras condiciones de la falta de trabajo, lo que provoca que ya no necesite alejarse de sus raíces para buscar mejores condiciones de vida.
    El parón de esta mano de obra y la rotunda prosperidad que va adquiriendo el campo ejidiense da lugar a un recambio inmediato del trabajo a jornal, al que se incorporan instantáneamente inmigrantes magrebíes. 
    Los emprendedores agricultores del Ejido, ante la falta de mano de obra en los invernaderos, contactaron con empresarios franceses, a través de los cuales llegaron los primeros marroquíes a trabajar a la zona. Estos primeros jornaleros del otro lado del Mediterráneo entraron en los cultivos sin papeles y poco a poco la administración fue legalizándoles a medida que los empresarios les hacían contratos. Sin embargo, en El Ejido recuerdan que las primeras regularizaciones «eran tacañas y la Administración siempre escatimaba a la hora de concretar cupos de extranjeros».
    El colectivo magrebí fue aumentando a medida que la producción hortifrutícola se hacía más extensa. Los invernaderos y las cooperativas habían dado paso a un enorme industria auxiliar, donde las empresas de plásticos, químicas, de transporte y de semillas, entre otras, iban naciendo como setas y a la vez disponiendo de una mayor oferta de trabajo. Todo ello, asumía perfectamente la demanda de trabajo, que en la gran mayoría de las ocasiones llegaba en patera o escondida en camiones. Los viejos y destartalados cortijos de los primeros colonos fueron, en muchos casos acondicionados para los nuevos extranjeros, que preferían ahorrarse el dinero de la vivienda y mandarlo a sus países. En otros casos, el patrón, mucho más desaprensivo les instalaba en auténticos guetos. 
    Este nuevo aluvión convirtió, a mediados de los 90 a El Ejido en «un suburbio sin urbe, en un Vallecas sin Madrid» -como dice Cantón, donde la oferta de trabajo, aunque amplia, tenía sus limitaciones. 
 
 

 
   
 

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