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Y
el PER cambió el rostro de El Ejido
El Plan de Empleo Rural
detuvo la inmigración nacional a la zona y dio paso a la magrebí
La historia de El Ejido está
marcada por los inmigrantes. Jornaleros de Granada y Jaén y luego
del resto del país obraron el milagro de convertir aquel páramo
en un vergel. Con la creación del PERel flujo nacional se detuvo
y dio paso al magrebí.
Un polaco trabaja en el interior
de un invernadero de El Ejido |
Juan C. Serrano - Madrid .-
El 90 por ciento de los más
de 50.000 habitantes censados actualmente en El Ejido proceden de fuera
de Almería. En 1963, cuando se instaló el primer invernadero
en la zona, el municipio tenía dos mil vecinos escasos.
En aquel momento,
la economía del lugar, una llanura esteparía con raquíticos
pastos aprovechados por algún rebaño de ovejas, atravesaba
profundos cambios. La escasa agricultura, dedicada íntegramente
al cultivo de la uva de mesa, se hallaba al borde de la ruina. La aparición
en el mercado de nuevas variedades de uva, de más rentable producción
y por tanto más competitivas, había dejado a los parrales
en dique seco. Los pocos agricultores se afanaban por sacar un mayor rendimiento
cubriendo las estructuras de las parras con plástico. No dio buen
resultado, pero sin quererlo dejaron puesta la primera piedra de lo que
luego serían sus invernaderos.
Al mismo tiempo,
en la zona se habían descubierto los enarenados, que no eran otra
cosa que echar abono sobre un terreno árido y luego cubrirlo de
arena. Este sistema era toda una revolución agrícola, pues
al descubrirse que la arena mantenía la humedad del suelo y tenía
un efecto desalinizador de los terrenos, los habitantes de la zona habían
comenzado a cosechar hortalizas, como cultivo alternativo a la uva. Para
ello disponían del regadío necesario gracias al acuífero
que baña el subsuelo de la comarca, a través de corrientes
de agua que proceden de la sierra y van a dar al mar.
Los enarenados,
sin embargo, no eran un sistema perfecto, ya que los vientos huracanados
y las bajas temperaturas del invierno arruinaban las cosechas.
Fue Francisco
Fuentes, un colono que desembarcó en la zona de la mano del Instituto
Nacional de Colonización, quien instaló el primer invernadero
en 1963. Fuentes, conocido como «Paco el Piloto» por su afición
a las innovaciones, llevó a cabo la primera siembra con esta experiencia
el 30 de noviembre. El éxito fue rotundo. En 100 metros cuadrados
logró disparar el rendimiento de tomates (213% más), pimientos
(465 %) y pepinos (384%), sus primeros cultivos.
Los habitantes
de El Ejido, que vivían dispersos en cortijos, se sumaron de inmediato
a la novedad y aprovecharon sus parrales cubiertos por plásticos
para plantar toda la clase de hortalizas. La experiencia, beneficiada por
las condiciones climáticas, convirtieron a la comarca del Poniente
en una zona de aluvión de inmigrantes. Agricultores de las Alpujarras
granadinas y de Jaén fueron los primeros en llegar. «Vinimos
con lo puesto. A mi padre le ofrecieron la posibilidad de un trabajo aquí
y arrambló con toda la familia», recuerda Juan Alcalá,
un jienense que llegó a El Ejido con dos años y ahora tiene
su propia explotación, al igual que sus hermanos.
Los primeros
en llegar trabajaban como jornaleros a sueldo. «Luego enseguida se
hacían medieros (trabajaban la tierra del propietario y se llevaban
el 60% de la producción) y terminaban comprando un terreno y construyendo
un invernadero», dice Fernando Cantón, autóctono del
municipio y uno de los primeros en secundar la experiencia de «Paco
el Piloto». «Cultivé -relata- 200 metros cuadrados y
ahorré 55.000 pesetas». Hoy posee seis hectáreas de
plástico, aunque no desvela lo que le rinden económicamente.
«Yo tengo 63 años y no sé lo que son vacaciones»,
añade.
El milagro de
El Ejido se trasmitió por todo el país, de donde llegaban
incesantemente gentes con ánimo de prosperar. «Iban a pedir
créditos al banco con callos en las manos», explica José
Antonio Cantón, entonces empleado del Banco Agrícola y que
después se convirtió en director de varios medios de comunicación
de la comarca.
Esos primeros
agricultores comenzaron viajando a los principales mercados de Andalucía
para luego acudir a Madrid y Barcelona para vender sus hortalizas. Organizados
en cooperativas, en la década de los 70 lograron introducir sus
productos en Francia a través de Perpignan, aprovechando el mercado
abierto por la naranja del Levante en ese país.
En esos viajes
descubrieron que existía un mercado, el de Holanda, que importaba
productos de todo el mundo y que disponía de unas redes de distribución
muy importantes en toda Europa. El asalto a Holanda, a finales de los año
70 y primeros de los 80, provocó una verdadera explosión
demográfica en la comarca. De 2.500 hectáreas de superficie
invernada en 1965 se pasó a 8.250 en 1981 (En la actualidad es de
más 30.000). La diversidad de cultivos estaba en auge y para ello
las cooperativas organizaban viajes a Europa para conocer el mercado.
«Uno de
los secretos de esta zona es que sus gentes han sido siempre muy innovadoras
y siempre han estado atentos a lo que el mercado ha ido demandando»,
dice José Antonio Cantón, director de la revista agraria
«Poniente». «Aquí se produce lo que el mercado
pide».
A principios
de los años 80 la población de El Ejido era ya de 23.000
habitantes. El centro urbano se había extendido espectacularmente,
a base de agricultores que abandonaban el cortijo, construido inicialmente
junto al invernadero, por un piso o una casa.
Ayudas al campo
Es en estos años, coincidiendo
con la creación del Plan de Empleo Rural (PER) de ayudas a los agricultores
en paro, cuando se detiene el flujo de inmigración nacional, según
coinciden todos los expertos en demografía almerienses. Estas ayudas
permiten a los trabajadores del campo, sobre todo en Andalucía,
aliviar las duras condiciones de la falta de trabajo, lo que provoca que
ya no necesite alejarse de sus raíces para buscar mejores condiciones
de vida.
El parón
de esta mano de obra y la rotunda prosperidad que va adquiriendo el campo
ejidiense da lugar a un recambio inmediato del trabajo a jornal, al que
se incorporan instantáneamente inmigrantes magrebíes.
Los emprendedores
agricultores del Ejido, ante la falta de mano de obra en los invernaderos,
contactaron con empresarios franceses, a través de los cuales llegaron
los primeros marroquíes a trabajar a la zona. Estos primeros jornaleros
del otro lado del Mediterráneo entraron en los cultivos sin papeles
y poco a poco la administración fue legalizándoles a medida
que los empresarios les hacían contratos. Sin embargo, en El Ejido
recuerdan que las primeras regularizaciones «eran tacañas
y la Administración siempre escatimaba a la hora de concretar cupos
de extranjeros».
El colectivo
magrebí fue aumentando a medida que la producción hortifrutícola
se hacía más extensa. Los invernaderos y las cooperativas
habían dado paso a un enorme industria auxiliar, donde las empresas
de plásticos, químicas, de transporte y de semillas, entre
otras, iban naciendo como setas y a la vez disponiendo de una mayor oferta
de trabajo. Todo ello, asumía perfectamente la demanda de trabajo,
que en la gran mayoría de las ocasiones llegaba en patera o escondida
en camiones. Los viejos y destartalados cortijos de los primeros colonos
fueron, en muchos casos acondicionados para los nuevos extranjeros, que
preferían ahorrarse el dinero de la vivienda y mandarlo a sus países.
En otros casos, el patrón, mucho más desaprensivo les instalaba
en auténticos guetos.
Este nuevo aluvión
convirtió, a mediados de los 90 a El Ejido en «un suburbio
sin urbe, en un Vallecas sin Madrid» -como dice Cantón, donde
la oferta de trabajo, aunque amplia, tenía sus limitaciones.
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