Ofrecemos dos nuevos análisis de los sucesos de El Ejido. En el primero (El Ejido: Diagnósticos insuficientes) El antropólogo Isidoro Moreno profundiza en las condiciones no solo sociales sino también ideológicas que han llevado a este estallido xenofobo, en el segundo(Testimonio desde el Infierno una de las personas que tuvieron que huir, por ser sospechosas de simpatizar con los inmigrantes, nos hace un relato duro de la vida en el municipio almeriense.
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Isidoro Moreno
Diario de Andalucía. Sábado, 12 de febrero de 2000
CONFIESO que, ante los sucesos de El Ejido, me siento indignado como ciudadano y avergonzado como andaluz. Sentimientos que estoy seguro comparten muchos hombres y mujeres de esta tierra nuestra. Pero, como antropólogo, no puedo reducirme a esos dos necesarios sentimientos. Tengo la obligación, profesional y moral, de decir algo más de lo que estamos escuchando estos días en el intento, de unos y otros, por acallar su mala conciencia y también, hay que señalarlo, de obtener réditos electorales. Y sé que lo que voy a escribir, por ir en gran medida a contracorriente, puede salirse de lo definido como "políticamente correcto". Me da igual. Y asumo los costes.
Una primera afirmación. Es necesario cuestionar un primer diagnóstico erróneo, que vienen repitiendo desde hace veinte años prácticamente todos los políticos, y buena parte de los académicos, sobre el Poniente almeriense: que la comarca es un modelo de desarrollo; un ejemplo a seguir para el resto de Andalucía. Se confunde, de forma perversa, desarrollo con crecimiento económico, desarrollo con multiplicación de la riqueza, sin tener en cuenta ningún otro factor. ¿No se está aplicando, así, la lógica fundamentalista del dinero como única lógica? ¿Es realmente El Ejido una sociedad desarrollada por el hecho de ser el municipio andaluz donde hay más oficinas bancarias por habitante (autóctonos, por supuesto), más volumen medio por cuenta corriente, más whiskerías, más casas de juego y, también, mayor índice de suicidios? ¿Por parecerse, pues, en muchos sentidos, a Las Vegas? ¿Cuántos libros, cuánta prensa, por ejemplo, se lee en el municipio? ¿Cuáles van a ser las consecuencias de la salinización de los acuíferos, esquilmados salvajemente? ¿Y de la erosión de los suelos, por no hablar de la sobreexplotación de los inmigrantes sobre la que está construido todo este tinglado productivo "ejemplar"? ¿Puede, de verdad, definirse como desarrollada una sociedad como la que realizó, simpatizó o asistió impávida, el pasado fin de semana, a la mayor explosión de racismo que ha tenido lugar en Europa occidental desde la caída del régimen nazi? No se trata de criminalizar a las gentes de El Ejido, ni de tratarlas como a apestados, aunque allí suela tratarse así a magrebíes y subsaharianos, pero sí de señalar el modelo societario y los valores que explican por qué esto ha pasado allí y no -me veo obligado a decir, por ahora- en otros sitios.
Un segundo diagnóstico equivocado es que "el problema de la inmigración" es solamente un problema de leyes y de política social, y que, por ello, todo se solucionaría con la "integración". Afirmo que, por supuesto, es imprescindible garantizar a todos los inmigrantes vivienda, sanidad, educación, condiciones de trabajo y derechos ciudadanos iguales que a los autóctonos (incluido el derecho al voto y a una representación como colectivos en las instancias de decisión y no sólo consultivas). Pero estas medidas, con ser totalmente necesarias, son radicalmente insuficientes; incluso si pensamos -que ya es mucho pensar- que van a realizarse con la voluntad y dineros que requieren. Y son insuficientes porque el problema principal no son los inmigrantes sino que somos nosotros. ¿Y qué medidas vamos a tomar sobre nosotros? Algunos responden, a toda prisa, que reprimir y hacer caer el peso de la ley contra los grupúsculos ultras que predican, y practican, explícitamente el racismo. Y exigir responsabilidades penales a quienes haya lugar. Desde luego, estoy de acuerdo en que la ley ha de aplicarse, sin cínicas "prudencias", a quienes incendian viviendas, chabolas, vehículos, pequeños comercios y mezquitas de inmigrantes, destruyen sedes de ONGs y agreden a personas. Y a las que fomentan la ideología xenófoba. Pero me preocupa sobremanera que se quiera hacer recaer sólo en esas "bandas fascistas" y en ciertos políticos el peso de la responsabilidad. Porque el problema principal es la gente corriente. ¿Han escuchado ustedes, por radio o televisión, las declaraciones de mujeres y hombres normales de El Ejido, en principio ni más ni menos racistas que los de cualquiera de nuestros pueblos y barrios, cómo comparaban a magrebíes y negros explicando cómo con estos últimos no ha habido problemas ya que no son arrogantes y desconfiados sino sumisos?
El problema de fondo es un problema de educación, de qué valores, y qué ideas se transmiten en la escuela, en la universidad, en los medios de comunicación...
Si a nuestros niños y jóvenes les siguen contando que una de las glorias nacionales fue la expulsión de los "moros invasores", tras ocho siglos de "Reconquista". Sí la deportación de los judíos y luego de los moriscos no se califican como una monstruosa limpieza étnica sino como un medio para conseguir la "unidad de España". Si se silencia la persecución permanente contra los gitanos y la situación de esclavismo que durante siglos sufrieron aquí los negros. Si se denomina ,"empresa civilizatoria" el etnocidio perpetrado contra los pueblos indígenas del continente americano. Si se continúa afirmando, por la mayor parte de la intelectualidad autodenominada progresista, que existen culturas superiores (la euro-norteamericana, claro) y culturas inferiores (las de todos los demás)... ¿Qué debemos esperar que ocurra, cuando surjan problemas de convivencia entre los españoles -así se definen, significativamente, y no como andaluces, la mayoría de los autóctonos de El Ejido- y los "moros", "negros", "gitanos", "indios" o "sudacas", sobre todo si estos no se comportan sólo como mano de obra, dócil, sino como personas, es decir, como seres humanos con unas costumbres, unas creencias y una forma de entender la vida diferentes a las "nuestras"? El problema no se reduce a mejorar las condiciones de vida de los inmigrantes. Esto es imprescindible y debería avergonzarnos tener todavía que repetirlo, pero las raíces del racismo y la xenofobia son entre nosotros mucho más profundas: están insertas fuertemente en la ideología del nacionalismo español y se reproducen diariamente en las escuelas, los institutos, las universidades, los periódicos, las televisiones y los discursos políticos, sin que muchos de sus agentes sean, incluso, conscientes de ello. Y allí donde esta ideología se ha fundido con la ideología mercantilista del desarrollismo pueden suceder cosas terribles, como se ha visto. 0 actuamos sobre todos los campos citados, o tendremos un negro futuro, porque incluso quienes son incapaces de matar una mosca serán "comprensivos" con la barbarie, es decir, colaborarán pasivamente en los crímenes. Ya ocurrió, por ejemplo, en Alemania hace sesenta años.
No hay otro camino, si queremos un futuro distinto, que cambiar la idea dominante sobre qué es desarrollo; que rechazar la idea de que no existe otra lógica que la del Mercado; que poner al descubierto las bases perversas sobre las que se ha construido la ideología del nacionalismo español; que establecer en los centros de enseñanza asignaturas de "Formación Intercultural" donde se enseñe el concepto antropológico de cultura y pueda aprenderse a valorar las formas de vida, de pensamiento, de arte, de organización social... que marcan las diferencias entre "nosotros" y los "otros"; que caracterizan a las diversas identidades culturales. Igualdad de derechos, sí, no sólo individuales sino también colectivos, garantizados por las leyes y la política social, pero que no signifique asimilación forzada sino reconocimiento del pluralismo como riqueza y no como problema. Destierro de la idea de que "nosotros" somos superiores a los "otros". A menos que se encare el núcleo del problema, sucesos como los de El Ejido van a repetirse en muchas partes.
(1)
GARA. 12 de Febrero del 2000
El poniente almeriense ha vuelto a la «normalidad».
Sólo en El Ejido existe una dotación de 700 antidisturbios distribuídos por el pueblo.
Hay personas huídas y amenazadas. Los inmigrantes sin tan siquiera sus chabolas, sin papeles, sin comida, haciendo huelga como forma de protesta.
La calma regresa para los 6.000 o 7.000 participantes en los disturbios y para los votantes y militantes del Partido Popular.El Ejido es un pueblo de 50.000 habitantes. Hace veinte (2) años sólo era un desierto. Pero descubrieron la agricultura bajo plástico, exponente máximo de la economía neoliberal aplicada al campo.
Los invernaderos son verdaderas empresas con aplicaciones tecnológicas de última generación (ordenadores, hidropónicos...) que dependen de las fluctuaciones de precios del mercado y de las grandes multinacionales de pesticidas y semillas. De hecho, la experimentación transgénica está intentando aplicarse por encima de las negativas europeas.
Esta situación ha generado una inmigración de otras partes del Estado y el nacimiento de nuevos ricos, personas con un nivel cultural bastante bajo que de repente reciben millones de pesetas con sólo una cosecha. Al calor de todo esto surge la ostentación: fachadas de mármol, BMW y Mercedes, colegios extranjeros para los hijos, asentamiento del Opus Dei, aumento del número de entidades bancarias y de sus beneficios, y en última instancia el triunfo del Partido Popular en las elecciones municipales.
Muchos de los apellidos más respetables del pueblo van a dormir a la cárcel, en sus coches de lujo, por tráfico de drogas. Hay un gran número de bares de lujodonde se alterna con chicas rusas pedidas por catálogo. Las empresas comercializadoras de productos agrícolas (alhóndigas y cooperativas) llegan a tener un beneficio neto de hasta el 50%, cuando los márgenes normales están entre el 18 y el 20.
Toda esta situación la sustentan 15.000 trabajadoras (repartidas por toda la comarca) del sector del manipulado y otros 10.000 inmigrantes, sólo en El Ejido, como mano de obra en los invernaderos.
Las mujeres cobraban una media de 500 pesetas la hora, sin derecho a antigüedad, con contratos renovables cada es con el finiquito firmado por adelantado.
Condiciones laborales de miseria que se mantenían desde hace 10 años, la mayoría de ellas trabajando una media de 12 a 16 horas en plena campaña de recogida y sin cobrar horas extras. También las trabajadoras plantearon el pasado mes de diciembre una huelga que los sindicatos mayoritarios desconvocaron por un nuevo convenio, que aún nadie ha firmado.Del número de inmigrantes anteriormente citado, sólo 5.000 tienen papeles.
Pero no hay diferencia respecto a condiciones de vida. Muy pocos de ellos viven en el pueblo. La mayoría lo hace en chabolas de plástico o en viejos cortijos por los que hasta se les cobra un alquiler.
No se les permite empadronarse, violando el ayuntamiento todas las leyes pertinentes. Sus condiciones laborales nunca cumplen las expectativas del convenio del campo. Los contratos son eventuales por circunstancias de la producción, lo que deja mano libre al despido en cualquier momento.
Hace seis meses, la jornada laboral se pagaba a 4.500 pesetas pero los agricultores decidieron explotar el filón de la gente sin papeles. Bajaron la peonada a 3.800, incluso para los legales. Para estos últimos preparaban contratos de seis horas al día cuando el trabajo bajo plástico es de sol a sol.
A pesar de la situación de miseria, la derecha más reaccionaria no estaba contenta con tanta inmigración.
Empezó a molestarles que pusieran sus negocios en el pueblo y que escolarizasen a los niñ@s.
La consigna de «inmigración igual a delincuencia» se fue extendiendo por todas las administraciones y medios de comunicación locales.
Los representantes del ayuntamiento aprovechaban las campañas electorales para rentabilizar el miedo al inmigrante en forma de votos. Los mass-media comarcales, fuertemente vinculados al PP y al PSOE, incitaban en sus programas al racismo y a la xenofobia.
Se proponían muchas medidas de integración pero ninguna se llevaba a cabo.
Así, las Organizaciones No Gubernamentales eran las únicas que paliaban la situación y evitaban el estallido social.
La situación era insostenible, pero pocos creían que la violencia vendría del lado de los autóctonos. Amparándose en las consignas electorales del PP contra la Ley de Inmigración, las televisiones locales hablaban de que los inmigrantes podrían conseguir el sillón de la alcaldía.
«Huelen mal», «Comen carne podrida y no les pasa nada», «Les gusta vivir así para mandar dinero a Marruecos», «Quieren vivir mejor que nosotros, pretenden que les pongamos una casa que tenga hasta cuarto de baño», eran frases que se oían antes del comienzo de las agresiones. Incluso el mismo alcalde, dirigiéndose a un empresario, le aconsejaba que «no los empadrones, eso sólo te trae problemas, a éstos hay que echarlos».
Entre los militantes del PP comenzó a cundir la voz de que esta situación tenía un culpable claro, las Organizaciones No Gubernamentales, cuya labor era amparar a delincuentes. Les molestaba el establecimiento de programas ociales dentro del municipio, cosa de la que adolecía el ayuntamiento.
Las ONGs cumplían una labor necesaria, puesto que al inmigrante le era muy difícil acudir a las administraciones o ser atendidos en centros de salud de manera normal.
Terrible es la relación con la Policía Local, que en la mayoría de las ocasiones, ante cualquier conflicto, primero pega y después pregunta. Muchas veces han demandado los magrebíes la actuación de una organización de derechos humanos ante los desmanes que ocurren en comisaría.
Desde el primer asesinato de dos agricultores los medios de comunicación se lanzaron a propagar su condición de magrebí. El PP comenzó a clamar la derogación de la Ley de Extranjería.
Pero más cosas estaban pasando bajo cuerda: incitación a grupos de ultraderecha para venir a la comarca, amenazas a miembros de las ONGs, redadas policiales en bares y negocios de inmigrantes sin órdenes judiciales, batidas por los cortijos de jóvenes armados con escopetas de caza y desplazamientos de asociaciones de empresarios a Madrid para pedir contingentes de la Europa del Este.
De todo esto estuvo puntualmente informado el Subdelegado del Gobierno por miembros de las Organizaciones No Gubernamentales, pero hizo caso omiso.
Cuando tuvo lugar el segundo asesinato la sociedad ya estaba organizada. Cortaron los accesos al pueblo, hicieron huir o atacaron a miembros de asociaciones en contacto con la inmigración y actuaron con total impunidad, sabiendo que contaban con el beneplácito del Ministerio del Interior.
Durante casi una semana han destrozado los negocios de magrebíes, su mezquita y sus casas. Muchos han tenido que marcharse con mucho menos de lo que tenían. Los niños no pueden ir al colegio, están sin papeles (robados o quemados), sin comida y con un terror total y absoluto. Hay muchos heridos, algunos no se han atrevido a pedir asistencia médica. Es difícil cuantificar pérdidas humanas en un colectivo que no existe para nadie.
No se han depurado responsabilidades, nadie ha respondido por el hecho más brutal (aparte del problema de Euskal Herria) sucedido en el Estado español tras la instauración de la «democracia». Sólo cuarenta y seis (3) detenidos en cuatro días de terror y saqueos. Doce de ellos son magrebíes que participaban en piquetes informativos por la huelga que tienen convocada.
Los inmigrantes han decidido no ir a trabajar. Demandan viviendas, condiciones laborales según convenio y Seguridad ante los brotes racistas.
A día de ayer las pérdidas del empresariado se cifraban en 7.000 millones de pesetas. Están dispuestos a darles todo, la economía de la zona está demasiado resentida.
Pero el problema es más profundo, el pueblo quieren que se marchen. Su alcalde ha expresado el deseo de sustituirlos por otros, porque «La Ley de Extranjería iba a llenar el pueblo de sinverguenzas».
Los seis mil o siete mil, coordinados en muchas ocasiones por militantes del PP y familiares del alcalde, que Participaron en los actos violentos tenían un objetivo: la limpieza. Acabar con aquellos que no son como ellos, ya sea por su raza, cultura, color o ideología.
Hogar, dulce hogar
Me llaman por teléfono desde El Ejido. Los inmigrantes han pedido a el chato (sobrenombre del alcalde) que participe en un rezo musulmán en señal de protesta por los sucesos violentos. Mi interlocutor se muere de la risa. También que los empresarios y administraciones están dispuestos a darles todo lo que deseen, que la economía se hunde.
¿La gente ha reflexionado?, le pregunto. «Eso sí que no, aquí todo el mundo justifica los hechos como algo normal, la culpa es de los marroquíes y las ONGs. Algunos dicen que fue gente de fuera o que los mismos árabes y vosotros (se refiere a los/as amenazados) habeis destrozado los negocios y las sedes. No te creas, aquí la gente sigue igual, no está en la calle dando palos pero para ellos sois una mierda».
Me comenta que se ha hecho una asociación de vecinos para limpiar el nombre del pueblo. Su objetivo es analizar cómo se ha tratado el tema en los medios de comunicación y poner denuncias ante las declaraciones de algunas personas.
«Y tú olvídate de volver, te lo digo así de crudo. Aquí la gente no para de hablar de la puta que ha puesto mal al pueblo por todo el Estado y que ha denunciado a determinada gente. Lo tienes muy crudo. Una paliza no te la quita nadie y te van a hacer la vida imposible, no vas a volver a tener trabajo...», con estas palabras se despide de mí.Hasta Cruz Roja ha tenido que justificar, mediante comunicados, a la gente del pueblo el reparto de comida entre los magrebíes huídos.
Además está la ultraderecha dando ruedas de prensa y con jóvenes de la zona organizados.
Pienso en llorar pero no tengo lágrimas, sí mucha rabia.
NOTAS DE A.V.