Sábado 18 marzo 2000 - Nº 1415 |
OPINIÓN
|
||||||||
Portada |
Intern |
España |
Opinión |
Sociedad |
Cultura |
Gente |
Deportes |
Economía |
|
|
El Ejido y el cambio de modelo migratorio ANTONIO IZQUIERDO ESCRIBANO (*) Lo peor de nuestra política migratoria se ha dado cita en El
Ejido. El desgobierno de los flujos, un sin control de los efectivos que
allí se reúnen, el abastecimiento sobrado de mano de obra
y la política de segregación residencial en lugar de una
práctica integradora. La conclusión que conviene sacar de
lo sucedido es la de repensar nuestro modelo migratorio y, quizás,
cambiarlo. Ha sido un modelo basado en la ley de 1985, que, además,
fue aplicada de un modo restrictivo y arbitrario. Una ley que ponía
difícil al inmigrante conseguir un permiso, y aún más
renovarlo. Una ley sin familia y sin integración acompañada
por una práctica administrativa rígida que ha generado una
plétora de "irregulares sobrevenidos". En pocas palabras, un contramodelo
migratorio que ha producido en los inmigrantes inestabilidad jurídica
y exclusión social. El racismo popular en El Ejido ha sido la expresión
rotunda de todo ello.
El conflicto étnico y la violencia contra la minoría que
ha estallado en el Poniente almeriense debe interpretarse como parte de
un pulso social de aristas duras. Porque existe un Ejido social cuya historia
es menos brillante de lo que aparenta. En el llamado milagro agrícola
no es oro ni verde todo lo que reluce. Es verdad que durante los años
setenta los beneficios vinieron rodados, pero desde mediados de los noventa
muchas familias de agricultores no han podido hacer frente al endeudamiento
y han vendido la propiedad. Los costes de los cultivos se multiplican y
para aumentar la producción hay que ampliar la superficie invernada,
el número de trabajadores y las horas trabajadas. Más que
el oro, lo que allí brilla es la sobreexplotación, pero no
sólo de los inmigrantes, sino también de las familias, de
los acuíferos y hasta de las matas que antes producían dos
kilos y ahora han de dar cuatro. Se evidencian problemas de distinto calado
como la caída de precios, los excesos de los intermediarios, la
dependencia en la comercialización y, en fin, la inexorable salinización.
Los límites ecológicos indican que tampoco es verde el mar
de plástico que allí se ve. Año tras año han
ido cundiendo los nervios, y la inseguridad entre la población y
el ambiente se ha cargado de tensión. Éste es el humus donde
ha fermentado la violencia social y el racismo contra el jornalero extranjero.
En el escenario hay cuatro actores principales. De sus relaciones y
de las reglas de juego va a depender el resultado. El primero es la población
que vive por y para la propiedad familiar, hecha a la división sexual
en el trabajo, al abandono escolar y a la jerarquía salarial.
El segundo protagonista son los políticos locales. Porque allí
la inmigración fue ya objeto de debate en la campaña electoral
de 1995. De un modo continuado caía sobre los marroquíes
la culpa de cualquier hurto, mientras que cada denuncia de discriminación
se ha vuelto en su contra. Seguramente sería distinta la situación
en El Ejido si los inmigrantes legales pudieran votar.
El tercer actor es un tipo de empresario que se ha hecho a sí
mismo sobre la base de arriesgarse y de trabajar sin descanso. Un agricultor
que antes de convertirse en propietario fue inmigrante y jornalero. Astillas
de un mismo palo respecto de los inmigrantes actuales. Con una cultura
de trabajo en la que prima la contratación verbal y las relaciones
clientelares. Donde los derechos se han convertido en favores bien para
regularizarse o para acceder a una vivienda.
El cuarto y último en aparecer en la escena ha sido el inmigrante.
Un inmigrante diverso en etnia, características y planes de instalación.
Aunque en su mayoría proceda del norte de Marruecos y predominen
los hombres. Un flujo sin comprobación en su cantidad, en su asentamiento
espacial y en su rotación legal. Donde las solicitudes van por un
lado, el número de los que ocasionalmente trabajan va por otro y
los contratos en la forma debida se quedan muy por debajo. Un inmigrante
dividido que entrará en la dinámica del choque de unos contra
otros. Un extranjero excluido económica, social y políticamente
de los nativos y hasta de sus propios compañeros.
En resumen, nos encontramos con un contexto local desfavorable para
la integración y para la convivencia con los inmigrantes. En una
situación como la actual no basta con aconsejar la necesaria relación
intercultural, que requiere de medios y de un plazo de tiempo largo, sino
que se impone el cumplimiento de las leyes.
De ahora en adelante la tarea reside en evitar que echen raíces
nuevos Ejidos y poner en pie otro modelo de gestión de las migraciones.
Una política que entienda la dinámica de la inmigración
y que sirva con criterio las demandas de mano de obra distinguiendo las
temporales de las definitivas y las cualificadas de las que no lo sean.
Un modelo que proporcione estabilidad legal y promueva el reagrupamiento
de las familias y que exija de todos los actores el cumplimiento de los
deberes y el respeto de los derechos. Es necesario seguir otro derrotero.
El tenor del reglamento que interprete la nueva ley y el modo como se lleve
a cabo la próxima regularización constituirán las
inmediatas pruebas de fuego del cambio de rumbo. Para que en El Ejido se
borre la pesadilla y retorne la imagen de un pueblo industrioso hecho por
todos.
* Suscriben este artículo Joaquín Arango, Liliana Suárez, Ubaldo M. Veiga, Natalia Ribas, Bernabé López, Pablo Pumares, Ángeles Ramírez, Laura Mijares, Mercedes Jabardo y Ana López , participantes en una reunión celebrada en la Unive |
|||||||||
|
Índice | Busca | 7 Días Portada | Internacional | España | Opinión | Sociedad | Cultura | Gente | Deportes | Economía El Tiempo | Debates | Cartas | Sugerencias | Pasatiempos | Ayuda | Juegos | Nosotros © Copyright DIARIO EL PAIS, S.A. - Miguel Yuste
40, 28037 Madrid
|