Domingo 18 junio 2000 - Nº 1507 |
OPINIÓN
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Más que una reforma EL GOBIERNO de Aznar tiene prisas por sacarse la espina de la Ley de
Extranjería, aprobada con su frontal oposición al término
de la anterior legislatura pero con la que coqueteó durante buena
parte de su tramitación parlamentaria para complacer a sus entonces
especialmente valiosos socios de CiU, patrocinadores de la iniciativa legislativa.
Prueba de ello es que se ha puesto como plazo el 30 de junio para remitir
a las Cortes el texto del nuevo proyecto de ley, dado a conocer el miércoles
al conjunto de fuerzas políticas.
A tenor del borrador conocido, el propósito del Gobierno trasciende
los límites de una reforma de la apenas estrenada Ley de Extranjería.
Se trata, en la práctica, de una nueva ley, en su letra y en su
espíritu, que nada tiene que ver con la vigente desde el 1 de febrero.
De no ser así, ¿tendría sentido proponer modificaciones
en 56 de sus 63 artículos? El Gobierno, como de costumbre, ofrece
consenso, pero bajo condiciones leoninas difícilmente aceptables.
De momento, su borrador ha merecido el rechazo frontal de las fuerzas políticas
de la oposición, incluido el PSOE, y la aceptación más
o menos resignada o gratificada por parte de las más próximas
como CiU y Coalición Canaria. Desde sectores de la Iglesia también
se contempla con inquietud la reforma del Gobierno.
Seguramente existen aspectos de la actual ley de Extranjería
que deben ser mejorados e incluso eliminados. Algunos coinciden con las
preocupaciones más sentidas por el Gobierno. Puede diferenciarse
más nítidamente el marco legal de los inmigrantes en situación
irregular -llegados a España en muchos casos legalmente y que esperan
regularizarse- y el de los ya regularizados. ¿Pero puede dejarse
a los primeros ayunos de derechos políticos básicos como
los de reunión y sindicación o que supongan algún
tipo de prestación social y económica? El delegado del Gobierno
para la Inmigración dice que conservan derechos básicos como
el de respeto a la vida y la integridad física. ¡Faltaría
más! ¿O acaso se les podría matar o apalear? El Tribunal
Constitucional se las vería y desearía para hacer distingos
tan finos como los que aventura el borrador del Gobierno respecto de los
derechos fundamentales de la persona.
Es posible también que sea excesivo el control judicial sobre
actos en principio propios del Gobierno. Es el caso de la concesión
de visados. Pero ¿puede dejarse indefensos ante su expulsión
inmediata a inmigrantes que esperan cumplir las condiciones de regularización
o que incluso han iniciado contactos con la Administración para
arreglar sus papeles? Habrá que hilar muy fino para que las facultades
discrecionales del Gobierno sobre el control del movimiento migratorio
se atengan a las reglas del Estado de derecho y no vulneren derechos básicos
o establezcan absurdos y lesivos agravios comparativos entre inmigrantes.
Las fuerzas políticas tendrán mucho que debatir si este
primer borrador del Gobierno llega finalmente a las Cortes. Trasciende
en él una actitud de sospecha generalizada frente al inmigrante
que rompe el principio de buena fe que rige las relaciones de la Administración
con cualquier ciudadano. En algunos puntos es especialmente mezquino: ¿por
qué razón el llamado silencio administrativo, que la ley
interpreta de forma positiva para el común de los ciudadanos, adquiere
carácter negativo en el caso de los inmigrantes? No se alcanza a
ver qué relación pueda haber entre este tipo de medidas,
claramente discriminatorias, y el objetivo de crear cauces legales y sociales
capaces de ordenar pacíficamente la entrada y la integración
en la sociedad española de los inmigrantes que lleguen a nuestro
país en los próximos años.
El proyecto de Ley de Extranjería conocido es un serio retroceso. En aras de la seguridad, que prima sobre cualquier otra consideración, introduce restricciones de muy dudosa constitucionalidad. Desde esa perspectiva, la oferta de consenso es sólo un ejercicio de propaganda. España no puede hacer tabla rasa de una experiencia histórica de emigración ni olvidar sin más que, aún hoy, son más los ciudadanos españoles que residen fuera del territorio español que los inmigrantes con residencia legal. |
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