Viernes 16 junio 2000 - Nº 1505 |
OPINIÓN
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Ley de Extranjería y política de inmigración MIGUEL PAJARES La reforma presentada por el Gobierno a la vigente Ley de Extranjería
fue una destacada promesa electoral que no íbamos a ver fácilmente
olvidada, pero la rapidez con la que se ha puesto en marcha sólo
se ha justificado por los supuestos efectos perversos de esta ley, producidos
en los primeros meses de su vigencia: el efecto llamada del que
tanto se ha hablado ya y que tan acertadamente analizó días
atrás Javier de Lucas en estas páginas. El incremento producido
en estos últimos meses de los flujos irregulares de inmigración
que son más visibles, es decir, los de las pateras que tratan de
llegar a nuestras costas, la cobertura informativa que ello tiene y el
tremendo drama que lo acompaña, con la continuada aparición
de muertos en el intento, ha dado fuerza al argumento preferido por el
Gobierno: "No podemos tener una ley que aliente a un cada vez mayor número
de inmigrantes a venir a nuestro país".
La reforma planteada, sin embargo, no aporta nada nuevo por lo que se
refiere al control o regulación del flujo de entrada de inmigrantes;
se dirige, básicamente, a reducir los derechos de los que ya están
dentro, principalmente de aquellos que se hallan en situación de
irregularidad administrativa (sin permiso de residencia), los mal llamados
"ilegales". Se pretende facilitar su expulsión y reducir las posibilidades
que la actual ley les concede para regularizar su situación (además
de recortar severamente sus derechos sociales), y el resultado que se espera
obtener de ello es la disminución del flujo de inmigración
irregular.
No voy a hacer aquí el análisis del texto presentado por
el Gobierno; este análisis se está haciendo desde el Foro
y por parte de todos los agentes sociales y fuerzas políticas, y
será motivo de amplios debates en los próximos meses. Quiero,
más bien, discutir el argumento de partida para la reforma, porque
creo que sitúa erróneamente el debate sobre las políticas
de inmigración, y me parece urgente que este debate se replantee.
¿Tenemos realmente una ley que favorece la entrada de más
inmigración, o de más inmigración irregular? Creo
que no. Lo que realmente caracteriza a la vigente ley, respecto de la anterior,
es que mejora mucho la situación de las personas inmigradas, es
decir, de las que ya están en España (a las que se reconoce
un conjunto de derechos que antes no tenían reconocidos), pero,
en cambio, apenas ha modificado las cosas para las que quieren venir. Lo
novedoso, y por lo que podemos decir que es una ley avanzada, es que también
reconoce derechos a las personas que se hallan en España en situación
irregular, derechos tales como la asistencia sanitaria, las ayudas sociales,
la justicia gratuita en casos de necesidad, etcétera, y, además,
les ofrece posibilidades para el acceso a la residencia legal y les otorga
mayores garantías jurídicas en todos los procedimientos (incluidos
los de denegación de entrada al país).
Pero el sistema de entrada sigue siendo el que era (desde 1985), y sigue
siendo muy inaccesible. Existen facilidades para quienes vienen por reagrupación
familiar, pero para quienes desean venir a nuestro país a trabajar,
la entrada legal continúa siendo muy difícil. Las condiciones
siguen siendo disponer de una oferta previa de empleo y con ella solicitar
el visado de entrada en un consulado español de su país de
origen. Ello tiene dos grandes obstáculos, el primero es que para
el tipo de trabajos que se está ofreciendo a los inmigrantes del
Sur no hay un flujo de ofertas de empleo que llegue a sus países,
y el segundo es que las ofertas pasan por el tamiz de la preferencia
nacional en el empleo y por los límites que establece el contingente
anual. Lo cierto es que en todos los años anteriores, en los que
hemos venido recibiendo inmigrantes con este mismo sistema ya en funcionamiento,
éstos han entrado principalmente por vías irregulares, y
una vez aquí han ido legalizando su situación con el tiempo.
Así hemos alcanzado los niveles que ahora tenemos de población
inmigrada extracomunitaria, que, por otra parte, está haciendo una
contribución muy positiva a nuestro desarrollo económico
y social, como se reconoce ya desde múltiples instancias. Pero las
vías de inmigración han sido irregulares, y éstas,
aparte de ser dramáticas para los inmigrantes, han favorecido el
desarrollo de mafias contra las que la policía y la justicia han
sido, de momento, poco eficientes.
La ley actual trata mejor a los inmigrantes que ya están aquí,
pero no amplía las vías legales para la inmigración
y, por tanto, es incongruente decir que provoca una mayor entrada de inmigrantes.
Salvo que se nos esté diciendo (y éste parece ser el mensaje)
que el mejor sistema para controlar la entrada de inmigrantes es no
tratar muy bien a los que ya están dentro. Pero incluso esta
premisa sería errónea, porque nada indica que las personas
hagan su opción migratoria en función del conocimiento que
tengan de las condiciones legales que se van a encontrar en el país
receptor.
No es, en definitiva, la vigente Ley de Extranjería lo que debía
haberse puesto en discusión. El debate que debe abrirse es cómo
organizar legalmente la entrada de una inmigración que ya está
necesitando nuestra sociedad y va a necesitar más en el futuro,
tal como indican todas las previsiones. La pregunta que la sociedad española
tiene que hacerse ya es: "¿Se ha de mantener este sistema, basado
en contener policialmente los flujos (irregulares) de inmigración,
para acabar aceptando a aquellos inmigrantes que consiguen burlar las barreras
policiales, o podemos dar el salto hacia la organización y canalización
legal de esos flujos?".
Sabemos que la inmigración va a seguir viniendo y que, además,
es conveniente que así sea; tenemos, por otra parte, una Ley de
Extranjería que ha mejorado sus derechos y sus posibilidades de
integración social; pero lo que no tenemos es política
de inmigración. Ahora, lo que realmente necesitamos es respondernos
a la pregunta de cómo podemos canalizar legalmente el flujo de entrada.
De entrada, tenemos que sacudirnos las falacias que hemos ido creando sobre
el fenómeno migratorio y dejar de pensar que la inmigración
es un problema. La reiterada aparición de las pateras provoca una
impresión de avalancha que nos lleva a creer que el número
de inmigrantes que están entrando es excesivo, o no es asumible
por nuestro país. En realidad no representa un aumento de población
inmigrada que supere lo que parecen ser las necesidades de inmigración
laboral actuales, y mucho menos lo que se prevé como necesidades
futuras. El único número realmente excesivo en este
asunto, el dato atroz, es el de los 120 muertos por naufragios de pateras
que Derechos Humanos de Andalucía contaba en lo que va de año.
El reto no está en cómo parar la entrada de inmigrantes,
el reto está en cómo canalizar legalmente esa entrada.
Disponer de política de inmigración es asegurar la entrada
legal de un determinado contingente anual de inmigrantes, y ello implica
cosas como: definir ese contingente con suficiente amplitud, eliminar las
restricciones que ahora existen en cuanto a sectores laborales a los que
pueden acudir los extranjeros, flexibilizar la exigencia de oferta de empleo
previa, abriendo la posibilidad de la entrada para buscar aquí el
empleo (posibilidad que Italia ofrece en su contingente para este año
2000), etcétera. Pero también implica disponer de los mecanismos
adecuados en los países de origen de la inmigración: dar
allí más información, crear oficinas de atención
a quienes aspiran a migrar a España, etcétera. Implica también
llegar a acuerdos con esos países, ver qué relación
ha de existir entre las políticas de inmigración y las de
cooperación para el desarrollo, desarrollar allí programas
formativos para quienes quieren migrar y para quienes se van a quedar,
promover el retorno de cerebros con proyectos de inversión
adecuados, etcétera.
Un contingente anual útil para regular el flujo de entrada ha
de ser muy diferente del que ha habido hasta ahora, pero, además,
se ha de utilizar sólo para eso. Ello exige que haya otro mecanismo
para legalizar la situación de los irregulares que ya están
aquí. Con la vigente ley lo hay: la regularización a los
dos años de estar en España. Si esto se elimina, o se desvirtúa
por completo ampliando ese plazo a cinco años como propone el Gobierno,
tendremos que seguir utilizando el contingente como mecanismo de regularización,
lo que lo hace inútil para la canalización del flujo de entrada.
Cabe señalar, por último, que la política de regulación
de flujos ha de tener, necesariamente, una dimensión europea. Ninguna
política de inmigración será acertada si se hace aisladamente
del resto de países de la Unión Europea. Lamentablemente,
lo que se está haciendo en Europa sigue la tónica de las
políticas restrictivas de las últimas décadas, y la
comunitarización del asilo y la inmigración establecida en
el Tratado de Amsterdam, aunque acabará dando lugar a normativas
comunitarias en estos terrenos, de momento no está dando muchos
frutos en políticas de inmigración; lo que se quiere abordar
con más urgencia es el control conjunto de las fronteras y los acuerdos
de readmisión con países como Marruecos, es decir, más
eficacia en el cierre de fronteras, más de lo mismo. Esta dimensión
europea complica notablemente la posibilidad de dotarnos en España
de una política de regulación de los flujos de entrada, pero
creo que éste es el gran reto y que habrá que avanzar por
ahí.
La política a desarrollar con los inmigrantes que ya están dentro ha de ser la de mejorar sus derechos equiparándolos en lo fundamental a los del resto de la población, porque sólo así se puede plantear su integración social, y la política con los que quieren venir deberá ser la de dotar de más legalidad a los flujos de entrada. Cuestionar los derechos de los que ya están dentro no resolverá nada respecto a los actuales flujos irregulares de inmigración. La ley que ahora propone el Gobierno empeorará las cosas y dejará sin resolver los grandes temas que se relacionan con la inmigración. Miguel Pajares es presidente de la Comisión de Políticas Europeas del Foro para la Integración Social de los Inmigrantes. Representa al CITE en este foro. Es autor del libro La inmigración en España. |
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