Martes 20 junio 2000 - Nº 1509
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58 inmigrantes que intentaban llegar al Reino Unido mueren dentro de un camión Las víctimas viajaban escondidas en una carga de tomates desde el puerto belga de Zeebrugge LOURDES GÓMEZ, Dover
Un oficial de aduanas descubrió la escena en una inspección
rutinaria. El camión se embarcó en el transbordador de la
compañía británica P&O de las 7.30 de la tarde,
hora local, y llegó al puerto inglés a las 11.30 de la noche
más calurosa del año. Al inspeccionar la carga de tomates,
al filo de la medianoche, el inspector se topó con una escena traumática.
Cincuenta y ocho cadáveres y dos supervivientes, que fueron trasladados
con urgencia a un hospital local. "Nuestro oficial se vio de frente con
tal elevado número de cuerpos sin vida que sufrió una fuerte
conmoción y ha necesitado asistencia", señaló ayer
Mark Purgah, portavoz del puerto de Dover.
Con el camión a media carga no era necesario encender el sistema
refrigerador, que, quizá, hubiera evitado la tragedia. "Es difícil
estimar qué temperatura alcanzó el interior del vehículo",
dijo Purgah. Con los resultados de las autopsias aún pendientes,
todo parecía indicar que las víctimas, de aspecto asiático
y nacionalidad supuestamente china, murieron asfixiadas por el calor y
la falta de oxígeno.
A media mañana, el tráfico continuaba con normalidad en
Dover, un puerto por donde pasan unos 7.000 camiones en una jornada ajetreada
y los servicios de aduanas, policía y asistencia médica están
preparados para actuar con rapidez. En el hangar donde se inspeccionó
el vehículo, frente a la terminal de llegadas, tan sólo quedaban
las cajas de tomates. Los cadáveres yacían ya en un almacén
portuario sin acceso al público.
Los dos supervivientes fueron trasladados a un hospital local y, horas
después, se encontraban "estables", de acuerdo con Jane Walker,
del departamento de policía de la región de Kent, al sur
de Inglaterra, donde se ubica Dover. "Los mantenemos bajo seguridad porque
son testigos cruciales", dijo. La policía teme represalias de los
habitantes de Dover, poco amantes de los refugiados ilegales, y de la presunta
mafia que organizó el viaje de los 60 asiáticos.
Junto a los supervivientes, el conductor es otra pieza clave en la investigación
criminal a ambos lados del canal de la Mancha, que anoche seguía
su curso. Su identidad no se desveló, aunque informaciones sin confirmar
le atribuían nacionalidad holandesa. Un par de detalles, igualmente
sin confirmar, levantaron vagas sospechas sobre la presunta responsabilidad
del conductor en el crimen colectivo. Se piensa que trabajaba en esta ocasión
para la compañía Van der Speck, registrada en Rotterdam,
que nunca antes había utilizado los servicios de P&O. El camionero
pagó, además, el importe del pasaje en metálico, sistema
poco extendido en la profesión.
Todo conductor que es descubierto entrando en el Reino Unido con pasajeros indocumentados en su vehículo es penalizado con una multa de 2.000 libras (unas 540.000 pesetas). En Dover, en los últimos dos meses, 178 camioneros han sido multados por cometer esta infracción. La Asociación de Transportistas protesta por esta medida, introducida recientemente por el Gobierno de Tony Blair, que les hace responsables de la protección de sus vehículos. "Los conductores prestan atención, pero no siempre es posible vigilar el camión las 24 horas de la jornada. En un descuido, rompen los seguros y acceden ilegalmente al interior de sus vehículos. La gran mayoría son inocentes, aunque no hay duda de que hay criminales en la profesión", señaló ayer el gerente de la asociación, Geoff Dosseter, frente al muelle de Dover. Straw solicitará ayuda a los Quince para "cortar de raíz" la venta de personas ISABEL FERRER, Londres
Hace dos meses escasos, el propio Straw se puso una de las chaquetas
de color amarillo fluorescente de la policía británica de
aduanas y presenció en el puerto de Dover la inspección de
varios camiones de mercancías. Hombres, mujeres y niños salieron
del fondo de vehículos cargados hasta los topes de alimentos en
una escena convertida ahora en predicción de una tragedia. El Consejo
para los Refugiados cree que las 58 víctimas chinas ni siquiera
pensaban pedir asilo político. Empleados en condiciones inhumanas
por patrones sin escrúpulos, muchos de sus compatriotas han acabado
trabajando por 5 libras diarias (1.575 pesetas) en restaurantes de grandes
ciudades británicas. En mayo pasado, unos 400 súbditos chinos
sin documentación fueron rescatados de varias casas de comidas londinenses.
"Estamos ante uno de los aspectos más terroríficos del
crimen organizado: la venta de personas", dijo ayer Jack Straw antes de
pedir la colaboración de todos los países europeos, "y en
especial la UE, para cortar de raíz esta gangrena". El Gobierno
británico sabe que el puerto de Dover es una de las vías
de entrada al Reino Unido preferida por las bandas internacionales que
trafican con inmigrantes indocumetados. "Son criminales que han añadido
los seres humanos a las armas y las drogas, siempre en busca del negocio
más lucrativo", añadió el ministro laborista.
El pasado año, 21.000 personas intentaron entrar por ese lugar ocultas en toda clase de vehículos. La cumbre de la UE pide medidas urgentes sobre la inmigración ilegal W.O/L. G , Feira/ Londres
El ministro español de Asuntos Exteriores, Josep Piqué,
declaró en Feira que el suceso de Dover no va a cambiar la posición
del Gobierno sobre la Ley de Extranjería: "No hay que hacer demagogia
con este tema. No se puede relacionar este suceso con el próximo
debate que va a tener lugar en el Congreso sobre la Ley de Extranjería".
Indiferencia en Dover
Mientras, la noticia de la muerte de los 58 asiáticos, presuntas
víctimas inocentes del tráfico ilegal de seres humanos, se
extendió entre la población del enclave costero de Dover
pero, salvo las autoridades oficiales, nadie parece sorprendido ni conmovido.
"No encontrarás muchas señales de dolor entre la gente
de Dover. Es la ciudad errónea para recabar simpatías porque,
aquí, tenemos cientos de emigrantes que causan muchos problemas".
señala un taxista de la localidad portuaria que no se equivoca en
la advertencia.
"Yo no soy racista, pero sufrimos demasiado con los refugiados como
para alarmarme por lo sucedido. Nadie desea mal a los demás, pero
otros países deberían hacer algo para frenar la invasión
de emigrantes a Dover. Nos los mandan porque ellos no quieren responsabilizarse
de su mantenimiento. Aquí, el Gobierno les proporciona vivienda,
colegios y dinero hasta que se tramitan sus solicitudes de asilo. Completarla
lleva unos tres años y, en ese tiempo, disponen de más recursos
que los desempleados del pueblo", señala Marian Barnett, madre de
un parado al que mantiene con el salario de una fábrica local.
Chris Jenkins, obrero de la construcción, demuestra su indiferencia por la fatalidad mientras aguarda al sol el autobús en el centro de Dover. "Tenía que pasar tarde o temprano. Vienen tantos ilegales y el Gobierno no hace nada por impedirlo. ¿Por qué no revisaron el camión antes de embarcar al ferry?. Porque ni en Francia, ni en Bélgica quieren cargar con la pesadilla de los refugiados", se responde él mismo. |
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