CUANDO
en España se está discutiendo la reforma de la ley de Extranjería,
la tragedia de Dover pone de manifiesto que las soluciones al problema
de las masivas inmigraciones ilegales no pueden llegar únicamente
de normas aplicadas por separado en cada uno de los países de la
Unión Europea. La muerte atroz de 58 seres humanos -tan humanos
como los acomodados europeos-, apiñados en el interior de un camión,
no es sólo un problema de Gran Bretaña, como la localización
ayer de 36 árabes, hambrientos y hacinados en una furgoneta detenida
en Mijas no es sólo un problema español. En Dover hemos asistido
todos a la agonía de un mundo ahogado en la miseria, que no duda
en pagar con la vida su pasaje hacia un mundo que es libre porque es próspero.
Las islas de confort, incluso continentales, rodeadas de mares de pobreza,
no podrán mantenerse ni se pueden justificar.
Endurecer las
leyes estatales y europeas contra las mafias que trafican con seres humanos
es de la máxima urgencia, pero esto no bastará para afrontar
la situación. Ha llegado el momento inaplazable de que la UE examine
a fondo la cuestión, analice las causas y las consecuencias, incluida
su propia responsabilidad, y se plantee una política común
frente a la imparable avalancha. El señuelo de nuestras sociedades
desarrolladas, donde, por cierto, tampoco falta la pobreza, es demasiado
luminoso para impedir que los habitantes más míseros de países
sin esperanza decidan emprender una aventura a vida o muerte. Resulta duro,
pero para esas gentes que se ocultan entre los ejes de un camión
o afrontan la soledad de los mares a bordo de una frágil patera,
morir en el intento sólo es una consecuencia posible de su lucha
por sobrevivir. En su gesto desesperado hay una dignidad humana, un estricto
componente heroico, que hace tambalear nuestra propia satisfacción
de ciudadanos prósperos.
Aunque ahora
nos parezca una novedad, la tragedia de las emigraciones colectivas es
tan antigua como la presencia del hombre sobre la Tierra. Los desheredados
jamás se han detenido en su esfuerzo temerario por escapar de la
pobreza, porque en ella tampoco existe la libertad. Acogerles con solidaridad,
conscientes también de que les necesitamos, es la solución.