En Holanda, en cuya
lengua ha sido escrita, «Crónicas abisinias» ha sido
saludada como la gran novela-río del continente africano. El libro
de Moses Isegawa, que ahora publica en España Ediciones B, relata
el aprendizaje vital de un ugandés que pasa de la aldea a la emigración,
tras conocer dictaduras y contiendas. Peripecias vividas por toda una generación
de africanos.
—¿Es novela
o son memorias?
—El 90 por ciento
es ficción y el resto autobiográfico. Está relatado
de una forma que no deja distinguir lo inventado de lo real. Creo que la
mezcla está bien hecha y quizá esa sea una de las razones
del éxito del libro. Todo lo que cuenta está basado en hechos
que ocurrieron, pero manipulados a mi antojo.
—O sea, que no todo
lo que aparece aquí le sucedió. Sería excesivo...
—En todo caso, las
cosas que me ocurrieron y que son similares a las del protagonista no sucedieron
en la forma que presenta el libro. Si me hubiera dedicado a explicar mi
vida, sería un libro mucho más aburrido. Me planteé
qué quería expresar, para relatarlo de un modo interesante.
—Ésta es una
novela coral. ¿Ese protagonismo colectivo es un rasgo africano o
un recurso literario?
—No me gustan mucho
las etiquetas. Pero es cierto que en África se cuentan muchas historias,
y a veces se empieza hablando de una persona y se acaba contando cosas
de otras quince. Yo he presentado una gran porción de la historia
de Uganda, como si fuera un pastel, y es una mezcla muy compleja. Si esto
es una característica africana o un recurso literario lo dejo para
los críticos.
—Entonces no cree
que haya una manera africana de escribir...
—Quizá la
contribución africana del libro es que cuenta la historia en círculos.
La forma occidental es más directa: de A a B, luego a C, y así
hasta Z. Yo puedo ir de la A a la B, luego a la C y volver a la B otra
vez. Quizá esa sí sea la característica de contar
historias en África, en primer lugar porque no son historias escritas,
sino orales, y cada vez que se cuentan el narrador añade cosas,
o resta, es como una entidad viva.
ESPERANDO UN MESÍAS
—La novela no rehuye
las responsabilidades africanas en el subdesarrollo: corrupción,
dictaduras... ¿Cómo recuerda la desilusión tras las
expectativas de la independencia?
—Muchos países
estaban esperando una especie de mesías. Alguien que pudiera liderar
el gobierno para que la gente tuviera el tipo de vida que quería.
Obote ascendió al poder, prohibió la constitución,
la cambió, la gente se cansó y cuando apareció Idi
Amin fue una figura querida, respetada, porque le veían como un
salvador. Pero al final fue peor que el anterior. Es siempre esa sensación
de que las expectativas no se cumplen y la cosa va empeorando. En el libro,
es el caso del seminario, donde aparece un cura blanco y los alumnos creen
que van a comer bien. La idea que intento transmitir es que una persona
no es capaz de cambiarlo todo, y menos a gusto de todos. Lo que hay que
cambiar es la forma de enfrentarse a la situación. No tener esas
expectativas tan altas que provocan esa desilusión.
—¿Cómo
repercutió en la vida de la gente la intervención del FMI?
—El FMI utiliza la
misma medicina para curar cien enfermedades distintas. Siempre es favorable
a devaluar y gastar menos en servicios sociales. Si ya se gastaba poco,
eso implica que los hospitales no funcionan, no se construyen carreteras,
el nivel educativo baja. Y el problema con los hospitales es que se crea
una generación con mala salud, que ya no piensa ni decide por sí
misma. El FMI aumentó la miseria de Uganda. A final de año
se dice que ha habido un crecimiento económico del 7 por ciento,
pero la gente de la calle no lo nota. Siempre hay una disparidad entre
ellos y los miembros del gobierno, que sí se van enriqueciendo.
Ese crecimiento ni aumenta los salarios ni permite la ayuda gubernamental.
LA GUERRA
—Sin embargo Uganda
pasa por ser un referente de estabilidad, con Museveni como aliado de EE.UU.
—Museveni tenía
ideas buenas para situar a Uganda en el mapa. Pero se le ha ido de las
manos. Sobre todo la guerra. En el Congo luchan los ruandeses, los de Uganda,
los congoleños... Pero Uganda tendría que retirar el Ejército.
Hay muy pocos que estén a favor de la guerra, porque está
costando mucho dinero, y la gente considera que se podría invertir
en mejorar el país, y no en una guerra que nadie va a ganar. Porque
hay muchos grupos enfrentados y es un conflicto que se va a prolongar durante
años. Pero llegados a este punto, el Gobierno no se retira, porque
quedarían como tontos. Pero el pueblo está cansado. Y la
intención de que fuera una democracia multipartidista... El país
está controlado básicamente por un partido.
—El protagonista
de la novela, y usted mismo, acaban emigrando a Europa. ¿Qué
opinión le merece la política europea de inmigración?
—Europa practica
una política antimigratoria con Schengen. Los escuadrones de deportación
acaban incluso encarcelando a los inmigrantes. Pero hay que analizar por
qué esas personas arriesgan la vida para dejar sus países.
Europa no puede pretender que la gente se quede allí a morirse de
hambre. Se establece una diferencia entre refugiados políticos y
económicos, pero son cosas relacionadas. Si la política no
va bien, la economía no funciona. Si Europa quiere mantener a los
inmigrantes fuera, lo que tiene que hacer es intentar solucionar el problema
en África. No pueden seguir exportando armas para fomentar guerras.
Hacen muy poco en ese sentido. Deberían asumir sus responsabilidades.
Si no, ocurrirá lo mismo, una y otra vez.