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CULTURA  | domingo 25 de junio de 2000

«Si Europa quiere a los inmigrantes fuera, tiene que solucionarlo en África» 

MADRID. José María Ortiz 

Isegawa, a su paso por Madrid. Efe
Isegawa, a su paso por Madrid. Efe

En Holanda, en cuya lengua ha sido escrita, «Crónicas abisinias» ha sido saludada como la gran novela-río del continente africano. El libro de Moses Isegawa, que ahora publica en España Ediciones B, relata el aprendizaje vital de un ugandés que pasa de la aldea a la emigración, tras conocer dictaduras y contiendas. Peripecias vividas por toda una generación de africanos.

—¿Es novela o son memorias?

—El 90 por ciento es ficción y el resto autobiográfico. Está relatado de una forma que no deja distinguir lo inventado de lo real. Creo que la mezcla está bien hecha y quizá esa sea una de las razones del éxito del libro. Todo lo que cuenta está basado en hechos que ocurrieron, pero manipulados a mi antojo.

—O sea, que no todo lo que aparece aquí le sucedió. Sería excesivo...

—En todo caso, las cosas que me ocurrieron y que son similares a las del protagonista no sucedieron en la forma que presenta el libro. Si me hubiera dedicado a explicar mi vida, sería un libro mucho más aburrido. Me planteé qué quería expresar, para relatarlo de un modo interesante.

—Ésta es una novela coral. ¿Ese protagonismo colectivo es un rasgo africano o un recurso literario?

—No me gustan mucho las etiquetas. Pero es cierto que en África se cuentan muchas historias, y a veces se empieza hablando de una persona y se acaba contando cosas de otras quince. Yo he presentado una gran porción de la historia de Uganda, como si fuera un pastel, y es una mezcla muy compleja. Si esto es una característica africana o un recurso literario lo dejo para los críticos.

—Entonces no cree que haya una manera africana de escribir...

—Quizá la contribución africana del libro es que cuenta la historia en círculos. La forma occidental es más directa: de A a B, luego a C, y así hasta Z. Yo puedo ir de la A a la B, luego a la C y volver a la B otra vez. Quizá esa sí sea la característica de contar historias en África, en primer lugar porque no son historias escritas, sino orales, y cada vez que se cuentan el narrador añade cosas, o resta, es como una entidad viva.

ESPERANDO UN MESÍAS

—La novela no rehuye las responsabilidades africanas en el subdesarrollo: corrupción, dictaduras... ¿Cómo recuerda la desilusión tras las expectativas de la independencia?

—Muchos países estaban esperando una especie de mesías. Alguien que pudiera liderar el gobierno para que la gente tuviera el tipo de vida que quería. Obote ascendió al poder, prohibió la constitución, la cambió, la gente se cansó y cuando apareció Idi Amin fue una figura querida, respetada, porque le veían como un salvador. Pero al final fue peor que el anterior. Es siempre esa sensación de que las expectativas no se cumplen y la cosa va empeorando. En el libro, es el caso del seminario, donde aparece un cura blanco y los alumnos creen que van a comer bien. La idea que intento transmitir es que una persona no es capaz de cambiarlo todo, y menos a gusto de todos. Lo que hay que cambiar es la forma de enfrentarse a la situación. No tener esas expectativas tan altas que provocan esa desilusión.

—¿Cómo repercutió en la vida de la gente la intervención del FMI?

—El FMI utiliza la misma medicina para curar cien enfermedades distintas. Siempre es favorable a devaluar y gastar menos en servicios sociales. Si ya se gastaba poco, eso implica que los hospitales no funcionan, no se construyen carreteras, el nivel educativo baja. Y el problema con los hospitales es que se crea una generación con mala salud, que ya no piensa ni decide por sí misma. El FMI aumentó la miseria de Uganda. A final de año se dice que ha habido un crecimiento económico del 7 por ciento, pero la gente de la calle no lo nota. Siempre hay una disparidad entre ellos y los miembros del gobierno, que sí se van enriqueciendo. Ese crecimiento ni aumenta los salarios ni permite la ayuda gubernamental.

LA GUERRA

—Sin embargo Uganda pasa por ser un referente de estabilidad, con Museveni como aliado de EE.UU.

—Museveni tenía ideas buenas para situar a Uganda en el mapa. Pero se le ha ido de las manos. Sobre todo la guerra. En el Congo luchan los ruandeses, los de Uganda, los congoleños... Pero Uganda tendría que retirar el Ejército. Hay muy pocos que estén a favor de la guerra, porque está costando mucho dinero, y la gente considera que se podría invertir en mejorar el país, y no en una guerra que nadie va a ganar. Porque hay muchos grupos enfrentados y es un conflicto que se va a prolongar durante años. Pero llegados a este punto, el Gobierno no se retira, porque quedarían como tontos. Pero el pueblo está cansado. Y la intención de que fuera una democracia multipartidista... El país está controlado básicamente por un partido.

—El protagonista de la novela, y usted mismo, acaban emigrando a Europa. ¿Qué opinión le merece la política europea de inmigración?

—Europa practica una política antimigratoria con Schengen. Los escuadrones de deportación acaban incluso encarcelando a los inmigrantes. Pero hay que analizar por qué esas personas arriesgan la vida para dejar sus países. Europa no puede pretender que la gente se quede allí a morirse de hambre. Se establece una diferencia entre refugiados políticos y económicos, pero son cosas relacionadas. Si la política no va bien, la economía no funciona. Si Europa quiere mantener a los inmigrantes fuera, lo que tiene que hacer es intentar solucionar el problema en África. No pueden seguir exportando armas para fomentar guerras. Hacen muy poco en ese sentido. Deberían asumir sus responsabilidades. Si no, ocurrirá lo mismo, una y otra vez.


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