Domingo 25 junio 2000 - Nº 1514
|
INTERNACIONAL |
||||||||
Portada |
Intern |
España |
Opinión |
Sociedad |
Cultura |
Gente |
Deportes |
Economía |
|
|
La odisea de Jin Xicai en el camino de la muerte Los padres de una de las víctimas de la tragedia de Dover relatan el tortuoso viaje de 10 semanas de su hijo desde el sur de China hasta el Reino Unido CALUM MACLEOD , Changle
Los residentes de Changle conocen los riesgos y las recompensas de infringir
las leyes chinas de emigración. Se calcula que en años recientes
ha huido hasta un tercio de sus 500.000 habitantes. La región es
el mayor vivero de renshe, las serpientes humanas: así
llaman los chinos a los emigrantes que huyen del país y ponen sus
vidas y su libertad en manos de los cabezas de serpiente, los miembros
armados de las bandas criminales que se dedican a organizar el tráfico
ilegal de seres humanos. Ahora, esos traficantes han huido de la zona de
Changle para escapar de la policía. "No logramos hablar con ninguno
de los cabezas de serpiente, ni en Fujian ni en el extranjero",
se lamenta el padre de Jin. "Todos sus teléfonos móviles
están desconectados".
La angustiosa espera comenzó el martes, cuando un primo de Jin
telefoneó desde el Reino Unido con la noticia de la tragedia. Jin
debía reunirse con este joven de 22 años que trabaja en un
restaurante chino a las afueras de Londres. Aunque la mayoría de
los emigrantes parten escasamente dotados en cuestión de idiomas
o de ahorros, existe en todo el mundo una amplia red de familiares próximos
o lejanos, casi todos procedentes de Fujian, que proporciona un apoyo crucial.
En los dos últimos días, la policía de Changle ha
hecho indagaciones sobre las posibles víctimas, pero las familias
permanecen calladas. Lo único que les hará hablar será
la lista oficial de fallecidos. Familiares de otros desaparecidos han jurado
no abandonar la esperanza hasta no ver los cadáveres de sus seres
queridos.
La pesadilla de Jin se inició el 3 de abril, el día que
salió de Fujian y emprendió un viaje de dos días en
tren hasta Pekín. Los planes empezaron a torcerse cuando llegaron
él y otros emigrantes a la capital. "¡Los cabezas de serpiente
los engañaron!", exclama el abuelo de Jin. "Prometieron que iban
a llevarles a Europa en avión desde Pekín y, en cambio, les
llevaron en tren a Moscú". Colocaron fotos de su carga humana en
genuinos pasaportes chinos, obtenidos en el mercado negro a 265.000 pesetas
cada uno, y de esa forma consiguieron visados de tránsito para Rusia.
El primer obstáculo estaba vencido.
Tras un recorrido de siete días por Siberia, el grupo llegó
a la capital rusa y pasó a manos de otros cabezas de serpiente
residentes en Moscú y de sus cómplices locales. Jin llamó
por teléfono a su casa para tranquilizar a su familia, aunque causó
alarma al decir que los cabezas de serpiente les tenían bajo
la vigilancia de guardias armados. Con el fin de impedir que los emigrantes
huyeran, les confiscaron los documentos y el equipaje. Porque los cabezas
de serpiente sólo recibían los honorarios acordados,
250.000 yuanes (más de cinco millones de pesetas), si el grupo llegaba
al Reino Unido.
A partir de Rusia, el viaje se hizo más difícil. "Viajaron
en tren, en camión e incluso en carro tirado por caballos", explica
el padre de Jin. "Cada vez que llegaban a una frontera, dejaban la carretera
y atravesaban las montañas para eludir a los guardias". Jin volvió
a llamar desde la República Checa, Alemania y Holanda, donde el
grupo aguardó 20 días hasta emprender el tramo final y más
arriesgado del viaje. Su voz sonaba desesperada. "Dijo que nunca había
tenido suficiente comida y que los cabezas de serpiente no les dejaban
salir de un hotelucho", recuerda el abuelo. Jin pidió que le enviaran
dinero, y el 10 de junio llamó para acusar recibo de 200 dólares
(35.000 pesetas), todo lo que su familia pudo reunir con las prisas.
Y luego, el silencio, un silencio roto por los trágicos acontecimientos
de esta semana y por el convencimiento gradual de que Jin murió
junto con los demás en una tumba hermética. "Tenemos un solo
hijo varón", dice el padre de Jin, entre lágrimas. Su hija,
de 11 años, se encuentra junto a él, pero es menos importante
a la hora de mantener la línea familiar. Pronto la casarán
con alguien de otra familia y sus padres perderán el rendimiento
económico que pueda aportar.
Muestran fotografías de épocas más felices. Jin
era un chico inteligente que, cuando dejó la escuela, a los 16 años,
empezó a trabajar como aprendiz en la reparación de teléfonos
móviles, en Changle. Pero tanto él como su familia deseaban
algo más. "Quería hacer dinero", cuenta su padre. "Aquí
hay poco trabajo en el campo, pero en el extranjero es posible ganar mucho
más". Las autoridades locales calculan que los emigrantes chinos
pueden ganar hasta 265.000 pesetas al mes en el Reino Unido, frente a 40.000
en China. Estados Unidos ofrece perspectivas incluso mejores: unas 350.000
pesetas al mes.
El coste hizo que el padre de Jin escogiera el Reino Unido en vez de
Estados Unidos, el destino preferido por quienes se van de Fujian, incluido
un tío del joven. "Somos gente pobre, no podíamos pagar los
500.000 yuanes que costaba ir a América". El doble de lo que cuesta
ir al Reino Unido. La pobreza siempre es un término relativo. Changle
y otras áreas costeras de Fujian no son, ni mucho menos, las zonas
más pobres de China. El padre de Jin conduce un taxi Volkswagen
de su propiedad.
Los tradicionales edificios de ladrillo en el pueblo de Jin están
cada vez más empequeñecidos por mansiones de seis pisos,
con escaleras de mármol y lámparas de araña. Todas
ellas se han construido gracias al dinero enviado por los familiares en
el extranjero. Los habitantes que siguen en la zona ya no se dedican demasiado
al campo. El penoso trabajo de sembrar y cosechar arrozales queda para
los campesinos procedentes de Sichuán -la provincia más poblada
de China, en el suroeste-, siempre deseosos de alquilar las tierras disponibles.
Casi todas las familias temen hablar con extraños. Jin no es el
nombre real del joven, y no facilitan la tarea de hacer fotos. En los últimos
días se ha acosado y detenido a varios periodistas extranjeros,
porque a las autoridades locales les avergüenza revelar la dimensión
del tráfico de seres humanos.
© The Independent.
|
|||||||||
|
Índice | Busca | 7 Días Portada | Internacional | España | Opinión | Sociedad | Cultura | Gente | Deportes | Economía El Tiempo | Debates | Cartas | Sugerencias | Pasatiempos | Ayuda | Juegos | Nosotros © Copyright DIARIO EL PAIS, S.A. - Miguel Yuste
40, 28037 Madrid
|