Jueves 29 junio 2000 - Nº 1518 |
OPINIÓN
|
||||||||
Portada |
Intern |
España |
Opinión |
Sociedad |
Cultura |
Gente |
Deportes |
Economía |
|
|
Inmigración: ¿reformar la ley o impulsar el consenso? ELISEO AJA La Ley Orgánica de los Derechos y Libertades de los Extranjeros
en España y su integración social (LODYLE), aprobada al final
de la legislatura anterior, es objeto de una fuerte polémica no
por la regulación general de la extranjería, sino por las
soluciones que prevé para la inmigración, es decir, para
los trabajadores extranjeros -y sus familias-, que vienen a España
desde países más pobres que el nuestro. Como se recordará,
la ley se aprobó en vísperas de las elecciones con los votos
de todos los grupos parlamentarios menos los del Partido Popular, que rompió
en el Senado el consenso que había predominado en su tramitación.
El Gobierno pretende reformar ahora la ley, y la verdad es que puede hacerlo
porque en este momento tiene mayoría suficiente en las Cortes. Pero
semejante iniciativa puede acarrear serios problemas sociales. Para explicarlo
es preciso aludir al fracaso de la legislación anterior, a los progresos
que significa la ley actualmente vigente, a las críticas del Gobierno
y, finalmente, al problema fundamental que puede acarrear la reforma de
la ley, la fractura definitiva del consenso social sobre la inmigración.
La anterior Ley Orgánica de Extranjería, de 1985, se elaboró
meses antes del ingreso de España en la Unión Europea, con
un espíritu muy restrictivo para evitar que se estableciera una
población inmigrante en España -entonces era muy reducida-
y de paso contentar a países como Alemania, Francia o Bélgica,
que ya tenían una alta inmigración y habían cerrado
sus fronteras a nuevos inmigrantes en 1974, tras la crisis del petróleo.
Para impedir la inmigración, las vías de entrada legal en
España eran prácticamente imposibles, los permisos de trabajo
y residencia resultaban muy difíciles de conseguir y de corta duración,
no se preveía la reagrupación familiar, se recortaban los
derechos fundamentales e incluso se negaba a los inmigrantes las prestaciones
sociales a las que contribuían con sus cotizaciones. Para asegurar
la aplicación de unas normas tan restrictivas se daba el protagonismo
a la estrategia policial, de manera que la detención y la expulsión
amenazaban continuamente la vida de los trabajadores extranjeros.
Pero aquel modelo restrictivo y policial de inmigración ha fracasado
porque los tribunales -el Supremo, el Constitucional y el Tribunal Europeo-
han ampliado notablemente los derechos de los inmigrantes respecto a su
reconocimiento legal, porque la política de expulsiones ha tocado
techo (se realizaban la mitad de las decididas) y, sobre todo, porque todos
los obstáculos legales no han impedido el establecimiento de un
sector significativo de inmigrantes desde hace varios años. Los
inmigrantes llegaban a España como podían, como turistas
o en pateras, buscaban trabajo y sólo después, si podían,
legalizaban su situación. Las sucesivas regularizaciones extraordinarias
decretadas por los Gobiernos y el establecimiento de seudocontingentes
son la mejor prueba del fracaso de esta legislación.
La ley recién aprobada que intenta cambiar esta situación,
la LODYLE, es más o menos equivalente a las leyes que existen en
la mayoría de países comunitarios, donde se frena la nueva
inmigración -eso es verdad-, pero se reconocen amplios derechos
a quienes llevan varios años en el país, buscando su integración
para evitar el racismo y los conflictos sociales, cosa que hasta ahora
no se había hecho aquí. La ley no reconoce más derechos
a los extranjeros que las europeas (por ejemplo, no les otorga el derecho
de voto, que ya les han reconocido cinco Estados europeos), pero, a diferencia
de ellas, prevé algunos mecanismos que supondrán un aumento
moderado de la población inmigrante (por cierto, igual que hace
la nueva ley de Italia, que también es un país con escasa
inmigración).
La verdadera novedad de la ley vigente estriba en que sustituye el rechazo
a la inmigración y la solución policial por un modelo de
inmigración más complejo y democrático que debería
servir de fundamento al Gobierno para realizar una política seria
y moderna: prever y canalizar la llegada de trabajadores extranjeros y
de sus familias y procurar su integración social. Así, prevé
los contingentes laborales como vía normal de entrada de los trabajadores
extranjeros, reconoce la reagrupación familiar (que es un derecho
fundamental pero que sin duda incrementará la inmigración)
y otorga a los residentes legales la mayoría de derechos de los
ciudadanos. Además, establece los permisos permanentes, a partir
de los cinco años de residencia, para eliminar la precariedad y
potenciar una inmigración estable, y cambia notablemente el sistema
de infracciones y sanciones, de forma que la expulsión deja de ser
el elemento principal del sistema, salvo para quienes cometan algún
delito.
En definitiva, la ley responde a la nueva situación existente
en el país, que ya cuenta con una inmigración estable, y
encauza su futuro crecimiento. Las críticas realizadas por el Gobierno
a la ley son poco sólidas; algunas son falsas (su contradicción
con la normativa europea); otras engañosas (para combatir el tráfico
de inmigrantes basta reformar el Código Penal), y otras, imposibles
de saber (el manido efecto llamada, que en todo caso provendría
de la regularización más que de la ley). Pero lo más
sorprendente de las propuestas del Gobierno es que globalmente se caracterizan
por retornar a la normativa anterior, restrictiva y policial, que ha fracasado
rotundamente.
Sin embargo, el punto más importante de la reforma que propone
el Gobierno no estriba tanto en su contenido como en su significado. Hay
que recordar que, antes de la aprobación de la LODYLE, las asociaciones
de inmigrantes y las ONG que trabajan en este ámbito estaban radicalmente
en contra de la legislación anterior, y que durante la tramitación
de la ley actual cambiaron su postura y acabaron apoyándola. Se
alcanzó así una parte del consenso social indispensable para
una correcta convivencia, la aceptación de la ley por parte de los
propios afectados, los trabajadores extranjeros y sus familias. Pero entonces
faltó el acuerdo de otro sector, los ciudadanos que sólo
consideran la inmigración como un problema y que se vieron representados
por la quiebra del consenso parlamentario que realizó el PP; lógicamente,
este sector valorará la reforma como su victoria.
Tenemos una ocasión de oro (baja tasa de inmigración,
necesidad de mano de obra extranjera, conveniencia de aumentar la población
joven) para alcanzar un consenso social general sobre la inmigración
y asentar una convivencia que en todas partes resulta difícil. Pero,
si se reforma inmediatamente la ley, sin nuevos datos, con la misma dinámica
que se utilizó en su tramitación, es previsible que las asociaciones
de inmigrantes y las ONG vuelvan al rechazo global de la legalidad y los
sectores más xenófobos se sientan reforzados. Se frustrará
así por un largo periodo el consenso social, pero, como la inmigración
seguirá existiendo, se abrirán las puertas a conflictos envenenados.
¿Cómo evitar este peligro e incrementar el consenso político
y social sobre la inmigración? La respuesta no es difícil,
ni ha de resultar ominosa para el Gobierno. La LODYLE entró en vigor
el 1 de febrero, hace muy pocos meses. Lo más prudente para el Gobierno
sería aplicarla lealmente durante un tiempo, valorar después
sus resultados, elaborar un Libro Blanco explicando a la sociedad sus efectos
y, en su caso, modificar las normas inconvenientes; por ejemplo, dentro
de un año, ya que el Gobierno tendría aún la mitad
de la legislatura para realizar la reforma. Ahora es imposible valorar
las novedades de la ley, porque ni siquiera se ha aprobado su reglamento
de desarrollo ni se ha consultado a las comunidades autónomas, como
exige la ley; ni, por supuesto, se ha publicado ningún informe que
justifique la reforma. En estas circunstancias, si el Gobierno insiste
en modificar la ley, ciertamente tendrá la mayoría parlamentaria
suficiente para su aprobación sin necesidad de consenso parlamentario,
pero ¿está seguro de que no necesitará en el futuro
-necesitaremos todos- el consenso social sobre la inmigración?
Eliseo Aja es catedrático de Derecho Constitucional y coordinador del libro La nueva regulación de la inmigración, publicado recientemente por Tirant lo Blanc. |
|||||||||
|
Índice | Busca | 7 Días Portada | Internacional | España | Opinión | Sociedad | Cultura | Gente | Deportes | Economía El Tiempo | Debates | Cartas | Sugerencias | Pasatiempos | Ayuda | Juegos | Nosotros © Copyright DIARIO EL PAIS, S.A. - Miguel Yuste
40, 28037 Madrid
|