Miércoles 28 junio 2000 - Nº 1517 |
OPINIÓN
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Una época de bárbaros SAMI NAÏR Dover, 19 de junio: 58 muertos. Málaga, 20 de junio: 33 emigrantes
clandestinos amontonados en un camión detenidos. Estrecho de Gibraltar:
todos los días, las pateras encallan en las playas españolas.
Frontera entre Italia y Francia, frontera entre Alemania y Polonia, frontera
entre Francia e Inglaterra, fronteras, fronteras... Sí, en la Europa
rica sólo quedan fronteras para los pobres, los parias de la Tierra.
Cincuenta y ocho muertos en Dover: no es un drama, es un pequeño
holocausto. Ésta es la situación: por un lado, nosotros,
los ricos, prósperos, herederos de una tradición democrática
que nos permite poner de patitas en la calle a cualquier Gobierno que atente
seriamente contra nuestro tren de vida; nosotros, que tenemos nuestra Seguridad
Social, nuestras jubilaciones, nuestras vacaciones pagadas, nuestro ocio
asegurado, nuestra salud protegida, nuestro veraneo planificado; nosotros,
que sin cesar defendemos la libertad, la mundialización cosmopolita,
el multiculturalismo y tutti cuanti. Y ellos. A ellos les define
una única palabra: nada. No tienen nada. Por tanto, no son nada.
Pero nos ven, se alimentan de nuestras imágenes de opulencia. Y,
legítimamente, quieren ser como nosotros. Hace ya 30 años,
en la época en que los conceptos eran políticamente tajantes,
se decía: su miseria es el resultado de nuestra política
imperialista. Ayudarles es un deber. Hoy, cuando las palabras han de tener
un sentido forzosamente más reaccionario para ser aceptadas, se
dice: ¡nos deben dinero y encima quieren venir aquí a comerse
nuestro pan! Jürgen Habermas encontró las palabras justas para
definir esta actitud: es, dice, la época del "chovinismo de la prosperidad".
El resultado es que la mundialización avanza a pasos agigantados,
rompe todas las fronteras, somete a todas las sociedades, transforma a
los Estados en guardaespaldas del capitalismo financiero, abre de par en
par las arterias de la circulación a las mercancías, a las
películas, a los capitales, a la comunicación, a las personas
que tuvieron la suerte de nacer en el lugar adecuado. Pero allí
se acaba el juego. Ellos, las cuatro quintas partes de la humanidad, están
en una gran cárcel sin barrotes. Les está prohibido circular.
Inmensa hipocresía esta mundialización que, en el fondo,
es tan sólo una manera diferente de enriquecer a los ricos y empobrecer
a los pobres. ¿Cuándo admitiremos que existe una contradicción
escandalosa entre las políticas migratorias de los países
ricos, con Europa a la cabeza, y la dinámica social engendrada por
la mundialización? ¿Cuándo comprenderemos que no nos
encontramos ante simples migraciones por trabajo, sino ante verdaderos
desplazamientos de población? En Europa se presencia en todas partes
el aumento del reagrupamiento familiar, de la inmigración clandestina,
de la transformación de los solicitantes de asilo político
en demandantes de asilo económico. ¿Quién no conoce
inmigrantes ilegales que quieren ser regularizados, a "turistas" que no
quieren marcharse, a "amigos" en el extranjero que imploran un visado?
No digo que los Estados deban abrir sus fronteras de par en par. Todo el
mundo sabe que ninguna sociedad puede soportar la llegada masiva de los
emigrantes; los sistemas sociales, si bien se beneficiarían transcurrido
un tiempo, explotarían ante el golpe. Ninguna sociedad aceptaría
ver su identidad cultural y política repentina y masivamente penetrada
por otras culturas, otras religiones, otras costumbres. Pero ¿debemos,
pese a todo, poner en la cuenta de pérdidas y ganancias a los muertos
de ayer en Gibraltar, de hoy en Dover, de mañana no se sabe dónde?
Tenemos que revisarlo todo. Y partir de las realidades.
En primer lugar, admitir que las migraciones continuarán y que
tan sólo estamos en el comienzo de un ciclo. En los próximos
10 años, Europa deberá responder a la muy fuerte demanda
migratoria de africanos, magrebíes, asiáticos y de ciudadanos
de los países del Este. Estas emigraciones potenciales deben ser
previstas y hay que intentar organizarlas. Y no sólo en beneficio
de los países ricos. La economía europea necesita actualmente
una fuerza de trabajo joven, dinámica y cualificada, tanto para
garantizar el crecimiento económico como para compensar el envejecimiento
de la población. Pero ¿somos conscientes de que, al facilitar
la inmigración de las capas cualificadas, robamos pura y simplemente
a los países pobres su materia gris, después de haber echado
mano de sus materias primas? Si debemos responder de forma positiva a la
demanda migratoria de estas capas, también debemos hacer que sea
productiva para el país de origen. Hoy en día es necesario
sistematizar el modelo de las migraciones temporales. Paradójicamente,
esta visión dinámica de los flujos supone una apertura más
generosa de las fronteras y una mayor firmeza en relación con la
residencia permanente. El objetivo es acoger a trabajadores para los periodos
fijos cuya finalidad de regresar a sus países debe establecerse
a través de un contrato con los Estados de origen y estar claramente
anunciada por los países de acogida. La experiencia alemana de los
contratos de trabajo temporales debe ser meditada con seriedad. Algunos
dirán que estas migraciones tenderán inevitablemente a transformarse
en migraciones permanentes. Tal vez. Pero la experiencia histórica
muestra que en Europa las migraciones se convirtieron en migraciones permanentes
precisamente debido a la política drástica de cierre de fronteras
a partir de 1975. Al encarecerse el billete de entrada al supermercado
europeo, los inmigrantes que llegan sólo tienen una obsesión:
quedarse. En cambio, la relativa fluidez de la circulación de personas
entre 1945 y 1975 permitió de hecho la existencia de migraciones
de alternancia: los argelinos, malienses y senegaleses llegaban incluso
a convencerse del "mito del regreso" a su país de origen. Por tanto,
debemos intentar nuevas estrategias para responder a la demanda migratoria
de la época de la mundialización. Hay que permitir estancias
temporales, establecer acuerdos para pagar parte del salario, de los subsidios
familiares y de las cotizaciones a la jubilación al país
de origen. Los Estados de origen estarán mucho más satisfechos
y, al mismo tiempo, se da a los inmigrantes la oportunidad de invertir,
llegado el caso, en su país. En el marco de la actual liberalización
de los flujos financieros, incluso se puede concebir la creación
de organismos bancarios especializados en la transferencia de fondos (esto
ya existe entre Francia y Marruecos) y capaces de garantizar las inversiones
en sus países de origen de los trabajadores instalados en Europa.
Dentro del planteamiento de una mayor flexibilidad en la circulación
de los futuros emigrantes, si los inmigrantes logran más fácilmente
un visado de entrada, un permiso de trabajo temporal, deben saber que no
pueden solicitar un permiso de residencia permanente y, si no respetan
el contrato, que pueden perder definitivamente el acceso a ese dispositivo.
Como es natural, esta política de migraciones temporales no debe
excluir la posibilidad por parte del Estado receptor de conceder, como
considere oportuno, los documentos de residencia permanente, de favorecer
el acceso a la nacionalidad, etcétera.
Por otro lado, esta política de gestión de los flujos debe estar apoyada por una amplia y verdadera estrategia de ayuda al desarrollo. Es la mejor forma de estabilizar a las poblaciones en sus países. Sin embargo, es obligado señalar que ningún país europeo tiene hoy una política de cooperación digna de este nombre. La ayuda pública al desarrollo no deja de disminuir, mientras que los capitales privados sólo se orientan hacia los países con nuevos mercados. A África y el sur de Asia se les margina dramáticamente. En la cuenca mediterránea, la zona de libre intercambio establecida por los acuerdos de Barcelona (1995) no tiene en cuenta ni las ventajas comparativas de los países del Sur (productos agrícolas) ni la demanda migratoria resultante de la adaptación económica estructural a la economía europea. Dicho de otro modo, una política de cooperación amplia y verdadera debe situar a las migraciones en el corazón del proyecto. Es lo menos que puede esperarse de un país como Francia en relación con África. Estabilizar a las poblaciones en su país significa, en primer lugar, responder a las necesidades básicas: empleo, sanidad, educación y vivienda. Éstos son los desafíos de la cooperación. Éstos son los sectores hacia los que debe reorientarse la reinversión de la deuda; éstos son los objetivos hacia los que deben dirigirse de forma prioritaria las transferencias de fondos de los inmigrantes. Por supuesto, es necesario que los Estados implicados hablen realmente entre sí de los emigrantes, de la verdadera revolución de la movilidad humana que tiene lugar desde hace 15 años. Mientras se nieguen a hacerlo -¿por qué no concebir una gran conferencia intergubernamental Norte-Sur sobre las migraciones?-, las mafias de la mano de obra lo harán en su lugar. Y a su manera. Hay que recordar que estas mafias -las mejor organizadas en Europa son las chinas, las turcas, las kurdas, las albanesas, etcétera- están estructuradas para intervenir ya en toda Europa. Trabajan de forma metódica, a menudo colaboran con redes criminales de narcotráfico, de transferencia de fondos, de mercancías robadas y de prostitución. Entre la negativa de los Estados a plantearse seriamente la pregunta de las migraciones y las estrategias criminales de las mafias, los candidatos a la emigración, sobre todo los que menos tienen, los más débiles, están atrapados entre dos fuegos. Tanto si acaban en talleres de París, Roma y Londres, en los que tienen que trabajar tres, cinco o siete años para reembolsar su "viaje" sin esperanza de regularizar su situación, como si mueren asfixiados en un camión frigorífico, en el fondo, es casi lo mismo. Sus familiares y amigos seguirán soñando con el Eldorado europeo y pagando, cuando queden atrapados en la espiral de la clandestinidad, el precio de su propia muerte. Dover, Gibraltar. Vivimos una época de bárbaros. Sami Naïr es eurodiputado socialista. |
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