Click para ir a la PORTADA OPINION - Click para ir a la portada de sección

4

.

Click para ir siguiente articulo

Elecciones, palabras y promesas

José Luis Manzanares

Nada hay tan hermoso en tiempos de elecciones como las promesas. Iluminan nuestro futuro y, según los creyentes, configurarán poco a poco un mundo feliz. La conocida afirmación de que el principio era el Verbo vale también -ya con minúscula y sin connotaciones evangélicas- para el comienzo de cualquier campaña electoral. La palabra sirve para transmitir las meditadas ofertas de los partidos políticos. Las mismas con que se pretende conseguir el voto de unos ciudadanos agradecidos por la profunda atención que su destino merece a tantos y tan cualificados personajes de la vida pública. Primero se oyen las palabras, después se reflexiona a lo largo de una jornada y finalmente se acude a las urnas. Hay que comparar las propuestas, examinar su solidez y valorar la credibilidad de quienes las hacen.

Aunque el proceso no puede ser más racional en teoría, la práctica muestra multitud de impurezas atribuibles a la publicidad o, desde otro ángulo, a los atractivos personales o las dotes escénicas de los candidatos. El elector debe recordar, de un lado, que los altavoces -es decir, el uso masivo de los medios de comunicación- refuerzan la voz pero no los argumentos, y de otro, que los seductores suelen ser de grata presencia, amables modales y bello decir. Ni ha de tomarse por verdad la mentira repetida mil veces ni ha de cederse a los encantos del flautista de Hamelin.

El lenguaje hablado, como el papel, lo soporta todo, sea verdad o mentira, sensato o disparatado. Asegura Confucio -léase el Analectas de sus discípulos- que quien posee el espíritu, tiene también la palabra, pero quien dispone de la palabra no es necesariamente dueño del espíritu. Por eso escribe Goethe que si no se diera el matrimonio ideal entre la palabra y el espíritu, habrá que atender a éste último. Puede suceder, no obstante, que las palabras no pretendan siquiera expresar una propuesta seria, sino encubrir la falacia de una aparente promesa cuyo incumplimiento se halla programado de antemano. Según el Viejo Profesor, este sería el caso de todas las promesas electorales, pero quizá Tierno Galván se dejara llevar por un exceso de ironía o por la tentación de acuñar una frase redonda.

Ocurre también que como presupuesto ineludible de todas las promesas concretas se sitúa la del estricto respeto al Estado de Derecho. La financiación irregular, cuando no delictiva, de los partidos políticos, el mal uso de los fondos reservados o las atrocidades del GAL, por citar sólo algunos ejemplos, no deben repetirse. Procede interiorizar la repulsa para evitar contradicciones entre lo que se proclama en público y la reserva última en el fuero interno. El Derecho no ha de acomodarse a la Política, sino al revés. Más aún, resulta dudoso que lo moralmente rechazable pueda ser políticamente correcto. En estas cuestiones no juegan papel alguno ni los colores ni los idearios. Nuestra Ley Fundamental se abre con una definición básica: España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho. A partir de ahí, y sólo a partir de ahí, vienen las restantes palabras, las opciones, las promesas y los votos.

 

 

Click para ir siguiente articuloArriba