Nada hay tan
hermoso en tiempos de elecciones como las promesas. Iluminan nuestro futuro y, según los
creyentes, configurarán poco a poco un mundo feliz. La conocida afirmación de que el
principio era el Verbo vale también -ya con minúscula y sin connotaciones evangélicas-
para el comienzo de cualquier campaña electoral. La palabra sirve para transmitir las
meditadas ofertas de los partidos políticos. Las mismas con que se pretende conseguir el
voto de unos ciudadanos agradecidos por la profunda atención que su destino merece a
tantos y tan cualificados personajes de la vida pública. Primero se oyen las palabras,
después se reflexiona a lo largo de una jornada y finalmente se acude a las urnas. Hay
que comparar las propuestas, examinar su solidez y valorar la credibilidad de quienes las
hacen.
Aunque el proceso no puede ser
más racional en teoría, la práctica muestra multitud de impurezas atribuibles a la
publicidad o, desde otro ángulo, a los atractivos personales o las dotes escénicas de
los candidatos. El elector debe recordar, de un lado, que los altavoces -es decir, el uso
masivo de los medios de comunicación- refuerzan la voz pero no los argumentos, y de otro,
que los seductores suelen ser de grata presencia, amables modales y bello decir. Ni ha de
tomarse por verdad la mentira repetida mil veces ni ha de cederse a los encantos del
flautista de Hamelin.
El lenguaje hablado, como
el papel, lo soporta todo, sea verdad o mentira, sensato o disparatado. Asegura Confucio
-léase el Analectas de sus discípulos- que quien posee el espíritu, tiene también la
palabra, pero quien dispone de la palabra no es necesariamente dueño del espíritu. Por
eso escribe Goethe que si no se diera el matrimonio ideal entre la palabra y el espíritu,
habrá que atender a éste último. Puede suceder, no obstante, que las palabras no
pretendan siquiera expresar una propuesta seria, sino encubrir la falacia de una aparente
promesa cuyo incumplimiento se halla programado de antemano. Según el Viejo Profesor,
este sería el caso de todas las promesas electorales, pero quizá Tierno Galván se
dejara llevar por un exceso de ironía o por la tentación de acuñar una frase redonda.
Ocurre también que como
presupuesto ineludible de todas las promesas concretas se sitúa la del estricto respeto
al Estado de Derecho. La financiación irregular, cuando no delictiva, de los partidos
políticos, el mal uso de los fondos reservados o las atrocidades del GAL, por citar sólo
algunos ejemplos, no deben repetirse. Procede interiorizar la repulsa para evitar
contradicciones entre lo que se proclama en público y la reserva última en el fuero
interno. El Derecho no ha de acomodarse a la Política, sino al revés. Más aún, resulta
dudoso que lo moralmente rechazable pueda ser políticamente correcto. En estas cuestiones
no juegan papel alguno ni los colores ni los idearios. Nuestra Ley Fundamental se abre con
una definición básica: España se constituye en un Estado social y democrático de
Derecho. A partir de ahí, y sólo a partir de ahí, vienen las restantes palabras, las
opciones, las promesas y los votos.
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