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Universitat
de Barcelona
Facultat de Dret Graduat en Criminologia i Política Criminal Graduat en Investigació Privada |
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Profra. Dra. Encarna Bodelón González Prof. Dr. Julio Zino Torrazza |
Del buen uso del criminal
Origen del texto:
Michel Foucault, 1992. La vida de los hombres infames,
Buenos Aires, Editorial Altamira, pp. 203 y ss.
Del buen uso del criminal
Ranucci, guillotinado el 28 de julio de 1976, ¿era inocente del asesinato de una niña de dos años? No se sabe. Acaso no se sepa nunca. Lo que sí se sabe, de forma irrefutable, es que la justicia es culpable. Culpable de haberle llevado directamente y sin titubear al patíbulo tras cinco sesiones de diligencias, dos días de audiencia, el rechazo de un recurso y la denegación de una petición de gracia.
Gilles Perrault se ha ocupado del tema. Tratándose de un asunto
así, sentiría ciertos escrúpulos si tuviera que referirme
al talento que caracteriza al relato, su claridad, su fuerza. Sólo
una palabra me parece justa para aplicar en este caso: es un gran trabajo.
No sé cuántos meses de paciencia le habrá costado,
y también de esa impaciencia que se niega a aceptar lo más
fácil. Pero acabado el libro uno no puede menos de preguntarse qué
es lo que no ha funcionado, o más bien qué es lo que ha hecho
seguir funcionando esta máquina, que debería haberse detenido
en cada trámite: ¿la parcialidad de la policía, la
hostilidad de un juez, la sobreexcitación de la prensa? Un poco
de todo, pero en el fondo, y como argamasa de todo ello, algo a la vez
simple y monstruoso: la pereza. Pereza de los investigadores, de los jueces,
de los abogados, pereza de la justicia entera. La justicia hace reír
cuando es tan indolente qué no llega a pronunciar veredicto. Pero
es quien reparte la muerte con gesto casi adormecido...
Cambio de marca
El libro de Perrault es un atroz tratado acerca de la pereza judicial. Forma suprema de esta pereza es la religión de la confesión.
Hacia la confesión tienden todos los actos y procedimientos de la justicia: desde el primer interrogatorio hasta la última audiencia. Se revela el secreto, se descubre el sutil fondo de la verdad: podemos estar satisfechos.
¿Prestigio de la confesión en los países católicos? ¿Voluntad, según Rousseau, de que el culpable suscriba su propia condena? Sin duda, pero ¿quién no ve la formidable "economía" que permite la confesión? Para los investigadores, que ya no tienen sino que ajustar su labor a lo confesado; para el juez de instrucción, que ya sólo tiene que ajustar su "dossier" a la confesión; para el presidente del Tribunal, que, en la precipitación de los debates, puede remitir al acusado a si mismo; para los jurados, que, sin necesidad de conocer el "dossier", tienen delante un acusado que lo reconoce; para los abogados de la defensa, porque es, a fin de cuentas, más fácil recurrir a la retórica expedita de las circunstancias atenuantes, de la infancia desgraciada, del momento de locura, que luchar, paso a paso, en las distintas fases de la instrucción y buscar, indagar, sospechar, verificar. La confesión es un lugar de dulce complacencia para todas y cada una de las instancias de la justicia penal.
El 3 de junio de 1974 se descubre el cadáver, horriblemente mutilado, de Marie-Dolorès Rambla. Acababa de ser raptada por un hombre que le había pedido que le ayudara a buscar un perro negro. En torno a ese crimen existen una serie de indicios y de pistas: un Simca 1100, al que había subido la víctima; un hombre de jersey rojo, que ya el día de la víspera había pedido a otros niños que trataran de encontrar su perro. Por otro lado, se descubre que no lejos del lugar donde fue encontrado el cadáver, un automovilista sufrió un ligero accidente, huyó, le persiguieron y logró ocultarse. Alguien tomó nota del número de la matrícula que resultó corresponder al coche de Christian Ranucci. Éste fue detenido.
Coincidencia de lugares, aproximación de horarios: ¿y si ambas series, la del crimen y la del accidente, constituyeran una sola? Claro que Ranucci no posee un Simca, sino un Peugeot; claro que no le reconoció ni uno solo de los testigos del rapto: claro que no se vio a nadie en el coche accidentado, pero después de todo en su interior se encontraron unos pantalones manchados de sangre. ¿Por qué se ocultó el propietario antes de volver tranquilamente a su casa?
Once horas de interrogatorio hasta que al fin confiesa. Y vuelve a confesar en ocasiones posteriores. Confesión impresionante, dice Gilles Perrault. Pero los investigadores disponían de muchas otras pistas posibles; tenían conocimiento de hechos que mostraban que la confesión del acusado no era exacta en determinados puntos, aparentemente falsos. Ranucci no había dicho la verdad. Tenían, pues, elementos de juicio para saber que la confesión era, cuando menos, dudosa, y que, lejos de poder aducirse como prueba terminante, debía, a su vez, ser probada.
Sin embargo, ocurrió justo lo contrario. La confesión
desplegó sus poderes mágicos. El coche del secuestro, de
Simca, se transformó en Peugeot. Un hombre que corría con
un paquete se convirtió en uno que tiraba de una niña pequeña.
Los testigos reticentes fueron olvidados, y el jersey rojo, que no podía
pertenecer a Ranucci, fue abandonado en un rincón del sumario. La
confesión y los hechos comprobados no podían colocarle en
idéntico plano. Había que hacer añicos el bloque que
constituía la confesión y volverlo a examinar punto por punto,
o bien espigar los hechos hasta quedarse únicamente con aquellos
que permitieran cimentar la confesión. Ustedes adivinarán
cuál fue la solución escogida.
Retrato a medida
Se reprocha con frecuencia a la Policía el modo en que provoca las confesiones. Y con razón. Pero si la justicia, desde la base hasta la cúspide, no fuese tan ávida de confesiones, los policías tendrían a su vez menor tendencia a provocarlas y a usar de esos métodos. A fin de obtener la confesión de Ranucci, la Policía de Marsella no empleó, claro está, las únicas palabras insidiosas de la persuasión, pero, de todas formas, ¿hubo acaso en el Tribunal, en la sala de audiencias, alguien que dijese: «Una confesión, sea cual fuere, no es ninguna solución, es un problema» ¿Que hay que demostrar un crimen cuyo desarrollo, cuyas razones y cuyas complicidades le escapan? En ningún caso debe sustituirse esa demostración por el recurso a un criminal que se proclama culpable, en ningún caso deben las certidumbres del acusado sustituir la inseguridad del investigador.
Un criminal manifiesto ha ocupado, pues, el lugar de un oscuro crimen. Pero hace falta, además, que su criminalidad se vea más sólidamente anclada que a través de tina simple confesión, siempre revocable. Después de haberse inhibido en favor del propio sospechoso, el juez de Instrucción hará intervenir al psiquiatra. Éste deberá responder a dos tipos de preguntas: ¿atravesaba el inculpado un estado de locura en el momento de cometerse los hechos? En este caso se considerará que no hubo crimen y entonces se detendrán las investigaciones. Es lógico que el psiquiatra responda lo antes posible a esta pregunta.
Pero también se le preguntará si no ha detectado relaciones entre el crimen y las anomalías psíquicas del individuo; si éste no es peligroso y si readaptable: preguntas todas ellas que no tienen más sentido que si el individuo es el autor del crimen de marras y si el médico tiene por misión la tarea de reubicar este crimen en la vida del autor.
El psiquiatra tenía, pues, ante sí a un Ranucci "titular" de un crimen, puesto que lo había confesado; sólo le restaba construir una personalidad de criminal. Adelante. Una madre divorciada: por lo tanto posesiva. Su hijo vive con ella: jamás la ha abandonado (aunque haya trabajado mucho tiempo fuera). Coge el coche para salir el fin de semana: es la primera vez que duerme fuera (olvidemos un año de servicio militar en Alemania). Y si desde los diecisiete tiene amantes, su afectividad es «inmadura», y su sexualidad, «mal orientada».
No sé si tiene mucho sentido decir de alguien que ha matado á
una niña pequeña porque ha estado siempre bajo las faldas
de su madre. Pero en un sumario destinado a unos jueces, que serán
los que tengan que decidir la culpabilidad del acusado, veo muy bien el
efecto que puede producir: a falta de pruebas del crimen, eso puede perfectamente
contribuir a trazar el perfil del criminal. El primero queda tal vez por
probar, pero el segundo ya se entiende, parece "resistir bien". De
esta psicología el crimen se deducirá fácilmente como
una consecuencia necesaria.
Todo lo que "no engaña"
Además, en el fondo, este crimen, este gesto oscuro, estúpido, horrible, este absurdo que se borra con el tiempo (aunque haya ciertos pesares que jamás se olvidarán) ¿qué hacer con él el día de la audiencia? ¿Qué significaría reaccionar a lo irreversible? No se castiga un' acto, sino que se castiga a un hombre. Y he aquí que, una vez más, se abandona el crimen que nos supera para ocuparnos del criminal.
Del criminal tiene necesidad efectivamente la prensa y la opinión pública. Él será blanco de todos los odios, polarizará las pasiones; para él se pedirá la pena y el olvido.
Del criminal tienen necesidad también los jurados y el Tribunal. Porque el hecho criminal está sepultado en el fondo de voluminosos "dossiers"; los jurados no lo conocen y al presidente le costaría bastante trabajo explicarlo. En principio la audiencia necesita de una verdad capaz de llegar sin sombras ni reticencias a los ojos y los oídos de todos. Pero; ¿qué hacer exactamente? Se impone una división: de un lado, entre el polvo del sumario, los hechos, las huellas, las pruebas, innumerables elementos que el espíritu liga difícilmente, y entre los que se extravía la atención. Pero, ¿qué más da? Porque, por el otro lado, está, en carne y hueso, vivo, indiscutible, el criminal. Su rostro, sus expresiones, su dureza, sus ataques de locura - todo lo que "no engaña" -. Confiemos, pues, por lo que al crimen se refiere, en los hábiles técnicos del sumario procesal, y tengamos en todo momento presente a la persona del criminal.
Se necesita del criminal, no del crimen, para fijar la sentencia. Para
ser indulgentes, comprender o perdonar. Pero también para ser severo.
Y para matar. No creo ofender ningún dolor si digo que los responsables
del talco Morliange* han causado tanto daño como el asesino
de una niña. Y las pruebas están todas ahí, sin refutación
posible. Sin embargo, en ningún momento se habló de condenarlos
a muerte: tanto mejor. Mas, ¿por qué se acepta con tanta
facilidad semejante disparidad de destinos? Por un lado, tenemos a unos
industriales sin escrúpulos, hombres de negocios ávidos o
cínicos, ingenieros incompetentes, todo lo que se quiera, pero no
"criminales". Y por otro, un crimen mal aclarado, si bien, a plena luz,
un criminal de carne y hueso. Y aunque se puede vacilar a la hora de responder
a una muerte con otra, a un degüello con otro degüello ¿cómo
no querer librarse, a través de ciertos medios que no admiten recurso,
de alguien que es, fundamentalmente, un "criminal", especialmente un "peligro",
naturalmente un "monstruo"? A todos nos va en ello nuestra salvación.
Menos costoso
Paradoja: una de las raíces más. sólidas de la pena de muerte es el principio moderno, humanitario, científico de que lo que se juzga no son crímenes, sino criminales. Es menos costoso económicamente, intelectualmente más fácil, más gratificante para los jueces y para la opinión pública, más razonable a los ojos de los sabios y más satisfactorio para los apasionados de la idea de "comprender al hombre" en lugar de verificar los hechos. Y he ahí cómo, con gesto fácil, insólito, casi sonámbulo, la justicia cortó en dos, una mañana, a un "criminal" de veintidós años de edad, cuyo crimen no había llegado nunca a demostrarse.
No he hablado de los aspectos excepcionales y duros de este asunto: de por qué había necesidad en ese momento de una ejecución y de cómo la petición de gracia, recomendada por la comisión, fue rechazada. Me he limitado a evocar los aspectos que lo hacen asemejarse a tantos otros.
Se está reformando ahora en Francia el Código Penal. Hay en marcha una apasionante campaña contra la pena de muerte. Y ciertos magistrados conocen perfectamente el peligro de ciertas antiguallas, como esa religión que es la confesión, o de esas modernidades como la intervención indiscreta del psiquiatra. De modo más general, es preciso revisar a fondo la forma en que se castiga.
La forma de castigar ha sido siempre uno de los rasgos más fundamentales
de una sociedad. Ninguna mutación importante se produce en una sociedad
sin que, como consecuencia de la misma, se modifique el tipo de castigo.
El actual régimen penitenciario está totalmente gastado.
Las "ciencias humanas" no van a reavivarlo. Harán falta años,
y tanteos, y transformaciones para determinar qué es lo que hay
que castigar y cómo, y si castigar tiene algún sentido, y
si es posible.
* Este producto causó numerosas víctimas
por envenenamiento en zonas de la piel, debido a su excesivo contenido
de hexaclorofeno, y fue prohibido por las autoridades sanitarias.