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Curso de verano
«La conciencia. Cerebro, organismo y
sociedad»
Director:
José Gutiérrez Maldonado, Universitat de Barcelona

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¿Qué puede aportar la Psicopatología a la
explicación de la conciencia?
16/07/2008 a las 09:30 h
Serafín Lemos
Catedrático de Psicopatología de la Universidad de Oviedo
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| Serafín Lemos
Giráldez es Catedrático de Universidad del Departamento de
Psicología de la Universidad de Oviedo Titulación: Licenciado en
Psicología (Universidad de Salamanca). Doctor en Psicología
(Universidad Complutense de Madrid). Líneas de investigación:
Predictores de riesgo de psicosis (www.p3-info.es). Intervención
psicológica en esquizofrenia. Personalidad, estilos de vida y
salud. Actividades asistenciales y de gestión. (1973-1990): Jefe
del servicio de Psicología del Hospital Psiquiátrico de Oviedo.
(1991-1999): Decano de la Facultad de Psicología de la
Universidad de Oviedo. (2007): Presidente de la Sociedad
Española de Psicología Clínica y de la Salud (SEPCyS).
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El concepto de conciencia es complejo y poliforme,
en la medida que alude al reconocimiento de uno mismo y del ambiente
circundante. Desde el punto de vista clínico, este término alude tanto a
la capacidad para reconocer experiencias, capacidad para reaccionar
intencionadamente a determinados estímulos, como a la capacidad de
auto-comprensión. Del mismo modo, el término inconsciente es utilizado
de muy diferentes formas, que traducen su carácter multidimensional. En
la práctica, pueden establecerse tres dimensiones claramente distintas
en el continuo de conciencia normal-inconsciente (Sims, 2003):
vigilancia, lucidez y autoconciencia.
a) Vigilancia: Alude al nivel de alerta cortical, cuyos polos extremos
son el sueño profundo y la conciencia normal, pudiendo ser descritos
diversos estados intermedios. La vigilancia se refiere a la capacidad
para mantenerse deliberadamente atento o despierto, lo que contrasta con
los estados de somnolencia o de sueño profundo; por lo que no es una
facultad uniforme, sino que varía dependiendo de las circunstancias
ambientales.
Suelen diferenciarse diferencias cuantitativas en la vigilancia, que
están determinadas por estados emocionales de alegría o temor, o por
factores motivacionales, como el interés o la ansiedad. La dimensión de
vigilancia resulta alterada por muchas alteraciones psicopatológicas,
desde el punto de vista cuantitativo.
Las diferencias cualitativas de la vigilancia vienen determinadas por la
naturaleza de las actividades que la persona pone en práctica, que
matizan el significado de la atención; así, no es idéntica la vigilancia
demostrada por la actividad profesional requerida a un controlador
aéreo, ante la pantalla del radar, que la mostrada por el espectador que
disfruta del momento álgido de una sinfonía o de cualquier otra
manifestación artística.
b) Lucidez: Se refiere a la claridad del pensamiento, que puede
expresarse también con estadios intermedios, desde el estado normal
hasta el estado de coma. Este concepto hace referencia a la capacidad
para reconocer y procesar la información que llega a través de los
sentidos; función en la que se distinguen también estados diferentes, de
gran importancia clínica, que reciben diversa denominación.
Por ejemplo, la confusión mental se refiere a cierta dificultad para
pensar con claridad y es un fenómeno característico de trastornos
orgánicos, aunque también puede observarse en otras alteraciones
psicopatológicas funcionales. En los trastornos orgánico-cerebrales se
presenta conjuntamente con otros síntomas, como son las ilusiones, las
alucinaciones, las ideas delirantes y los cambios de humor. Dependiendo
del grado de afectación, se pueden observar cuadros clínicos de
diferente intensidad, descritos como estados confusionales (con síntomas
parecidos a las características de las demencias, aunque reversibles) y
formas de delirium. Variaciones de estos cuadros clínicos son los
estados oniroides, en los que el paciente describe las experiencias como
si fueran imágenes semejantes a las de los sueños, con desorientación y
tendencia a experimentar alucinaciones auditivas y visuales; y que
cuando su duración es prolongada, como sucede en algunas formas de
epilepsia, se designa como estado crepuscular, que va seguido de
amnesia; y el fenómeno conocido como torpor, o apariencia de
somnolencia, aletargamiento, facilidad para quedarse dormido si
desaparece la estimulación sensorial, aunque manteniendo un tipo de
pensamiento lento, estrechamiento de la percepción y lenguaje confuso.
El término sopor se utiliza también para describir un estado de
somnolencia en el que la persona solamente puede ser activada mediante
estímulos fuertes. La obnubilación es un estado de ligero deterioro en
el pensamiento, la atención, la percepción y la memoria, en donde existe
una escasa toma de conciencia respecto al ambiente. Este fenómeno puede
apreciarse en multitud de trastornos orgánicos agudos, como son la
intoxicación por alcohol o drogas, traumas craneales, meningitis, etc.
El estupor es una condición clínica en la que el paciente permanece en
un estado de inmovilidad, mutismo y falta de respuesta ante estímulos,
aunque con la apariencia de estar despierto al tener los ojos abiertos y
seguir objetos externos; si bien cuando la persona cierra los ojos, se
resiste a volver a abrirlos. Los reflejos, no obstante, se mantienen
normales.
El nivel más grave de alteración de la lucidez mental es el estado de
coma, en donde el paciente no da muestras de actividad mental o motora,
salvo la presencia de respiración, ni responde a estímulos fuertes. La
profundidad del estado de coma suele matizarse según sea el grado de
intensidad de los reflejos que se mantienen y por el tipo de actividad
observada en el EEG.
c) Autoconciencia: Capacidad introspectiva, que se puede manifestar
desde una adecuada metacognición o insight, hasta los estados y
comportamientos inconscientes. Algunas alteraciones psicopatológicas de
la autoconciencia han sido descritas como mecanismos de defensa
freudianos, que afectan al reconocimiento de la propia identidad o a la
memoria, y que incluyen los fenómenos de represión, negación,
desplazamiento, sublimación, racionalización, proyección, etc., en los
que estaría mermada la capacidad para reconocer y valorar adecuadamente
las propias motivaciones, intenciones y conductas. El propósito de los
mecanismos de defensa no es otro que reducir la ansiedad que generan
determinadas situaciones vitales desagradables, y mantener la
autoestima.
Algunos síntomas relacionados con los procesos perceptivos y con el
pensamiento podrían tener también su origen, como se ha señalado, en la
disminución de la autoconciencia o de la metacognición. Entre dichos
síntomas figuran los delirios, en donde la persona llega a distorsionar
la realidad por razones motivacionales, interpretándola en función de
determinadas necesidades. Los delirios, como atribuciones erróneas que
son, representan sesgos de utilidad personal (self-serving bias), son
formas de auto-protección, y suelen implicar una autoevaluación
(autoestima) negativa (Bentall, 2003).
El fenómeno clínico conocido como disociación también hace referencia a
la alteración de las funciones normalmente integradas en esta dimensión
de la auto-conciencia, la identidad, la memoria o la percepción del
ambiente. Este fenómeno, que puede ser repentino o gradual, transitorio
o crónico, está en la base de los llamados trastornos disociativos y en
muchos trastornos de estrés postraumático.
Ciertos fenómenos relacionados con la afectividad y que están presentes
en varias alteraciones psicopatológicas son los síntomas conocidos como
despersonalización y desrealización. El primero alude a cambios en la
autoconciencia y autopercepción, de modo que la persona tiene la
sensación de carecer de existencia real, con la sensación de estar fuera
del tiempo y del espacio, como flotando y sin cuerpo, o como si el
cuerpo se separase de la persona. La desrealización es un cambio similar
respecto al ambiente, que expresa con la sensación de que los objetos
son irreales, inanimados, como figuras en dos dimensiones.
El concepto de esquema corporal alude también a la autoconciencia o
representación subjetiva del cuerpo. Uno de los fenómenos clínicos más
convincentes de la existencia del esquema corporal es la experiencia del
miembro fantasma, que normalmente ocurre cuando una persona ha sufrido
la amputación brusca de una extremidad o cualquier otro órgano.
Las alteraciones en la percepción del propio cuerpo se presentan en
algunas psicosis bajo la forma de alucinaciones somáticas (táctiles y
cenestésicas). En la mayoría de las ocasiones, sin embargo, el fracaso
en la representación subjetiva del cuerpo suele estar determinado por
enfermedades neurológicas. Tal es el caso de los fenómenos de
negligencia o falta de conciencia unilateral, en donde el paciente
descuida la mitad de su cuerpo, p. ej., en actividades cotidianas como
vestirse, afeitarse o arreglarse. Este síntoma suele presentarse
normalmente en el lado izquierdo del cuerpo y suele ser provocado por
ictus vasculares que afectan a lóbulo parietal derecho. La hemi-somatognosia
es un fenómeno infrecuente, que se expresa por la sensación de que falta
uno de los miembros del cuerpo, generalmente también del lado izquierdo.
La anosognosia significa, en términos amplios, la negación de una
enfermedad y en este caso se aplica al no reconocimiento de una
alteración motora, como la parálisis de una parte del cuerpo.
El extremo más grave de alteración de la autoconciencia tiene lugar en
las psicosis, en las cuales la comprensión de la realidad personal y
ajena resulta gravemente dañada; por lo cual se produce una grave
afectación del sentido común. El paradigma de patología del sentido
común es la esquizofrenia, en donde la falta de sentido común es el
resultado de tres problemas interrelacionados: a) la incapacidad para
mantener el sistema constante de creencias sobre el mundo; b) la
incapacidad para entender cuáles son los sentimientos y pensamientos de
los demás sobre cualquier asunto; y c) el deterioro de la capacidad de
hacer juicios de probabilidad sobre lo que pueda ocurrir en el futuro (Cutting,
1990). Por ello, este trastorno afecta al uso pragmático de las cosas;
lo cual da lugar a la ausencia de habilidades básicas de comunicación,
como son la intuición social, el sentido del humor o el comportamiento
natural y automático en las interacciones sociales.
La esquizofrenia se presenta en forma de fragmentación de las
experiencias sensoriales; de desintegración en forma de falta de
perspectiva; de desconexión entre las percepciones externas y los
sentimientos internos correspondientes; de dificultad para integrar
detalles en un contexto; de desconexión entre los diferentes tipos de
inputs sensoriales. La experiencia del tiempo puede verse afectada
también por el déficit de la capacidad de integración. Los estímulos
acceden a la consciencia con independencia de su contexto espacial o
temporal. En consecuencia, el fracaso de la capacidad para utilizar las
regularidades espaciales y temporales en el input perceptivo da lugar a
la ruptura de la percepción gestáltica.
Bases neurobiológicas de la autoconciencia
Goldberg (2002), al igual que otros neuropsicólogos rusos (Luria, 1980)
atribuye a los lóbulos frontales la función de coordinación y control de
toda la actividad mental. En su opinión, los lóbulos frontales son "el
órgano de la civilización".
En particular, la corteza prefrontal desempeña el papel central en el
establecimiento de fines y objetivos, así como en la formulación de
planes de acción necesarios para alcanzar dichos fines; selecciona las
habilidades cognitivas necesarias para implementar los planes, coordina
dichas habilidades y las aplica en el orden correcto. Al mismo tiempo,
la corteza prefrontal se encarga de evaluar el éxito o el fracaso de
nuestras acciones, comparando el resultado con nuestras intenciones.
En la medida en que la formación de objetivos se basa en las necesidades
que la persona trata de satisfacer, la emergencia de la capacidad de
formular objetivos debe haber estado inexorablemente ligada a la
emergencia de la representación mental del "yo", y a la capacidad para
establecer la diferencia entre el yo y el no-yo. Por ello, Goldberg
considera que la emergencia de la autoconciencia pudo estar también
intrincadamente ligada a la evolución de los lóbulos frontales. Estas
funciones podrían considerarse metacognitivas antes que cognitivas,
puesto que no se refieren a ninguna habilidad mental concreta sino que
ofrecen una organización jerarquizada para todas ellas.
La corteza prefrontal es la única parte del cerebro, y por supuesto del
neocórtex, en donde la información sobre el medio interno del organismo
converge con la información sobre el mundo exterior. La corteza
prefrontal es la única parte del cerebro con la maquinaria neural capaz
de integrar las dos fuentes de datos. Supuestamente, la corteza
prefrontal parece contener el mapa de la corteza entera, la "percepción
interior", como prerrequisito crítico de la conciencia. Puede pensarse
que como cualquier aspecto de nuestro mundo mental puede ser, en
principio, el foco de nuestra conciencia, debe existir un área de
convergencia de todos los substratos neurales. De hecho, el concepto del
"yo", que se estima un atributo crítico de la mente consciente, aparece
sólo en los grandes simios; ya que sólo en ellos es donde la corteza
prefrontal asume un lugar principal en el cerebro.
Diversos autores han sugerido también que los patrones de impulsos
nerviosos de zonas del cerebro muy separadas se "sincronizan" cuando
prestamos atención a algo y nos hacemos conscientes de ello; siendo,
precisamente, la sincronización la que da lugar a la conciencia (Fuster,
2003); o que la autoconciencia es el resultado de las reaferencias
perceptivas, que permiten obtener copias de la actividad motora. El
input reaferente perceptivo y motor concurrente, es decir, la acción
conjunta de las reaferencias perceptivas y motoras, proporciona los
principios organizadores críticos que otorgan a la asamblea neural la
capacidad de control consciente (Vakalopoulos, 2005).
Así como los motores de búsqueda, en la computación digital, no
contienen el conocimiento exacto necesario para encontrar la solución a
una pregunta o para resolver un problema que se plantea, los lóbulos
frontales tienen una vista aérea del sistema que les permite encontrar
las localizaciones específicas dentro de la red donde se mantiene este
conocimiento. Los motores de búsqueda proporcionan la función ejecutiva
dentro de Internet, y podría decirse metafóricamente que son los lóbulos
frontales digitales; y, al igual que estos, aparecieron en una etapa
relativamente tardía en la transmisión del mundo digital desde un
"organismo" fundamentalmente modular a uno fundamentalmente distribuido.
Ningún sistema complejo puede tener éxito sin un mecanismo ejecutivo
efectivo, los "lóbulos frontales". Pero los lóbulos frontales operan
mejor como parte de una estructura interactiva y altamente distribuida
con mucha autonomía y muchos grados de libertad.
Refiere, igualmente Goldberg, que los lóbulos frontales son
especialmente frágiles y tienen un "umbral de colapso funcional"
excepcionalmente bajo. Esto sugiere al autor que la disfunción del
lóbulo frontal es a la enfermedad cerebral, lo que la fiebre es a la
enfermedad bacteriana. No en vano, las alteraciones de la dimensión de
la conciencia antes referida como “autoconciencia” propugnamos que está
en la base de toda la Psicopatología.
El punto de vista de Goldberg, sin embargo, no es totalmente compartido
por otros investigadores. Por ejemplo, Ramachandrán (1999) coincide en
parte en afirmar que la conciencia no surge en todo el cerebro, sino en
ciertos circuitos cerebrales especializados, que llevan a cabo un tipo
concreto de computación. Sin embargo, considera que los circuitos que
encarnan la cualidad viva y subjetiva de la conciencia están localizados
principalmente en ciertas zonas de los lóbulos temporales (como la
amígdala, el septum, el hipotálamo, la corteza insular y el giro
cingulado). En su opinión, la actividad de estas estructuras da lugar a
los llamados qualia o sensaciones subjetivas; si bien todavía no se
aclarado si existe un estilo concreto de procesamiento de la información
que produce los qualia, o si existen algunos tipos de neuronas asociados
exclusivamente a los qualia.
Lo que sí parece evidente es que la mera complejidad del procesamiento
de cerebral de la información no es garantía de que intervenga la
conciencia. En algunos animales es seguro que existe información muy
elaborada, irrevocable o que se impone por sí misma, involuntariamente,
y fijada en memoria a corto plazo (dos condiciones consideradas
esenciales para que tengan lugar los qualia); pero existe sólo una señal
de salida posible, faltando la posibilidad de elegir (como
característica imprescindible para la producción de los qualia, y sólo
presente en el ser humano).
Respecto a la producción de los llamados qualia, o sensaciones
subjetivas, en el cerebro, Ramachandran discrepa de quienes consideran
que la sede de la conciencia son los lóbulos frontales; ya que cuando
estos son lesionados no resulta gravemente afectada la conciencia,
aunque la personalidad del paciente puede quedar profundamente alterada
(y puede que tenga dificultades para dirigir la atención). En cambio,
considera que las lesiones y la hiperactividad en las estructuras
temporales suelen provocar notables trastornos de la conciencia (p.ej.,
para percibir la importancia de las cosas, que sin duda es una parte
fundamental de la experiencia consciente).
Aunque las sensaciones subjetivas y la conciencia no intervienen en las
primeras fases del procesamiento perceptivo (p.ej., a nivel de la
retina), ni tampoco participan en las etapas finales de la planificación
de actos motores, cuando se ejecuta la conducta, sí que intervienen en
las fases intermedias del procesamiento, la etapa en la que se crean
representaciones perceptivas estables (p. ej., amarillo, perro, mono)
que poseen significado (las infinitas implicaciones y posibilidades de
acción, entre las que hay que elegir la mejor); y esto ocurre
principalmente en el lóbulo temporal y en las estructuras límbicas
asociadas; siendo, en este sentido, los lóbulos temporales la conexión
entre la percepción y la acción.
Refiere el autor que la neurología ofrece pruebas de ello; ya que las
lesiones cerebrales que provocan los trastornos de la conciencia más
profundos son los que afectan a los lóbulos temporales. Cuando el
cirujano estimula eléctricamente los lóbulos temporales de pacientes
epilépticos, estos tienen experiencias conscientes muy vívidas, siendo
la estimulación de las amígdalas el método más seguro para "revivir" una
experiencia completa, que puede ser un recuerdo autobiográfico o una
alucinación muy real.
Además, con frecuencia, los ataques en los lóbulos temporales no sólo
están asociados con alteraciones de la conciencia en lo relativo a
identidad personal, la conducta y los rasgos de la personalidad, sino
también con sensaciones subjetivas muy vívidas, como son alucinaciones
de olores y sonidos, experiencias extracorporales y la sensación
absoluta de omnipotencia u omnisciencia. Los olores, dolores, gustos y
sensaciones emocionales (todos ellos generados en los lóbulos
temporales) parecen indicar que esta región del cerebro está íntimamente
relacionada con los qualia y la conciencia.
Obras citadas y
recomendadas
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