Hablar de psicología aristotélica es casi un contrasentido. Sin embargo, no
hay más remedio que hacerlo si queremos entender el alcance de las tesis aristotélicas
acerca de la psique. Sólo pensando con nuestros conceptos poscartesianos y
poskantianos, con nuestra gnoseología "copernicana" (en que el sujeto es el
dador de sentido último al objeto), podemos situar en su lugar propio la gnoseología
"ptolemaica" de Aristóteles.
1. Lugar de la psicología en la obra aristotélica
Si de alguna de las disciplinas establecidas por el Corpus Aristotelicum
se puede decir que ha modificado desde entonces su situación en el campo del
saber, esa es la llamada psicología. En efecto, el tratado aristotélico correspondiente
a esa disciplina, el célebre Perì
psychês (Acerca del Alma), se ocupa de cuestiones que, si bien engloban
a muchas de las que hoy día continuaríamos calificando de psicológicas, se
extienden también a otras de índole biológica y gnoseológica (de teoría del
conocimiento). Se puede decir que el tratado estudia en realidad todo lo relacionado
con el fenómeno de la vida en sus diversas manifestaciones, desde la simple
función tréptica, o de nutrición, hasta las funciones superiores propias del
intelecto.
Pero, en esencia, sus dos núcleos principales se encuentran en el tratado
Acerca
del Alma, por un lado, y en los diversos tratados de ética y en la
Retórica,
por otro. La razón última de esta partición del tema en diversos tratados
es, simplemente, que no consideraba ese campo de conocimiento como una unidad.
Una ciencia psicológica, en el sentido moderno de estudio de la psique, de
todos aquellos fenómenos de los que tenemos conocimiento exclusivamente por
introspección o por la interpretación en clave introspectiva de su proyección
en la conducta, sencillamente no existía para Aristóteles,
cuyo presupuesto epistemológico capital era el de objetividad. Para él (como,
por lo demás, para todos los filósofos hasta Descartes),
la psique es un elemento natural más, a saber, el constituyente formal de
la vida en toda su amplitud. No es, por supuesto, que Aristóteles no reconozca
fenómenos accesibles únicamente por introspección: ¿cómo, si no, hablaría
de una facultad como la imaginación, cuyo análisis constituye una de las páginas
más penetrantes del tratado ¿Acerca del Alma? Lo que ocurre es que
no atribuye a la introspección y a sus objetos un estatuto epistemológico
específico; no es consciente, en suma, de la peculiaridad ontológica de lo
subjetivo.
2. El alma como esencia material
Para el Estagirita, psyché no es sinónimo de zôion, ser vivo,
sino de zoé, vida. No es, por tanto, un género de seres susceptible
de estudio científico propiamente dicho. Pues, como señala en múltiples pasajes
de sus obras, sólo conocemos científicamente aquellas cosas en las que reconocemos
el género al que pertenecen (aquellas, en definitiva, que podemos clasificar
en un determinado "compartimento" de la realidad, taxonómicamente considerada).
Veremos que el alma es el cumplimiento del cuerpo como materia organizada
capaz de realizar una serie de actividades autónomas: nutrirse y desarrollarse
(con la contrapartida de envejecer), moverse, sentir, apetecer y entender.
Estas actividades corresponden a otros tantos elementos anímicos que se combinan
para dar lugar a una cierta unidad "compuesta". Composición, sin embargo,
que no deriva del alma como tal, sino que depende de la estructuración de
la materia corporal en diversos órganos, a cuya diversidad corresponde la
diversidad de funciones anímicas.
3. El alma contemplativa: sensación e intelección
El monismo ontológico (psicofísico) de la doctrina aristotélica sobre la relación
cuerpo-alma se corresponde naturalmente con el monismo epistemológico (racional-empírico)
de su doctrina sobre la relación entre sentidos e inteligencia.
En el capítulo
12 del libro II del tratado Acerca del Alma, tras la descripción
de los diferentes sentidos, se caracteriza la facultad sensorial en general:
"En relación con todos los sentidos en general ha de entenderse que sentido
es la facultad capaz de recibir las formas sensibles sin la materia al modo
en que la cera recibe la marca del anillo sin el hierro ni el oro: y es que
recibe la marca de oro o de bronce pero no en tanto que es de oro o de bronce.
A su vez y de manera similar, el sentido sufre también el influjo de cualquier
realidad individual que tenga color, sabor o sonido, pero no en tanto que
se trata de una realidad individual, sino en tanto que es de tal cualidad
y en cuanto a su forma. (...) A partir de estas explicaciones queda claro
además (...) por qué las plantas no están dotadas de sensibilidad a pesar
de que poseen una parte del alma y a pesar de que padecen bajo el influjo
de las cualidades sensibles, puesto que se enfrían y calientan: la razón está
en que no poseen el término medio adecuado ni el principio capaz de recibir
las formas de los objetos sensibles (sin la materia), sino que reciben el
influjo de éstas unido a la materia."
Vemos, pues, que, contrariamente a la tradicional versión dada por comentaristas
poco cuidadosos, el conocimiento sensorial, según el autor, no se distingue
del llamado intelectual:
a) Ni por ser un conocimiento directo de la materia en contraposición al conocimiento
de la forma.
b) Ni por ser un conocimiento de lo singular en cuanto tal en contraposición
al conocimiento de lo universal, supuestamente exclusivo del intelecto.
Ello es perfectamente coherente con la epistemología aristotélica, tal como
aparece expuesta en múltiples pasajes a lo largo de toda su obra. Esos pasajes
contienen, bien es cierto, afirmaciones aparentemente contradictorias, a cuya
literalidad paradójica subyace, sin embargo, una coherencia que trataremos
de desvelar.
4. El alma activa: apetencia y decisión
La distinción entre teoría y práctica, tan querida a la filosofía moderna
desde Kant,
y especialmente desarrollada por el marxismo, se complica en el Estagirita,
como es sabido, merced a que este divide el campo que hoy nosotros cubrimos
con un único concepto de práctica.
En efecto, en el libro VI de la Ética nicomáquea hace una primera distinción
por la que deja fuera de la ética la facultad contemplativa o teorética del
alma, cuya realización es la ciencia, caracterizada así:
"Todos pensamos que aquello de que tenemos ciencia no puede ser de otra manera;
de lo que puede ser de otra manera, cuando tiene lugar fuera del alcance de
nuestra observación, no sabemos si es o no. Por consiguiente, lo que es objeto
de ciencia es necesario. Luego es eterno, ya que todo lo que es absolutamente
necesario es eterno, y lo eterno, ingénito e imperecedero. Además, toda ciencia parece ser
susceptible de ser enseñada, y todo lo que es objeto de ella, de ser aprendido."
Conclusión
Guardando las debidas proporciones, diremos que entre la teoría y la praxis
aristotélicas existen las mismas relaciones que entre la razón pura y la razón
práctica kantianas: allá donde el intelecto debe contentarse con asimilar
desnudas formas, la acción llega a conformar el propio ser concreto del agente
permitiéndole alcanzar el bien y la excelencia a que aspira.










Índice de contenidos










