Cicerón
F. J. Fortuny, Universitat de Barcelona
Hoy nos resulta difícil imaginar qué podía ser para un romano la "vida política". Nuestro mundo, desmesuradamente complejo, nos aísla en una buena cantidad de profesiones diferentes que incluso comportan maneras de vivir y de ver el mundo irreconciliables entre sí. Pese a que toda esta dispersión de trabajos, tendencias y maneras de vivir de hecho se unifican y armonizan, lo hacen de una manera tan poco clara que para casi todos es desconocida, aunque está ante nuestros ojos y en ella vivimos, nos movemos y somos. Y cada cual desempeña aquel papel que le ha caído en suerte o al que fuertemente se siente llamado y se desinteresa de todo lo demás sin mayor preocupación. A una escala milimétrica -pero ya vivísimamente sentida por los más atentos y sagaces- en Roma empezaba a darse este fenómeno de la buena marcha del todo con una palpable incoherencia y desorden de las partes. Roma está en constante guerra civil desde el 133 a.C., ... y todo sigue igual e incluso continua la expansión territorial.
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Pero el hombre de la República Romana aún vivía en y de la política, de la vida de la ciudad, polis. Nadie tiene propiamente una vida privada. Para un personaje destacado de Roma intervenir en la política era simplemente "vivir". Vivir ciertamente porque era un otium cum dignitate, un "digno ocio" puesto que invertía en el bien común el tiempo y las capacidades que le eran innecesarios para sobrevivir materialmente, ejerciendo oficios serviles. Pero, además, el ciudadano preeminente vivía de la política: constantemente invertía caudales "suyos" y cualidades personales en lo que hoy, distanciadamente, llamaríamos "la vida política"; y esperaba recibir la justa compensación. En nuestra óptica se debería decir que constantemente invertía y recibía la congrua, y a veces pingüe, ganancia. Todo ciudadano era propiamente un accionista de la sociedad en comandita en la que nació.
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Sólo con este telón de fondo se comprende la actividad oratoria y la vida toda de Cicerón. Titus Pomponius Atticus invierte -y sagazmente, porque por igual ayuda a los enemigos de su amigo- cuando constantemente es el paño de lágrimas de los equilibrios económicos del orador. Cicerón invierte cuando, con importante quebranto, presta una gran cantidad a Pompeyo en el enfrentamiento militar último con César, y se arruina.
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El año 80 a.C. Cicerón actúa en el foro como abogado de Sexto Rocio Amerino. La causa es justa, pero la acción es una heroicidad por cuanto el acusador es un favorito del dictator aristocrático Sulla -optimate recto, pero cruel- a cuya sombra los tiempos son de puro bandolerismo. Pero Cicerón tiene veinticuatro años y necesita desesperadamente hacerse perceptible a la "toda Roma" si quiere abrirse paso en la política. Consigue su objetivo.
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El primer discurso claramente político de Cicerón es turbio. Cicerón se agencia con él la que ya será constante adhesión y ayuda de la riquísima segunda clase social romana a la que pertenecía él mismo: la de los equites. De resultas de la intervención ciceroniana (66 a.C.) el riquísimo y poderoso, honrado y experimentado patricio Lúculus pierde definitivamente el gobierno de la provincia de Asia, en vigilias de ganar los honores del triunfo con la derrota definitiva del ya quebrado Mitrídates del Ponto, pesadilla de Roma durante décadas. Su pecado real había sido frenar la rapacidad de los agentes recaudadores (publicani) de los equites. Lo substituyó el joven general Pompeyo, espadón de los caballeros. Las carreras de Cicerón y Pompeyo se fundieron hasta la muerte de este frente a César, aunadas por la fidelidad hacia los equites pese al creciente desprecio que siente el orador.
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Con la bien ganada fama que le proporcionaron las Verrinas (71 a 69 a.C.: causa ganada en plena campaña por el edilato, con el optimate Hortensio como antagonista), y al triunfo que el edilato representó gracias a la generosidad siciliana hacia su defensor contra Verres, la acción en favor de Pompeyo y un momento de sintonía de intereses entre equites y patricios, Cicerón es elegido cónsul de Roma para el año 64 a.C. por el partido optimate.
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Las Catilinarias (contra el patricio popularis Lucio Sergio Catilina) son las piezas oratorias que más fama dieron a Cicerón, ya cónsul de Roma en ejercicio, en el pináculo oficial de su cursus honorum. Los historiadores distan de la unanimidad al enjuiciar el caso. Catilina ciertamente no es un crápula, un ambicioso enloquecido, ni un conspirador crónico, como parece sugerir Cicerón; fue digno competidor de Cicerón en la campaña electoral para el consulado. Es posible que él y Cicerón fueran igualmente los burlados y las víctimas de César, en una operación rocambolesca gracias a la que éste se libró del ala más demagógica de su propio partido. Pura y simplemente César denunció a Catilina como conspirador y proporcionó al cónsul Cicerón las "pruebas" necesarias: Catilina hubo de huir junto a sus partidarios en armas (también los tenía Cicerón y otro cualquier gran señor) y Cicerón fue el instrumento ciego del sagaz jefe del partido contrario en las agitadas aguas de aquel año 64 a.C. No hay dudas sobre la buena fe de Cicerón, aunque exagerara un tanto la tragedia y su propio mérito en el oscuro episodio.
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Otro gran bloque de los discursos políticos de Cicerón es el que él mismo denominó Filípicas, en recuerdo de Demóstenes. Esta vez el orador está en el punto más alto de su autoridad moral. Actúa durante aquellos días como verdadero señor absoluto de Roma, sin otro cargo oficial que el de Princeps del Senado. El autor de las Filípicas obtuvo los inesperados resultados definitivos de entregar Roma al imperio de Octavio Augusto y, en el intermedio, la propia cabeza al verdugo enviado por Marco Antonio, nieto del Marco Antonio que le enseñara retórica en los años mozos y sobrino de su colega en el consulado, Gayo Antonio.
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Si, de acuerdo con la definición clásica, retórica es el arte de aplicar con justeza los altos principios a las circunstancias concretas, ciertamente el gran orador Cicerón fue mejor filósofo que retórico. Su diagnóstico sobre los dos soles vistos en Roma y sobre el papel de la filosofía en la vida política (De Re Publica y Academica) resultan mucho más agudos que sus discursos políticos. Con todo, es inamovible el interés de los discursos de Cicerón -junto con sus cartas- como modelo de oratoria y como fuente de información sobre los usos, funciones y personajes en los postreros años de la República.

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