Plutarco
F. J. Fortuny, Universitat de Barcelona
Plutarco de Queronea (h. 45 ? h. 120) es el educador del s. II, el gran filósofo del Imperio Romano Ilustrado y un autor cuya importancia en la configuración del pensamiento europeo es difícil sobrevalorar. Su obra nunca dejó de ser leída; en el mismísimo s. XIII cristaliza la edición de las "obras completas" gracias a Máximo Planudes, y desde entonces hasta hoy son ámpliamente conocidas y fuente inspiradora en Occidente.
.
La entrañable figura de Plutarco se yergue por encima de los maestros de la segunda sofística y los rhetores al uso del s. II, marcada por su devoción por la amistad, su responsable y generoso carácter aristocrático, su pagana espiritualidad mística y su inalterable y armónica fidelidad a Platón y Aristóteles simultáneamente.
.
Como Séneca, Plutarco no conoció el cristianismo; pero, como las del moderado estoico cordobés, sus preocupaciones y sus teorías se asemejan suficiente a las de la nueva fe para que muy pronto sea estimado un cripto cristiano. En realidad el espíritu cultivadísimo, racional, elitista y fino del fundador de la Escuela de Queronea, es lo más opuesto a la nueva religión que empieza a impregnar a las masas de la parte oriental del Imperio.
.
Que los primeros líderes intelectuales cristianos desde el s.II bebieran ávidamente en las obras del sacerdote délfico de Apolo sólo indica que la recién popularizada religión responde al mismo ambiente y ha de asumir puntualmente muchas de las fórmulas de intelectuales como Séneca y Plutarco, con olvido de la radical divergencia del núcleo y del conjunto de su pensamiento. A la larga los Evangelios, respaldados por una institución, se sobrepondrán como un filtro a las Vidas y a las Moralia de Plutarco.
.
En el siglo II la máquina administrativa imperial, por una parte, ha dejado reducida la antigua acción política, esencial y constitutiva, de las élites al ámbito de la ciudad, ahora sentido como meramente local. Por otra parte, ha despertado en todos los habitantes del Imperio una consciencia de individualidad y de realización espiritual que ya no se identifica con el servicio al bien común material de la comunidad política próxima, asegurada por el Emperador y sus funcionarios con mayor potencia y equidad más general.
.
Pero las estructuras arcaicas y los viejos hábitos mentales no desaparecen de súbito, sino que transforman su función. Y las élites locales, que estuvieron relacionadas entre sí por múltiples lazos "políticos", siguen estandolo por amistad y usandola en bien de un pueblo que acepta su mediación como normal, y al que los mejores, además, aspiran a guiar espiritualmente desde su superior cultura.
.
Y a este ideal político de nuevo cuño, una política benevolente, humanista, educadora y universal sin polis ni administración, dedica toda su vida nuestro autor. La physis que le preocupa es la del hombre individual en su comunidad humana y ante Dios. El individuo alcanza la perfección, la felicidad y la serenidad del sabio conduciendo la fuerza motora de las pasiones y emociones hacia la virtud: una vida plena siempre regida por la razón. Y el hombre sabio destinará su energía a guiar y educar a sus conciudadanos.
.
Por esto, Plutarco instaura su Escuela, todavía exitoso duplicado de la Academia de Atenas un siglo después de la muerte del fundador; es el diplomático de las ciudades griegas, en un constante viaje; escribe incansablemente para los griegos y para sus amigos romanos, sacando provecho para todos del filohelenismo ambiental del Occidente latino del s.II; es sacerdote délfico; por nacimiento es ciudadano de Queronea, pero a la vez ciudadano por méritos propios de Atenas, la ciudad sabia, y de Roma, la civitas imperiosa. En su vida familiar -un área cuya importancia crece como "vida privada" en proporción directa con la desmesura del Imperio- ya no es un Pater familiae clásico, sino que, modesto, sensible y sincero, es buen esposo de la serena y prudente Timóxena, a la que consuela de la muerte de su única hija y más tarde de su primogénito y de un tercer hijo; él educa "en casa", con Timóxena, a sus hijos y convierte en protagonistas de algunos de sus diálogos a los dos que alcanzan la mayoría de edad.
.
Y Plutarco es, sobre todo, filósofo educador. Piensa, con Sócrates y los epicúreos, que la ignorancia es la raíz de la falta de virtud y de la infelicidad.
.
Sus tratados y conferencias filosóficos afrontan los temas del momento: la libertad del hombre frente al destino; la presencia del mal pese a la existencia de un Dios bueno, omnipotente y sabio que rige el mundo providentemente; los estragos de la superstición.
.
Pero el filósofo educador acepta de Aristóteles el concepto de poesía como creación de belleza que conmueve, independiente de su contenido, cuando en Platón contenido y forma quedaban demasiado circunscritos a ser expresión de las Ideas. Y, como buen platónico, cree que la belleza arrastra inmediatamente hacia el bien y la virtud. Al calor de estos matices, toda la sensibilidad poética de Plutarco, su sentido dramático y su percepción detallista y plástica, no se vierte propiamente en poesía, sino en la creación de la serie de bellas biografías como vehículo de su paidéia, y el mejor lenguaje educacional.
.
Así, las Vidas Paralelas son la obra cumbre, síntesis literaria y especulativa del universal filósofo educador de Queronea. Con la maestría y probidad científica de los rhetores aristotélicos de Alejandría, analiza la naturaleza, educación, carácter, acción política y la misma muerte de grandes personalidades romanas y griegas, y compara y juzga sus méritos, vicios y virtudes. Plutarco piensa que la vida de los grandes hombres, convertida en belleza literaria por el biógrafo, se traducirá inmediatamente en acción virtuosa del lector, con mucha mayor eficacia que el simple tratado teórico que respalda sus juicios éticos.
.
En la creación biográfica no le arredra que los cuatro personajes reunidos en este volumen, sean más próximos a la leyenda épica fundacional que a la historia, y verdaderos dioses primitivos en otras mitologías cercanas a las de Grecia y Roma. El, que recomienda el lenguaje mítico para hablar de Dios, no duda en desmitologizar racionalmente a los fundadores de ciudades para mover a sus descendientes y a todos los hombres a la virtud más fundamental. A fin de cuentas los héroes fundadores son los grandes "santos" paganos que encarnan el espíritu "político", el ideal de toda una etapa histórica.
.
.
Obras morales, 65

Las presentaciones escolares de la filosofía del Imperio Romano ilustrado -el de los emperadores Antoninos y Severos, 96 a 235 d.C.- la caracterizan como producto de una época de bajo vigor creativo, moralizante, sincretista, barrocamente retórica en el estilo y religiosa en el fondo.
.
El Imperio ha alcanzado por estos años su máxima extensión, los Antoninos son inmejorables administradores y los pueblos se han reconciliado con sus invasores de antaño y están ahora orgullosos de pertenecer al mundo romano. Bien es verdad que las fronteras sufren una enorme presión militar a causa de inquietantes movimientos masivos de pueblos nómadas. Pero el estado romano también ha dado con una fórmula eficaz de contención y filtraje: se abre las puertas a los viejos enemigos a cambio de servicios: la defensa de la paz interior y la guarnición en los limes contra las nuevas hordas. La administración se militariza más aún, si cabe. Y esta peculiaridad radica ahora en que ya no son los hombres de origen itálico quienes están en sobre las armas, sino pueblos foráneos, que conservan su organización interna y detentan una específica función bélica de la que se desentiende la masa estable de los habitantes.
.
El peso de los pueblos asimilados se impone en el conjunto y hace sentir como algo ajeno sus servicios. Detentándolas ellos, aparecen en toda su peculiaridad unas especialidades de cariz activo y autoritario, que van absorbiendo aspectos generales de la administración imperial. Pese a la total autarquía de las grandes ciudades, el imprescindible marco imperial reduce la vida "política" a mera administración local e, inevitablemente, de tono menor en el conjunto del gobierno. La ciudadanía romana queda separada de la vida común global y propende al apoliticismo. Y los oficiales bárbaros dotados de talento ocupan las más altas magistraturas efectivas con nuevos nombres, mientras las clásicas se tornan meramente honoríficas. Así Plutarco llega a ser cónsul de Roma, evidentemente sin función real alguna. La actuación política real de Plutarco nunca superó las altas magistraturas ciudadanas - en Queronea y Atenas - y las delicadas misiones "diplomáticas" provinciales ante los emperadores, con frecuentes y largas estancias en Roma.
.
Desde el siglo II la onomástica personal se germaniza patentemente en todo el ager romanus. Con la onomástica, son las costumbres lo que se barbariza. La cultura tradicional griega - literatura, pensamiento, tradición, cultos - devienen patrimonio y sello de ciudadanía antigua, ociosa y distinguida. Su cultivo refinado es una especialidad aislada del quehacer cotidiano de la vida común real. Reflexiona paro no hace, de aquí su tono didáctico y moralizante; la privaticidad le confiere aires personales en la temática antropológica individual y la religiosa; y la exquisitez sin real contrastación práctica le lleva a olvidar la radical pragmaticidad de la vieja retórica para caer en la mera brillantez formal de la oratoria de aparato.
.
En este marco de referencias, novedosas y muy dispares, todas las viejas fórmulas especulativas de los grandes talentos de las polis pierden vida y utilidad, son inadecuadas a las nuevas circunstancias reales. Las más prestigiosas filosofías no responden ni a necesidades teóricas de la vida colectiva, ni a necesidades cosmovisionales y axiológicas personales. No pierden vigor intelectual las personas de talento, ni creatividad la comunidad; simplemente en la vida de cada día aún se está gestando y viendo lentamente la luz una realidad nueva y original. Y mientras dura la gestación de realidades no puede brillar la coherencia y sistematicidad de los pensamientos; los hombres de los momentos de profundo cambio se buscan a sí mismos y a su mudo, pero evidentemente no hallan lo que no existe más que en tenues nudos dentro del deshilachado tejido anterior.
.
Como filósofo, Plutarco es uno de estos pensadores que trabajosamente va atando cabos nuevos a partir de viejos hilos mientras repite, esclerotizado por dudoso, los antiguos frutos que no sabe cambiar todavía como una cuna que arropa y protege lo que ya ha nacido, pero ha de adquirir comunicabilidad, claridad y vigor.
.
Plutarco (h. 45 - 120 d.C.) es demasiado distinguido y tiene suficiente talento para no caer en la vacuidad y evitar los populismos y, más aún, los populachismos. Pese al éxito y al prestigio con que saldó sus magistraturas, los siglos posteriores han valorado más la noble sobriedad de su vida doméstica y la labor educadora de su escuela, más filosófica que retórica sin que se le atribuyera la alta especialidad sofística de los rhetores. Pese a ocuparse como ellos de los últimos niveles de la paideia como los "sofistas", los más eximios entre los rhetores, Plutarco es otra cosa; es un auténtico filósofo, incluso a los ojos de Filóstrato, que no le incluyó en su Vida de los Sofistas, acabada hacia el año 230.
.
En la relativa paz y prosperidad de la provincia griega, y en el ambiente filhelénico de los Antoninos, Plutarco formuló con sensibilidad y precisión los problemas de su momento a la luz de la tradición filosófica. No sin vigor y nitidez recoge los membra disyecta de las grandes escuelas anteriores en una unidad de tono platónico. Pero sus grandes temas son la amistad, la educación, los dioses y aquella tradición que pudo generar algo como el helenismo, cima de la humanidad a su entender.
.
Lejos de las abstracciones que permiten los grandes sistemas o la ciencia concreta, Plutarco ama la concreción de la historia (Vidas Paralelas) y la reflexión sobre la vida de cada día o el detalle de los valores de la cultura heredada. Y trata sus grandes valores, el individuo y su anhelo religioso, a la luz de unos fuertes principios metafísicos, que él estima clásicos sin advertir cuán novedosos son en su uso. La poderosa novedad naciente aún no ha alcanzado aquel grosor que le permitirá hacerse consciente en un teologismo cristiano dualista, último fruto del helenismo cosmovisional. Plutarco, como el Séneca del siglo anterior, pasará por cripto-cristiano sin ni tan sólo conocer que existían los cristianos. Y, como el cordobés, será leído y más asimilado vital y cosmovisionalmente que los Evangelios, durante el Imperio Cristiano (306-430), toda la Edad Media, el Renacimiento y la Modernidad.

< < Vuelve al inicio de la página
Para poder obtener una copia facsímil de este documento necesitarás Acrobat Reader 4.0
Artículo completo
Texto más grande Texto más pequeño Una sola columna Tres columnas