Patrik Vuilleumier en el Cosmocaixa.
Vuilleumier pronunció la conferencia inagural del Congreso SEPNECA 2012.
Habló sobre el control emocional de la percepción y la atención.
30/07/2012
Patrik Vuilleumier, nacido en Suiza en 1965, se formó en las universidades de Ginebra y de Lausana y realizó su investigación postdoctoral en la Universidad de California - Davis y en la University College de Londres. Actualmente, es profesor de los departamentos de Neurociencia y de Neurología Clínica del Centro Médico de la Universidad de Ginebra y director del Centro de Neurociencia de la misma Universidad.
Su investigación se centra en entender las bases cerebrales de la cognición, la percepción, la emoción y la conciencia. Sus proyectos combinan estudios de comportamiento en pacientes neurológicos y sanos, con mediciones neurofisiológicas realizadas, por ejemplo, con resonancia magnética funcional (RMf).
En el mes de julio, el profesor Vuilleumier visitó Barcelona para participar en el VIII Congreso de la Sociedad Española de Psicofisiología y Neurociencia Cognitiva y Afectiva (SEPNECA 2012), en el cual pronunció la conferencia inaugural. El congreso fue organizado por el Grupo de Investigación de Neurociencia Cognitiva y el Instituto de Investigación en Cerebro, Cognición y Conducta (IR3C), ambos del Departamento de Psiquiatría y Psicobiología Clínica de la UB.
Su conferencia trató sobre el control emocional de la percepción y de la atención. ¿Las emociones pueden alterar la percepción del mundo que nos rodea?
Sí. Vivimos rodeados de estímulos, en nuestro entorno existe una gran cantidad de cosas que suceden al mismo tiempo, pero sólo percibimos una pequeña parte de ellas. Esto es debido a que nuestro cerebro es muy eficiente filtrando la información. Por ejemplo, cuando andamos por la ciudad no somos conscientes de todas las personas con las que nos cruzamos, del color de los coches que pasan o de qué tipos de árboles hay en las calles. En nuestro laboratorio estudiamos de qué manera los estímulos con contenido emocional nos ayudan a dirigir la atención hacia aquellas cosas que son importantes para nosotros. Un estímulo puede generar emociones, como el miedo, si se trata, por ejemplo, de un objeto grande, ruidoso o que se mueve muy rápidamente. Si vemos un autobús que se dirige rápidamente hacia nosotros, nuestro cerebro sabrá que debemos dirigir la atención hacia este estímulo, puesto que es potencialmente peligroso.
Los estudios que llevamos a cabo demuestran que los mecanismos cerebrales que utilizamos para dirigir la atención cuando hay emociones involucradas son un poco distintos a los mecanismos que se usan para dirigir la atención conscientemente, como cuando realizamos una tarea orientados por un objetivo concreto de manera voluntaria (por ejemplo, cuando miramos el tráfico de la calle para ver si ya se acerca nuestro autobús).
¿Y cómo lo hace el cerebro?
Las emociones modulan la atención a través de una estructura del cerebro denominada amígdala. Ya se conocía que la amígdala está involucrada en la respuesta a información afectiva, pero ahora estamos descubriendo que, además, envía señales a otras áreas cerebrales para modular la atención y la percepción. Es como si fuera capaz de cambiar el contraste de los objetos que nos rodean: la amígdala iría registrando la información del entorno de manera inconsciente para nosotros, y en un momento dado, incrementaría el contraste de lo que es potencialmente importante para hacérnoslo percibir conscientemente.
Los pacientes que tienen la amígdala lesionada (por una encefalitis, por una cirugía para tratar la epilepsia, etc.) tienen menos tendencia a dirigir la atención hacia las cosas que son emocionalmente importantes, es decir, tienen problemas para evaluar el componente emocional de los estímulos. En el otro extremo están las personas que presentan fobias, que tienen una amígdala muy activa, por lo que perciben muy rápidamente el objeto por el cual sienten fobia. Una persona con aracnofobia, pues, percibirá mucho más rápidamente una araña en su entorno.
¿Qué método utilizan para estudiar la actividad del cerebro y la percepción?
Trabajamos con voluntarios sanos y con gente que sufre algún trastorno. Medimos la actividad en diferentes áreas cerebrales, mediante imágenes de resonancia magnética funcional (RMf), mientras las personas desarrollan una tarea. La RMf detecta cambios locales en la concentración de oxígeno en el cerebro, lo cual indica en qué zonas se están activando las neuronas en cada momento.
¿Y qué tipo de tareas realizan los voluntarios mientras se someten a la RMf?
En uno de los experimentos, se pedía a los voluntarios que fijaran su atención en dos imágenes que aparecían en una posición concreta de una pantalla. La pantalla, en realidad, mostraba cuatro imágenes, pero dado que se veían durante un tiempo muy corto, la persona sólo podía fijarse en las dos imágenes localizadas en la zona de la pantalla donde se le había pedido que fijara su atención. Con este experimento comprobamos que si las imágenes a las que el paciente no presta atención son fotografías de rostros con expresión temerosa, la amígdala responde de manera mucho más activa que si se trata de rostros neutros o de cualquier otra imagen neutra. El voluntario no es consciente de haber visto la imagen de los rostros asustados, pero su cerebro lo ha registrado, como nos muestra la RMf. Así, comprobamos que la amígdala percibe un estímulo inconsciente para nosotros (las otras dos imágenes), lo juzga (distingue entre caras neutras o de expresión temerosa), y después puede pasar esta información a las áreas visuales del cerebro para hacerla consciente.
¿Esta investigación podría acabar teniendo aplicaciones clínicas?
¡Sí, desde luego! En realidad, ya hemos hecho estudios con pacientes que presentan síndrome de negligencia unilateral. Se trata de pacientes que, a causa normalmente de un infarto cerebral, tienen dañado el lóbulo parietal derecho, que es el área del cerebro que nos permite dirigir la atención de manera voluntaria. Esta lesión se manifiesta en la dificultad de detectar estímulos visuales en la parte izquierda del cuerpo, de manera que. Esto hace que, en una sala llena de gente, los pacientes no sean conscientes de las personas que tienen a su izquierda, o que coman sólo la mitad derecha de su plato. Sin embargo, se ha demostrado que si se da un estímulo con componente emocional en la parte izquierda del cuerpo, es mucho más probable que lo detecten que si el estímulo fuera neutro. Esto se debe a que la amígdala no está dañada, y por lo tanto, todavía puede responder al estímulo emocional y realizar esa función de aumento del contraste, consiguiendo que el estímulo sea consciente para el paciente. Queremos explotar este fenómeno para ayudar a la rehabilitación de los pacientes con esta patología, entrenarlos para que asocien algún significado emocional con los objetos que hay en la parte izquierda de su cuerpo para que puedan dirigir la atención hacia lo que tienen a su izquierda.
Así pues, nuestra investigación tiene implicaciones para entender las bases neuronales de la ansiedad o el sesgo negativo que podemos tener en la percepción o en la memoria, pero también es posible utilizar la existencia de estos sistemas en nuestro cerebro para crear terapias para patologías en las que existe un déficit de atención.
Su investigación también ha demostrado que experimentar una emoción de manera transitoria tiene un impacto en el cerebro que perdura en el tiempo. ¿Nos lo puede explicar?
La mayor parte de la investigación que se lleva a cabo en el campo de las emociones estudia cómo los individuos reaccionan ante un estímulo. Experimentalmente expones la persona a un estímulo, mides cómo reacciona, cambias el estímulo y compruebas de nuevo la reacción. Sin embargo, en la vida, las emociones reales tienen un componente temporal diferente. Cuando experimentamos una emoción negativa, no volvemos enseguida a un estado totalmente neutro. Así pues, nos interesamos por estudiar no sólo cómo reacciona el cerebro ante un estímulo emocional, sino también qué pasa después.
Sabemos que la depresión es una mala adaptación al estrés. Incluso en animales se puede predecir si el sujeto se deprimirá dependiendo de cómo se recupera de un estímulo estresante. Lo que hicimos en mi laboratorio fue inducir emociones en personas mostrándoles pequeños fragmentos de películas de miedo, alegres o neutras. Posteriormente, les pedíamos que se relajaran sin hacer nada durante noventa segundos, tiempo durante el cual medíamos su actividad cerebral. Observamos que, en este periodo posterior al estímulo, el estado cerebral de los voluntarios era diferente según el tipo de película que habían visto. Es decir, si hemos visto un film que estimula las emociones, nuestro cerebro tarda un tiempo en volver a un estado neutro.