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Xavier Franquesa: «El mundo no es como es, ni siquiera como lo pensamos, sino como lo decimos antes de pensarlo»

Xavier Franquesa es catedrático de Dibujo de la UB y un reconocido artista plástico. Foto: Ediciones del Subsuelo

Xavier Franquesa es catedrático de Dibujo de la UB y un reconocido artista plástico. Foto: Ediciones del Subsuelo

Portada del libro <i>Gafas de ciego</i>, su carta de presentación en el mundo de la narrativa.

Portada del libro Gafas de ciego, su carta de presentación en el mundo de la narrativa.

09/09/2013

Entrevistes

 
Xavier Franquesa (Barcelona, 1947) es catedrático de Dibujo de la Facultad de Bellas Artes de la UB. Artista plástico de dilatada trayectoria, ha realizado exposiciones en Barcelona y en Madrid, y tiene obras en prestigiosos museos, como la Fundación La Caixa, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y el Museo de Bellas Artes de Álava.
 
Ha colaborado como crítico en La Vanguardia y ha escrito varios artículos para Las lecciones del dibujo de la editorial Cátedra. Su pasión por la escritura, que ha cultivado durante años, culmina con la publicación de Gafas de ciego (Ediciones del Subsuelo, 2013), su carta de presentación en el mundo de la narrativa, donde reflexiona sobre el arte y las relaciones humanas.
 
Usted tiene una amplia trayectoria en el mundo del arte como docente y artista. Ahora se sumerge en la literatura y publica la obra narrativa Gafas de ciego. ¿Por qué se ha decidido por este género?
 
A diferencia de la novela, la narrativa deja al autor mayor libertad para incluir en el relato lucubraciones propias, distanciándolas a un tiempo de los sucesos que se cuentan; en otras palabras: la narración ofrece otra posibilidad de saber, y el argumento puede acercarse al ensayo sin el rigor y la exigencia que presupone este género. Yo al menos así lo entiendo, lo he defendido siempre como estrategia de escritura; de modo que en Gafas de ciego, bajo un argumento que podría considerarse trivial —en realidad, a los protagonistas del relato no les pasa nada de particular—, lo que se esconde es un fondo estético: una reflexión sobre el comportamiento a menudo inadecuado del material narrativo, del comportamiento humano, y un saber estar del autor ante la impostura que supone esta eventualidad.
 
El libro gira en torno a un triángulo amoroso a partir del cual reflexiona sobre las relaciones humanas. ¿Qué quiere transmitir en esta obra?
 
En efecto, la temática de la obra es evidente: las relaciones humanas; o más en particular, ¿qué son el hombre y sus afectos para un individuo que escribe? Son su material, en primera instancia; y ya que el escritor pretende que los personajes se comporten como él quiere, en el curso de la narración parecería sensato reflejar el disgusto de que no sea así: de ahí la ironía. También sería procedente que el autor hiciera aflorar la incomodidad que supone intuir que alguien no es como él cuenta, o que la verdad está en otra parte: en el síntoma del texto. Volvemos así a las posibilidades que ofrece la narrativa.
 
El arte, y la literatura en especial —parece una evidencia—, tienen que ver con el amor; sobre este aspecto no hace falta retroceder hasta los trovadores para darse cuenta de que no hay alternativa. Todo triángulo amoroso es metáfora de un plus inaccesible, de un momento, de un exceso de idealismo según el cual la sublimación quisiera ser más sustancial de lo permitido, o más sustanciosa de lo posible. En fin, quizá sea un lugar común; pero la economía libidinal —o la experiencia sin más— debería hacernos reflexionar para llegar quizá a la conclusión de que no hay saber sin reconocimiento del objeto verdadero: aquel que se oculta tras el deseo de saber. Esta, entiendo yo, es la tesis del libro.
 
A lo largo del relato los diferentes personajes juegan a ponerse las Gafas de ciego a las cuales hace referencia el título del libro. ¿Qué significado tienen?
 
Todo el mundo tiene derecho a ocultar los ojos cuando no le sirven, o cuando se equivocan y se extravían en las evidencias. Para el hombre, nada es evidente a causa del lenguaje, de modo que solo vemos lo que somos capaces de nombrar, aquello para lo que hay palabras reclamando que se pose allí la mirada. Si miramos un cuadro, por ejemplo —salen algunos en el libro—, vemos lo que pone allí, lo que está puesto y figura como imagen. Pero su escritura, la cual también contiene el cuadro, es otra cosa y hay que descifrarla, leerla atentamente, con las gafas puestas si es conveniente.
 
Lo que quiero decir es que, en cierto modo, esta ceguera, o la opacidad de la palabra que designa, es inevitable; o que no hay identidad entre palabra y cosa, como tampoco hay adecuación —y ahí está la causa de ese desajuste en el lenguaje— entre seres que se aman o dicen amarse. La ironía vuelve. ¿Cómo evitarlo? Y puesto que leer el deseo no está al alcance de cualquiera, dado que el deseo ajeno es solo una imagen para nosotros, lo mejor, lo más práctico es ponerse gafas de ciego.
 
Para acabar, ¿qué paralelismo encuentra entre la práctica artística y la literaria?
 
Hace más de treinta años que me dedico a enseñar a dibujar, una práctica sin la que se hace imposible aproximarse con solvencia a las artes plásticas. Durante ese tiempo no me he cansado de repetir a mis estudiantes lo que ya he comentado: que solo se dibujan contrastes, diferencias, aquellas desigualdades en las cosas y entre las cosas que podemos nombrar. Es obvio: sin palabras, el dibujo no existiría; ni el dibujo ni la mayor parte de lo que convenimos en llamar actividad intelectual.
 
Puedo asegurar, sin duda por experiencia, que el dibujo es la actividad significante que con mayor nitidez y economía se acerca a lo que insisto en denominar «disciplina del lenguaje». El dibujo reclama como horizonte dicha disciplina; puesto que el signo en el dibujo es, generalmente, anterior a la designación, y el trazo que se propone desde el gesto es siempre abierto, experimental: tantea sobre el papel en busca de sentido. Es el componente heurístico, la necesidad de anticiparse a la significación, lo que emparenta muy de cerca ese «ser en el lenguaje» —consustancial al ser humano— de las prácticas literaria y artística. En ambas especialidades, u oficios si se prefiere, puede encontrarse la intuición a modo de requisito, es más: la certeza de una exigencia de estilo como paso previo al esfuerzo por acotar una poética. El mundo no es como es, ni siquiera como lo pensamos, sino como lo decimos antes de pensarlo. Nos guste o no, el arte y la literatura son una enseñanza. En eso, la calidad es un mérito.
 
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