Posturas
políticas alrededor del sufragio femenino.
Las bases de la Restauración Borbónica quedaron fijadas en la Constitución
de 1876 de carácter moderado que reintroducía el sufragio masculino "censitario",
mantenido hasta la Ley del 26 de junio
de 1890, aprobada en el "Parlamento largo" de mayoría liberal que restableció
el sufragio universal masculino.
Los debates al entorno del sufragio femenino
que tuvieron lugar esporádicamente en el Parlamento Español respondían a iniciativas
individuales de determinados diputados independientes de la línea programática
de los partidos políticos a los que pertenecían. A lo largo del S.XIX, tanto los
miembros de los partidos liberales como de los conservadores compartían los fundamentos
del modelo liberal de ciudadanía que limitaba el espació público a los varones
y adscribía a las mujeres al ámbito privado. En este sentido, ambas opciones políticas
se opusieron, de forma persistente y sistemática, a las pocas propuestas favorables
al sufragio femenino. Esta actitud empezaría a cambiar en el momento en que concibieron
el voto femenino como un útil instrumento para sus intereses políticos.
Durante
las últimas décadas del S.XIX y inicios del XX, los debates alrededor del voto
femenino, estuvieron instrumentalizados en función de la oportunidad política.
De manera que, paradójica y contrariamente a lo sucedido en la mayoría de países
europeos, los partidos conservadores se mostraron gradualmente más favorables
a conceder el sufragio femenino restringido que los partidos encuadrados en el
progresismo. Esta actitud respondía a la consideración, compartida por la inmensa
mayoría de la clase política española, de que el voto femenino era por definición,
conservador y confesional. Tanto los partidos encuadrados ideológicamente en la
derecha política y social, fundamentalmente el partido conservador, como el partido
liberal y los distintos partidos nacionalistas, fueron en todos los casos favorables
al sufragio femenino restringido a las mujeres viudas o solteras con una renta
mínima.
La iglesia católica, con una importante influencia en la sociedad
española, mantuvo una actitud ambigua respecto al voto femenino: negaba la concesión
del voto a las mujeres, que debían centrarse única y exclusivamente en la familia
y el hogar, manteniendo a la vez posturas posibilistas debido a su convicción
de que el voto femenino era católico. En este sentido creó y apoyó a organizaciones
de mujeres católicas y conservadoras que preservasen el rol tradicional de
la mujer española.
A lo largo de las primeras décadas del S.XX, los partidos
progresistas (esencialmente los republicanos y los radicales, aunque también los
revolucionarios), paradójica y contrariamente a lo que sucedía en otros países
europeos, se opusieron sistemáticamente al sufragio de las mujeres. Destacadas
socialistas feministas, como Margarita Nelken defendieron
la necesidad de suspender momentáneamente el derecho a voto de las mujeres hasta
asegurar, mediante la instrucción, la independencia del voto femenino respecto
al voto del cónyuge. Y es que, convencidos que el voto femenino era reaccionario
y manipulado por la iglesia, consideraban que las mujeres debían primero educarse
e instruirse para después poder participar en la vida política española. En este
sentido, defendieron un feminismo social previo a un feminismo político.
El movimiento anarquista consideraba que la educación era el medio fundamental
para la emancipación femenina y el sufragio femenino una reivindicación burguesa
y secundaria para mejorar la situación de las mujeres. Años más tarde, las mujeres
anarquistas españolas llevaron a cabo un replanteamiento de esta postura.