Harold Bloom, Jesús
y Yahvé. Los nombres divinos, Taurus.
Traducción de Damián Alou.
Jesús y Yahvé plantea, de entrada, un
problema de punto de vista. Lo primero que a uno se le ocurre
decir es que se trata de un libro profundamente personal, en
el que Bloom, una vez más, da rienda suelta a sus excesos
críticos. Y en cierto modo es así, al menos ese
es el efecto que uno tiene como lector desprevenido: libro polémico,
brillante, apasionado, injusto, arbitrario, sugestivo, irritante,
etcétera, etcétera. Nada más verdadero y
sin embargo, al insistir en esta clase de juicios (propios de
suplemento cultural), le hacemos el juego al autor y nos dejamos
conducir por las directrices que al mismo Bloom le interesa que
sigamos. ¿Permite el libro de Bloom otra lectura que no
sea la bloomiana?, ¿una lectura en la que frases como “deplorar
la religión es tan inútil como celebrarla” nos
sugieran algo más que rechazo o simpatía personal?
Si uno hace el esfuerzo (ímprobo, en verdad) de olvidar
a Bloom durante la lectura de Jesús y Jahvé el
resultado no deja de ser curioso: aquello que, siguiendo un plan
de lectura previsible, reconocemos como rasgos distintivos del
discurso Bloom se revela, a ese otro nivel de lectura, como el
esquema de una actitud de sobras conocida. Bloom es menos Bloom
de lo que pretende hacernos creer cuando habla de religión.
Su manera de afrontar los dilemas religiosos tiene la notable
originalidad de desarrollarse en un estilo sincopado, genial
a veces, desmadrado y poco propenso, en general, a la reflexión
rigurosa. Pero más allá de esas particularidades Jesús
y Yahvé se puede leer como un producto típico
del posromanticismo. Uno debe prevenirse pues de las confesiones
de Bloom cuando afirma que el libro ha sido escrito desde su
filiación gnóstica y judía. En el conjunto
de la obra tal apelación de principios resulta otra de
las caras de una ironía omnívora. Pues de
eso se trata, en efecto. Jesús y Yavhé tiene
el mérito de reunir a dos figuras cuya genealogía
se remonta al romanticismo: la del crítico literario y
la del escéptico con vaga inspiración mística.
De la combinación de ambos impulsos surge un discurso
sobre la religión inevitablemente irónico y estético
como el de Bloom, es decir, un discurso que poco o nada tiene
que ver con las creencias religiosas.
Como libro de crítica literaria Jesús y Yavhé se
aventura en valoraciones bastante acertadas y hasta de sentido
común:
La dignidad estética de la Biblia hebrea, y la del Yahvista
en particular, que es el misterio original del que parte aquélla,
es algo con lo que el Nuevo Testamento no puede competir como
logro literario (p. 87)
Lo que no parece tan claro es que sea ése el punto de
vista que más convenga a la materia. (Cualquier
lector del Nuevo Testamento sensibilizado con la literatura sabe
que los evangelios son mediocres narraciones de la vida de Jesús.
Pero si el mismo lector está familiarizado con el lenguaje
religioso y con la experiencia que lo envuelve sabe también
que en los evangelios la tosquedad de estilo y las incongruencias
estructurales son significativas)(1). En
la misma línea han de inscribirse afirmaciones como “La
Trinidad es un gran poema, aunque difícil, y siempre un
reto para la interpretación” o “¿Dónde
se encuentra la trascendencia? Está en las artes: Shakespeare,
Bach, Miguel Ángel siguen siendo suficientes para una élite,
pero no para pueblos enteros”. Cuando se empeña
en conferir o escatimar dignidades estéticas a los autores
o a los textos religiosos, o al defender, siguiendo la estela
nietzscheana, un elitismo de la belleza que rivaliza con la religión,
Bloom hace suya una de las operaciones características
de la ideología romántica.
Toda precaución es poca ante un romántico interesado
por Dios o la religión. Detrás de la alabanza,
de la crítica o del mero reconocimiento suele esconderse
un afán, más o menos disimulado, de legitimar y
sobredimensionar una perspectiva estética de la vida,
una perspectiva en la que, no por azar, Dios y la religión
brillan por su ausencia. La operación romántica
sigue esta secuencia: primero muestra un interés inusitado
por la religión, ya sea favor o en contra. Luego tematiza,
es decir, convierte en objeto teórico lo que nunca fue
ni puede ser un tema de reflexión y discusión.
El siguiente paso consiste en aprovechar las herramientas que
surgen de la tematización para pensar el arte en términos
religiosos. A continuación se escenifica el impulso ideológico
que está presente en todo el proceso: de la religión
a la religión del arte. Por último, el romántico
ya está en condiciones de prescindir de la religión
y de recriminarle su aspereza formal. De un modo u otro encontramos
todos estos rasgos en Jesús y Yahvé, rasgos
que, dicho sea de paso, hacen menos extravagantes de lo que pudieran
parecer las numerosas comparaciones entre Hamlet y Jesús
o entre Yahvé y Shakespeare (favorables, por supuesto,
al dramaturgo).
Los paralelismos no terminan aquí. Tampoco es un azar
el hecho de que Jesús y Yahvé contenga
una dosis indigesta de ironía. No cabe duda de que la
inclinación personal de Bloom tiene mucho que ver en ello.
Pero se trata también de una consecuencia lógica
de la ideología romántica, de la que Jesús
y Yahvé es un exponente un tanto caricaturesco. La
ironía bloomiana (al igual que la romántica) cumple
una función compensatoria y no tanto de distanciamiento
crítico. Viene a ser una toma de conciencia inconfesable
y desviada de la imposibilidad de llevar hasta sus últimas
consecuencias la religión del arte. Llena un vacío:
el que deja el intento de reconducir “el reino de Dios” al ámbito
de la estética. En otras palabras: el ironista romántico
es un místico fallido. En lugar de la sublimación,
que sería otra de las caras del mismo fracaso, el ironista
opta por la suspensión indirecta de una religiosidad impracticable.
La ironía es la huida, entre airosa y desesperada, de
un encierro voluntario. En Bloom la práctica de la ironía
está ligada a una visión muy restringida de la
religión, en la que lo literario (incluyo en
este concepto no sólo la crítica literaria sino
también un proyecto específico de escritura) tiene
una función aplanadora o desmitificadora. De ahí que
la pregunta con la que el libro concluye suene, irremediablemente,
a bufonada:
Yahvé, presente y ausente, tiene más que ver con
el fin de la confianza que con el fin de la fe. Y yo me pregunto: ¿establecerá otra
alianza con nosotros que pueda y quiera cumplir?
El hecho de que Bloom se posicione sin parar a favor o
en contra de causas que él sólo comprende no altera
en nada esa doble perspectiva genérica de esteta mistificador
y de ironista impenitente.
Barcelona, julio de 2006
NOTAS
(1) La observación
de Wittgenstein relativa a la improcedencia de emitir juicios
sobre el valor histórico de los evangelios es, seguramente,
extensible a los juicios de gusto como el bloomiano. Escribe
Wittgenstein: “Dios permite que cuatro hombres
relaten la vida del hombre-Dios, cada uno de un modo distinto
y contradiciéndose; pero ¿no puede decirse:
es importante que este relato no tenga una verosimilitud
histórica común, para que esta no
sea tomada por lo esencial, lo decisivo? Para que la letra no
encuentre mas fe de la que se le debe y el espíritu
conserve su derecho. Esto quiere decir: lo que debes ver
no puede proporcionarlo el historiador mejor y más
preciso; por ello, basta y hasta es preferible una
exposición mediocre. Pues lo que debe comunicársete,
también puede comunicarlo esta”. En Aforismos.
Cultura y valor, Edición de G.H. von Wright,
Traducción Elsa Cecilia Frost (Madrid, Espasa Calpe,
Col. Austral, 1996), p. 76.
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