John Ashbery, Secretos Chinos,
Visor, Madrid, 2006. Traducción, prólogo y notas de Dámaso López
García.
Los mejores libros escritos por viejos tienen una
coloración particular. En la poesía lírica
tales entonaciones crepusculares son lo bastante características
como para abrir y apuntalar el espacio de un género propio.
Ya sean las monodias de Anacreonte, las obras de senectud de
Yeats o el ciclo que se abre en la obra de Goethe con La
trilogía de la pasión, el lector puede escoger
sus propios modelos para comprobar la dificultad y la valentía
del empeño. No se trata únicamente de acumular
años (facultad nada desdeñable) sino de perseverar
en la tarea de extraer del lenguaje un vigor y una sensualidad
que contrastan con la progresiva degradación de un cuerpo
que sigue contiendo deseos siempre renovados al tiempo que se
ve paulatinamente más impotente para satisfacerlos. Un
proceso hacia la aniquilación personal cuyo registro,
si quiere ser genuino, no admite del poeta desvíos trascendentes
ni refugios fariseos en la confortable vida de la mente. (1)
La expectativa necrófila que acompaña
cualquier colección de poemas cuyo autor ha superado los
setenta y cinco años se acentúa en el caso de John
Ashbery, al menos por dos motivos. En primer lugar, porque Ashbery
ha sido durante décadas algo así como el más
joven de los poetas. No sólo desde sus primeras obras,
juveniles por necesidad y vanguardistas por convicción,
sino también por un prolongado periodo de madurez donde
lejos de relajar su ímpetu inicial en una dicción
más serena o de acomodarse a unas costumbres sintácticas
y expresivas que lo volvieran tan reconocible como una firma,
Ashbery ha ejercido de azote de sí mismo y al menos hasta
la publicación de Diagrama de flujo ha alcanzado
nuevos logros formales que violentaban con notable inteligencia
sus propias consecuciones. De manera que, por encima de celebradas
argucias compositivas(2) y
de un tono confesional refractario al énfasis que ha progresado
con sus metáforas más queridas, lo más característico
de Ashbery tal vez sea su firme oposición a dormirse en
sus laureles. Un impulso que, al menos en sentido figurado, bien
podría equiparase al brío que se espera de un poeta
joven.
El segundo motivo es que Ashbery nunca se ha valido
de un tono apasionado para escribir, no ha idealizado los placeres
de la juventud, ni ha erigido un paraíso de recuerdos
cuya irremediable descomposición habría de lamentar.
Las noticias puntuales sobre sí mismo que Ashbery ha dejado
caer en los poemas suenan como pudorosos susurros que informan
sobre un avanzado estado de clarividencia ante las posibilidades
presentes y futuras de uno mismo y que no admite ni los melosos
lloriqueos de la autoindulgencia ni la incalificable sorpresa
ante un cuerpo que se agota. Un crepúsculo sin pathos cubre
desde hace décadas el cielo de sus libros. La metáfora
central que organiza esta visión desapegada de la propia
existencia es la noria o la débil rueda de los días
que se vuelcan los unos dentro de los otros, en un giro mecánico,
algo monótono visto desde una perspectiva histórica,
y a la que Ashbery, además de extraerle todo su jugo poético,
ha usado como fondo monocromo donde a veces suceden cosas que
adquieren por contraste reflejos muy expresivos. Cosas repentinas
e inesperadas y hermosas (como enamorarse o como una súbita
descarga de alegría en la mente) pero que no pueden hacer
más que debilitarse en ese rodar del mundo que avanza
sobre el tiempo aplastando sus propios productos(3).
La década prodigiosa de Ashbery (que se
prolonga desde Rivers and Mountains hasta Houseboat
days) recurre numerosas veces a estos saberes de anciano
(que le señalan como un poeta envejecido precozmente y
como a un tipo que no está dispuesto a que la esperanza
le nuble las sólidas convicciones que ha alcanzado la
conciencia) y a las metáforas de la sucesión circular,
como esa ola, que recuerda al célebre pasaje donde otro
viejo, Goethe, ventrílocuo de Fausto, dicta su sentencia
final sobre los esfuerzos humanos después de haberlos
prodigado durante casi un siglo:
Avanza deslizándose mansa la onda, estéril como
es, para difundir la esterilidad en partes innumeras. Ahora se
hincha y crece y rueda cubriendo el ingrato suelo de la playa
desierta. Domina allí, animada por la fuerza, ola sobre
ola, y te retira sin haber efectuado cosa alguna, lo cual es
capaz de angustiarme hasta la desesperación. ¡Fuerza
de indómitos elementos que carece de objetos!(4)
De manera que, si bien el John Ashbery hombre no
puede detener ese avance del tiempo que cada vez está más
cerca de consumirle (‘Quizás no te cojan aquí,
quizá no te cojan allí, quizá no te cojan
en todas partes, pero en algún sitio te cogerán'),
el Ashbery poeta parece doblemente pertrechado para resistir
la sublime poesía del crepúsculo que amenaza a
todo aquel que se empeña en prolongar una exigente trayectoria
poética pasados los setenta: por un lado, conserva una
temeridad formal que no casa con los desfallecimientos de la
vejez y, por otro, lleva demasiado tiempo razonando con astucia
de viejo como para dejarse sorprender por la decrepitud.
El lector que entra en Secretos chinos sin
tomar las debidas precauciones se encontrará con un agregado
de prosas estrambóticas y poemas tan caprichosos como
sus títulos. Aquí reina la extravagancia: asociativa,(5) léxica(6) y, por decir algo, temática. Hay muchas recepciones donde
se comen pasteles; hay un pífano, y un tambor; hay relojes
tortita con numerales romanos incrustados en el borde; graneros
que explotan; filamentos de tungsteno que pintan los expositores
con colores ridículos; y animales: en el zoo cómico
de Ashbery hay sitio para osos y abejas, y moscas y petirrojos,
y ovejas que según recuerdo venían del Oeste, aunque
supongo que eso no importa. Tratar de orientarse con una lógica
ordinaria en la trampa de asociaciones que va tejiendo Ashbery
parece una vía muerta que corre el riesgo de reducir el
libro a un viaje al país de los chistes. La tentación
de sustituir la lectura atenta de unos poemas así por
una serie de cómodas indicaciones generales puede terminar
en una insulsa concatenación de párrafos voluta
como los que abundan en el prólogo de Dámaso López
García, que afea su más que correcta traducción,
y empuja a considerar su afirmación inicial (“Acaso
una de las funciones más inmediatamente visibles de la
poesía de John Ashbery sea la de hacer inteligentes a
sus críticos”) como una conjetura demasiado optimista.
Por fortuna (sobre todo para Ashbery) los poemas
de este libro contienen algo más. Tomemos el ejemplar
más sencillo de un proceso que suele ofrecerse con mayor
disimulo. “El pararrayos” empieza presentándonos
a un general de opereta que abre una salva de observaciones escrita
con ese tono de chascarrillo casi senil que ya conocemos (‘Le
contamos al hombre sin dedos como era lo de fumar un cigarrillo
/ en el decenio de 1920’). A medio poema se recupera a
un general que ha ascendido de mera mención a personaje:
sabemos que es un jubilado, que le gustaba el dominó y
antes de que su conciencia se desarme en el sueño se nos
informa con una anécdota patética que comparte
habitación con otros hombres: ‘dejaba el gorro
de dormir sin darse cuenta sobre / la funda de ganchillo de la
tapa del orinal del otro’. La diversión se vuelve
grotesca cuando suguiere la mente somnolienta de un hombre que
podría estar encerrado en un asilo: ‘A veces terminas
en una ciénaga / no importa cuantas precauciones se hayan
tomado’, se nos dice con esa voz reflexiva y escrupulosa
que asociamos con el Ashbery más aseverativo, encargado
de seguir de un tirón hasta un final construido con versos
elusivos, pero que no repelen la lectura. Y que derraman una
mirada orgullosa sobre el puro sobrevivir, propiciando así un
agradable clima templado para los dos últimos versos: ‘Es
triste que muchos se quedaran atrás [...] / Nunca creyeron
que hubiera motivo para unirse a la vasta, confusa migración
[...] / Ya no hace un frío tan exagerado ahora, lo cual,
ciertamente, es una afortunada anomalía’.
Lejos de ser una feliz excepción “El
pararrayos” es más bien un emblema. Las alusiones
humorísticas, las citas prosaicas, cuando no groseras,
y el dispositivo de asociaciones disparatadas suele desembocar
en una confesión en sordina sobre ese estar a punto de
dejar la casa vacía y que oscila desde el balance testamentario
(“Bajo celofán” o “Ah, las tardes”)
y el regreso inesperado de la satisfacción sexual (“Peces
comunes”) hasta la agridulce despedida del saber acumulado
(“No he oído nada”), pasando por un duelo
a dos voces en la mente del asediado poeta entre el cansancio
de setenta años siendo uno mismo(7) y
el deseo e seguir protagonizando una existencia que no pocas
veces querríamos interminable(8) (“Intrincado
ayuno”). Temas que revolotean en torno a un sentimiento
de despedida forzosa que obliga al viejo Ashbery a dar lo mejor
de sí mismo (A los rancheros no les gustará, /
pero nos permitirán vivir más cerca de la muerte
/ de lo que muchos insectos están ahora(9))
que sigue siendo mucho:
‘<<Ha
llegado la hora de que comienza el débito,
la
prisa del atardecer.>> <<A nadie le gusta que lo abandonen
en
un témpano que se disuelve aprisa, y al amanecer.>>
Se
quedó en pie afuera.
Ahora
nosotros éramos los insignificantes, aunque su calor
nos
acuna,
mientras
la carretera se convierte en un beso.’(10)
La lucha de Ashbery para domeñar la vejez mediante una
poética alquímica (la suya), con la que ha logrado
emitir confesiones casi despersonalizadas, nos proporciona una
pequeña plataforma desde donde empezar a descifrar el
secreto de los mejores poemas de un libro que se complace desde
el título en advertirnos de que aquí se va a hablar
en chino (“Momentos desagradables”, “Secretos
chinos”, “Las calcomanías del recibidor”, “Como
los paraguas siguen a la lluvia” o “Días Celestiales”).
Una orientación que permite reconocer en los poemas de Secretos
chinos temas más afines a La torre que a Old
Possum's Book of Practical cats. Véase, por ejemplo,
el poema “Mordred” donde se da cuenta del diálogo
entre un hombre que fue excepcionalmente sabio y sus placeres
que ‘no se van / pero, precisamente, tampoco se quedan
/ se quedan como estaba previsto’. Ambos extremos de la
oscilación (su persistencia a una edad avanzada y su modulación
hacia otra cosa) adquieren tintes siniestros. El placer, que
a estas alturas es calificado como ‘un claro / en la oscuridad
que no puedes ver’ alega que ‘a mí sólo
me gusta seguir viviendo / lo demás no me es tan importante’.
Pero el hombre que fue excepcionalmente sabio es algo más
que una simple línea de voluntad que se contenta con una
satisfacción periódica; se trata de una conciencia
reflexiva que exige un relato coherente de su existencia, y para
la que sí es importante cómo vivir y cómo
vivir aquí. La hermosa respuesta del placer (‘La
oscuridad es para todos nosotros / Nos acostumbramos a ella.
Luego viene de nuevo la luz del día. / Eso es lo que quiero
decir cuando digo que lo de vivir / podría seguir, seguir
en otro sitio’) no puede serle suficiente. y las estrofas
cuarta y quinta se cubren con el recuento caricaturesco de una
existencia que concluye en una sobriedad que a duras penas logra
disimular la amargura: ‘Eras un párvulo, ahora ya
has dejado atrás la madurez, / y el gran dibujo no ha
ocurrido’. Bardo de la repetición estéril,
la de los días y la de los deseos, Ashbery cede la palabra
de nuevo a los placeres, cuyas palabras, como el amanecer, se
presentan ante el mundo con los mismos contenidos de ayer, indiferente
a los progresos de los hombres: ‘Sí, ya
debo irme. / Sencillamente, me gusta vivir / sólo me gusta
vivir’. Pero lo que sonaba como una exultante afirmación
vital aparece ahora debilitada por la repetición: el deseo
espontáneo se endurece progresivamente en una letanía.
Un cuerpo débil puede contener una mente cansada, pero
el hombre que fue excepcionalmente sabio intuye (y así lo
atestiguan Anacreonte y Yeats) que el deseo pude prolongarse
como el látigo de un acreedor hasta el borde mismo de
la tumba. Goethe lo dijo a su altiva manera: la belleza es indivisible
y aquel que la ha gozado en su plenitud no puede confortarse
con versiones amortiguadas. Ashbery convoca de nuevo una metáfora
circular para expresar lo mismo en un tono más apagado:
‘¿Qué es este maravilloso jardín
pero dónde está aquel aun más maravilloso
en el que acababa de estar?
Así todo llega al fraude’(11).
En la ciega noria de los días la inteligencia
gira sobre la vida que la sostiene y se encuentra con las manos
cada vez más vacías de tiempo. La satisfacción
de los deseos se consume pero sigue siendo maravillosa: jardines;
uno se ajusta a la vida, sea como sea, seamos como seamos; pero
la inmensa rueda del tiempo, cuya incalculable duración
parece infinita, se ralentiza para todos. Algunos poetas, siempre
afectos a hablar de sí mismos, son capaces de mantener
el discurso casi al límite de su descomposición
personal. Cifrados como secretos chinos los susurros de Ashbery
disimulan su tono crepuscular con notable eficacia. Tasada la
magnitud que pudo tener el espectáculo el show quizás
resulte un poco deslucido. Pero Ashbery sigue vivo y emitiendo,
y una conjunción así alimenta las expectativas
de numerosos lectores necrófilos que se relamen ante la
oportunidad de seguir observando nuevas etapas y recuentos, antes
de la inevitable colisión de un talento tan singular y
el destino más ordinario.
(1)Y que no
puede confundirse con los lamentables lloriqueos de nuestros
poetas de la experiencia que a los cuarenta años (y
algunos imitadores precoces antes de los treinta) se lamentan
de haber consumido el vigor de su juventud y de haberse extraviado
en sus proyectos personales, responsabilizando así a
la miseria del tiempo de su propia incapacidad para armar
una vida y una conciencia poética que escape de su
probada mediocridad personal. Caricatura risible en la que
también incurrió, con mejores resultados su
poeta de cabecera, quien se dio el gusto de escribir sus
poemas de senectud veinte años antes de morir a una
edad todavía temprana.
(2) La inconstancia
pronominal o el collage semánticos, por no decir nada
nuevo.
(3) La tónica
pervive en estos Secretos Chinos donde ‘cae
la tarde / con los errores de costumbre’ en el segundo
poema, donde ‘todo acaba en la carretilla, / antes
o después. El pífano y el tambor / recomienzan’ y
donde ‘las estaciones vienen y se van parsimoniosamente’ en
el primero, donde ‘uno se acopia de los deseos de cada
uno y lo deja atrás’. No es una coquetería
que el poeta reconozca que ‘No hace mucho, esto me
tenía perplejo’ y quizás si lo sea concluir: ‘pero
ahora ya es demasiado tarde’. Véase si no el
poema “La idea genial” que se articula por completo
entorno a figuras que trazan figuras circulares y estériles
hasta corroer irónicamente la genialidad de una idea
que sólo puede preservarse en boca de los entusiastas
que ‘perpetúan el texto’, pero ‘mal
citado’.
(4)Fausto.
Segunda Parte. Acto IV.
(5) Véase
la flexibiliad de “Ven a verme esta noche al país
de los sueños”.
(6) Ashbery
emplea numerosos vulgarismos, pero no menos palabros especializados.
(7)‘preparándome
para arreglar todo e irme / dejar esta armazón de
madera que no me ama’.
(8)‘como
estás vida / nunca había estado mejor / eso
está bien / porque quiero que te cuides / entiendes’.
(9)“Notas
aleatorias de un anciano”.
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