[Thomas Pavel, Representar
la existencia. El pensamiento de la novela, Crítica, Barcelona,
2005).]
Lo primero que llama la atención al lector que se acerca a
la versión castellana de la extensa monografía que el profesor Thomas
Pavel ha dedicado a la novela es que su título original (La pensée du roman) ha quedado relegado a la condición
de subtítulo, sustituido por el de Representar la existencia. Si
bien la decisión es un acierto en la medida que Pavel dedica menos
de media docena de páginas a darnos su decepcionante versión
sobre el ‘pensamiento novelesco’ (reducido a reflejar la ideas
generales y predominantes de la época sobre el lugar del hombre
en el mundo); el nuevo título es un acierto sólo a medias.
Lo que se propone en este libro es redactar una ‘historia
de la novela’. Y Pavel se ha cuidado mucho en distinguirse de sus
antecesores: de aquellos que confrontan la novela con otros géneros
(Rohde) [1], de los que se centran en el estudio formal de las técnicas
narrativas (Bajtin) [2] y de quienes subrayan la preeminencia del entorno
social y cultural (Watt) [3]. La historia de la novela según Pavel
se propone atender al desarrollo de un concepto que al desplegarse, impelido
por sus tensiones internas, trazaría la historia del género.
Un retrato en la línea de Lukács [4] (y, por tanto, de ascendencia
hegeliana) que trata de alejarse de sus patrones al señalar como
único responsable de dicho ‘desplige’ al novelista,
cuyas decisiones, en competencia con los viejos maestros y los rivales
coetáneos, configuran un relato histórico que bien pudiere
haber sido de otra manera.
El concepto al que remite Pavel es el difícil encaje
del individuo en un mundo que se ha vuelto irreductible al orden moral
humano. La novela trata de un sujeto ofuscado ante la incapacidad de encontrar
su lugar en un mundo inhóspito. Y articula éste estado de
cosas mediante tres preguntas: ¿Por qué el mundo se ha alejado
del Ideal?, ¿Por qué su valor normativo se impone de forma
tan evidente al individuo?, y ¿Qué es mejor para defender
el ideal: sumergirse en el mundo para tratar de restablecerlo o centrarse
en remediar la fragilidad personal? Este concepto, que guía la
historia de la novela según Pavel, está atravesado por la
tensión entre dos fuerzas antagónicas: la tendencia a reflejar
un Ideal que podría reorganizar el mundo y la de representar, tal
y como es, la existencia en el interior de ese mundo desarreglado. El
título castellano se ha inclinado por mencionar tan sólo
a uno de los litigantes.
Pavel también ha dejado al descubierto los presupuestos
de su historia: (1) recoger en el mismo hilo argumental un amplio espacio
de tiempo que abarcaría desde la novela bizantina hasta las últimas
novedades de 2003, sin recurrir a la influencia de ningún otro
género ya sea el teatro isabelino, la obra de Rabelais o las cartas
de Séneca[5] y (2) explicar la eflorescencia del realismo cuya
estética fijó de forma casi definitiva una forma novelesca
con la que herederos y antepasados deberán medirse para alcanzar
el rango de novela.
La dificultad de la empresa salta a la vista no tanto por
su magnitud, sino por el temor a que se estén restringiendo demasiado
los intereses de los novelistas. Decisiones como la incluir a Stendhal
entre los autores exóticos, obviar a Conrad, incluir al meditativo
Broch entre los realistas sociales, dar más importancia a los epílogos
forzados y moralistas de Adolfo que al cuerpo de la novela, o afirmar
que el narrador de En busca del tiempo perdido es víctima (él,
el más reflexivo de los personajes literarios) de pasiones que
nunca comprenderá, contribuyen a que arraigue la sospecha de que
lejos de tratarse de los errores propios de un lector lego, estemos ante
las calculadas deformaciones de un erudito que se ha propuesto ajustar
un cuerpo extenso y variado de textos a unos temas y tensiones que en
gran medida les son ajenos.
La piedra de toque de cualquier historia de la novela son
las dos cesuras a las que (ya sea para negarlas o para afirmarlas) debe
enfrentarse: dos momentos en ‘lo que hay ahora’ se resiste
a una continuidad natural con ‘lo que hubo antes’. La primera
coincide con la aparición del Quijote a principios del siglo XVII;
la segunda, en torno a los años treinta del siglo pasado, cuando
la novela empieza a desembarazarse de la estética de la representación
verosímil y desplaza la story del centro de sus preocupaciones.
Pavel (que está intentando maquillar la primera cesura) tasa la
importancia del Quijote por su contribución al avance de la verosimilitud.
La modernidad novelesca que inaugura Cervantes lejos de propiciar un corte
quedaría integrada como un elemento más del proceso de maduración
que apunta hacia el triunfo del realismo. Lejos de amedrentarse ante los
encuentros inverosímiles en la Posada, las palizas propias de la
Warner en las que los dos protagonistas pierden varias veces la dentadura
y se les quebrantan numerosos huesos, los juegos textuales de la primera
parte y los cabreos hipertextuales de la segunda (que podrían haberle
inducido a reflexionar sobre sí el supuesto antiidealismo de Cervantes
no es el síntoma de una operación más profunda) Pavel
los interpreta como deficiencias de un método que acaba de salir
de la incubadora y al que le quedan todavía unas décadas
de ajuste y pulimento antes de alcanzar la excelencia que el autor sitúa
en la obra de Walter Scott.
En el contexto de las tensiones entre el principio realista
y el idealista, el Quijote se ve reducido a su punto de partida argumental:
una crítica matizada de las novelas caballerescas. Se logra así
la deseada continuidad entre las Etiópicas y Balzac, pero el precio
a pagar es considerable. En primer lugar, se renuncia a explorar las diversas
vías por las que los novelistas posteriores afirman haber sido
influenciados por las novedades del Quijote que queda relegado en el relato
de Pavel a deuteragonista de Los trabajos de Persiles y Segismunda elevados
al rango de obra maestra por el logro incalculable de haber actualizado
el modelo idealista de Heliodoro. En segundo lugar, la propia dinámica
de la argumentación conduce a convertir al autor de Waverley en
el maestro supremo del arte de la novela, pues a él le debemos
la primera síntesis entre un héroe de perfil inverosímil
y un decorado que representaba escrupulosamente las exigencias de la descripción
social e histórica verosímiles. Ante tales conclusiones
no es temerario afirmar que la obstinación del autor por ajustar
las novelas singulares a la teoría general bien podría estar
nublándole el gusto.
Para mitigar los dislates a los que le han conducido sus
‘fuerzas en tensión’, Pavel ha recurrido a una distinción
entre ‘autores de talento’ y ‘autores que han influido’.
De manera que él no estaría diciendo que el talento de Scott
fuera superior al de Cervantes, sino que su influencia tiene mayor alcance.
Pero si bien es cierto que Balzac expresó su entusiasmo por la
poética de Scott, no es menos cierto que esta influencia sólo
cobra el relieve que la da Pavel cuando se ocultan no sólo las
influencias que recibieron otros escritores tan poderosos como Balzac
(Pushkin, Stendhal o Dickens), sino a otras autoridades que dejaron su
impronta en el autor de Las ilusiones perdidas. E, incluso, cuando hubiéramos
de atribuir ciertas innovaciones estilísticas y formales a los
novelistas menores, éstas sólo se propagan cuando los ‘autores
de talento’ desarrollan sus posibilidades. ¿O es que cuando
pensamos en la justificación de la vida a través del arte
anteponemos a Huysmans a Proust?, ¿A quién debemos el monólogo
interior a Monsieur Dujardin o a Mr. Joyce?
Curioso modo de proceder el de algunos eruditos. Circunscriben
con claridad un periodo (o las obras de un autor) y esclarecen con gran
esfuerzo su sentido ‘auténtico’. Lo maravilloso de
su proceder no es la confianza con la que afirman haber encontrado una
significación a los textos que había permanecido oculta
a generaciones de lectores atentos sino la pretensión de establecer
un sistema de influencias basado en la continuidad de su ‘interpretación
verdadera’. De manera que no sólo actúan como si todos
los escritores del canon lo hubieran leído todo sobre sus colegas,
sino como si lo hubiesen hecho siguiendo una ‘interpretación
correcta’ (la suya) que no se habrá de revelarse hasta muchos
siglos después.
Las debilidades del modelo de Pavel son más evidentes
si las contrastamos con las notas sobre el arte de la novela que Milan
Kundera [6] (a menudo en coincidencia con las ideas de Bajtín)
ha elaborado en distintos trabajos. Para esta perspectiva el Quijote supone
una triple novedad: (1) la exploración de las posibilidades básicas
de la existencia ‘como sólo puede hacerlo la novela’
(es decir, no desde una perspectiva dictada por una disciplina exógena);
(2) una actitud o tono peculiar de ascendencia rabelesiana que consiste
en suspender el juicio moral, dejando el campo expedito a la ambigüedad
y la ironía y (3) una radical libertad en la forma. La poética
del Quijote se distingue de sus supuestos predecesores bizantinos, caballerescos
y pastoriles quienes sí reflejaban sin ironía, y circunscribiéndola
a una forma dada, una conjunto de ideas generales, consabidas y previas
a la composición de la obra. Y permite establecer un estrecho vínculo
entre Cervantes y esos novelistas del siglo XX que los lectores formados
en la estética de la ‘verosimilitud representativa de la
existencia’ propia del XIX no reconocen como tales, pero cuyo ejercicio
desde Joyce a Elizabeth Costelo se prolonga ya casi cien años.
Un vínculo que el esquema de Pavel debilita hasta el punto que
para preservar la continuidad se ve forzado a apelar a la literatura de
consumo.
Indicios de que si se quieren comparar los diversos géneros
que la tradición ha etiquetado como novelas, más que forzar
la continuidad escrutando la supuesta tensión entre ‘representación
realista’ e ‘idealismo moralista’ de lo que se trataría
es de distinguir entre el conocimiento (que no es moralista) hipotético
(que no es realista) propio de la novela moderna (la del siglo XVII y
la del siglo XX) y la doble sumisión a la representación
mimética y la moral preexistente.
A lo que apunta un modelo como el de Pavel es a ningunear
los esquemas basados en el mérito personal que permite distinguir
al autor de cuya invención contribuye al progreso de la historia
de la novela, de los autores rezagados o culones que siguen escribiendo
dentro de modelos superados y cuyas ficciones novelescas quizás
logren encontrar su espacio en el seno de la corporación cultural
o al amparo de los corazones sencillos, pero que han quedado fuera de
la historia de la novela. Porque, aunque en literatura pocas cosas suenen
tan ridículas como postular el progreso en sentido técnico
es difícil imaginar algo de peor gusto que la repetición.
Sin entrar a debatir con otros modelos más poderosos
de la historia de la novela, el de Pavel fracasa en su propio campo de
batalla. No es casualidad que el clímax de su relato dialéctico
sea, a su vez, el momento más desconcertante del libro. Al situar
la síntesis de las tendencias en conflicto a finales del siglo
XIX uno espera que el mérito de fijarla recayese a alguna figura
con el empaque de Tolstoi. Pero tal logro se atribuye nada menos que a
las novelas cortas (que para Pavel, en una ironía difícil
de superar, conforman un género independiente) de Stiffer, Keller
o Fontane, quienes descubrieron las virtudes incalculables de aovar personajes
que inseridos gozosamente en su medio conservan en lo más profundo
de sus almas un destello de extramundanidad. Cierto que Pavel trata de
añadir a Tolstoi en esta curiosa síntesis, pero en seguida
advertimos que la operación consiste en escoger de entre los múltiples
aspectos de Guerra y paz aquellos que guardan un vago aire de familia
con los que se está deseando sintetizar, y yuxtaponerlo en un agregado
que no sólo no alcanza a iluminar la estética del autor,
sino que traiciona el espíritu de sus obras al reducir Anna Karenina
a una exposición moralista sobre la perfidia del adulterio y las
virtudes secretas de la vida conyugal.
Tras más de trescientas páginas de argumentación
la Gran Síntesis de la Historia de la Novela no sólo recae
en autores pseudo-insignificantes, sino que sus logros son negados de
inmediato por los primeros escritores del siglo XX, quienes, en poco menos
de una década habían demolido los principios estéticos
de la representación realista, relegándola (con todas las
excepciones y salvedades que se quiera) a los estantes de la literatura
de consumo [7]. Lejos de ser una historia de la novela, Representar la
existencia es la historia de cómo puede perseguirse una idea a
lo largo de un género literario, con el mérito de enlazar
una cantidad asombrosa de obras importantes y con el menoscabo de no aportar
nada significativo a las mejores. Son las palabras del propio autor en
el momento que trata de anudar la síntesis las que mejor transparentan
la confusión de conjunto:
‘George Eliot, Tolstoi, Fontane y Pérez Galdós
en la segundad [mitad del siglo XIX] imaginaron, cada uno a su manera,
unos personajes a la vez admirables e imperfectos, rodeados por un mundo
a veces hostil y a veces acogedor’.[8]
El debate crítico con las ideas del libro no debe
ocultar las ramas de los aciertos. El lector agradecerá la amplitud
de perspectiva que apuesta decididamente por la Weltliteratur frente al
provincialismo nacionalista y no sólo disfrutará con un
notable estudio de las técnicas narrativas, sino con decenas de
páginas inspiradas sobre Las afinidades electivas, la estética
de Balzac o notables indicaciones psicológicas sobre la actitud
con la que uno debería enfrentarse a la lectura de Madame Bovary. Representar la existencia es un libro imprescindible para los estudiosos
de la novela, aunque el autor no haya podido superar el peligro que con
tanta pericia supo intuir:
'Resulta difícil resistir la tentación de
las generalizaciones históricas categóricas, y yo mismo
propongo en esta obra una imagen de la historia de la novela que se
apoya en un número relativamente reducido de conceptos básicos’.
[9]
NOTAS
[1] E. Rohde, , Der griechische Roman und seine Vorlaüfer, Leipzig: Breitkopf und Hërtel, 1876.
[2] M. Bajtin, Teoría y estética de la novela,
Madrid: Taurus, Madrid, 1ª reimpresión, 1991.
[3] I. Watt, The Rise of the Novel, Berkeley: University of Califormia
Press, 1957.
[4] G. Lukács, Teoría de la novela,
Barcelona: Edhasa,
1971.
[5] Con la curiosa excepción de las obras introspectivas
de San Agustín sin las que son tan incomprensibles algunos de los
temas estudiados como otros tan básicos como estos lo son sin acudir
a Shakespeare o a Gargantúa.
[6] M. Kundera, El arte de la novela, Barcelona: Tusquets,1986 ; Los testamentos traicionados, Barcelona: Tusquets, 1993; El telón,
Barcelona: Tusquets, 2005.
[7] Dónde los lectores (como recuerda con roma pedantería
el escritor Carlos Ruiz Zafón, a quien nadie podría acusar
de sutil malevolencia ni de cualquier otra forma de sutileza): ‘el
lector recuerda por qué se leían las novelas’.
[8] Pág. 26.
[9] Pág. 385.
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