DESCUBRIR

La auténtica recompensa que nos proporciona la Internet no es la información o la accesibilidad absoluta. Esa es sólo una consigna difundida por los periodistas, que están convencidos de que todo el mundo es tan alcahuete y chismoso como ellos. De la información no es importante el resultado sino la pulsión que lleva a buscarla: la curiosidad, que, a fin de cuentas es lo que mueve la mayor parte de nuestras iniciativas humanas. La Internet es el paraíso de los curiosos y los temerarios y los dispersos; y el consuelo de los solitarios.

En efecto, no es la retribución de la curiosidad en forma de un objeto material lo que nos mantiene atados a la red, puesto que todos los objetos de la Internet, hasta los más amados, son intangibles, meros efectos de pulsos eléctricos administrados por algoritmos que aparecen y desaparecen delante de nuestros ojos como milagros hechos de luces estructuradas. La Internet satisface una experiencia casi infantil que el mundo organizado nos había sustraído o que había reservado sólo para unos pocos privilegiados o para los más audaces: el placer de descubrir.

En el descubrimiento, o en cualquiera de sus simulacros (en las llamadas prácticas artísticas, por ejemplo) se renueva una y otra vez la instancia originaria que nos separó de los primates que, por cierto, son unos mamíferos que se parecen a nosotros justamente porque también ellos son curiosos, aunque no sean capaces de descubrir nada ni de atesorar y elaborar lo que les hace experimentar su curiosidad.

El descubrimiento es lo más próximo a la creación que, como sabemos, es una experiencia reservada a Dios. ¿Cómo no adorar la Internet, que parece un bosque encantado en donde todo el tiempo descubres (o creas) cosas, lugares, ocasiones, circunstancias, palabras, etc. que te parecen nuevas?

(Lo que no implica sugerir que cualquier papanatas «internauta» –¿quién inventó esta palabra tan boba?– pueda reconocerse “artista” o «creador» de nada.)

Sin embargo, el descubrimiento– en cualquier contexto, no sólo en la Internet– es una ilusión, puesto que todo, absolutamente todo, ya estaba allí. Vaya, entonces esto que escribo a fin de cuentas no es más que un pequeño alegato, casi infantil, que hace apología de la ilusión.

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