“…camisa blanca de mi esperanza”

Las tragedias veraniegas suelen ser un festín periodístico debido a las pocas noticias que suelen darse en esta época. La decadencia de la profesión periodística, al menos en España, ha hecho que en las tertulias y en los medios de comunicación impere la doxa. La información queda relegada a un oculto rincón en una época en la que cualquier persona en el lugar justo con un smartphone es más útil como informador que los extravagantes profesionales con sombrero de ala, gabardina y un block de notas con el rótulo PRESS.

Quizá por eso, o por algo más siniestro que responde al morboso placer que producen los sucesos en esta tierra cada vez que recreamos Puerto Hurraco, el envenamiento con aceite de colza, a Pere Puig Puntí en Olot o al spree killer todos los medios de comunicación se vuelcan machaconamente a cubrir el suceso para calamidad de las víctimas y sus familias. No sólo los reportajes, las entrevistas y las tertulias se inundan de gentes que enarbolan las más variopintas banderas aprovechando la ocasión. Todo subterfugio argumental es válido para colarse en un hecho que no debería pasar de los dos minutos y cuarenta segundos en los que se informa (de media) en cada telediario.

Como si descubriéramos lo arrebatador de la muerte con cada noticia de este tipo, la sociedad se indigna y se une en “olas de solidaridad” (la cita es real) por las víctimas y sus familiares durante tres o siete días (dependiendo de la magnitud de la tragedia).

Pero en ese punto, la noticia ya es historia y lo que queda es la carnaza: la narración de lo recordado, lo vivido y lo interpretado o supuesto del suceso. Ahí el ingenio autóctono, la pericia del enterao, la ojeriza de un país aún dividido hace que las más vulgares opiniones pongan en la picota a todo hijo de vecino: del traumatizado victimario (accidental u homicida) hasta al presidente del gobierno. Nos encanta (plural condescendiente) hacer leña del árbol caído y Dios sabe qué supercherías con las cenizas restantes tras la quema. Por las porterías y los mercados la cosa se va pasando como virus común por las mentes calenturientas de un país que no sale de la provincia en la que vive como en clausura desde 1556, como mínimo.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.