Solemos ponerle nombre y rostro a la voluptas. A veces, en un momento de lucidez, alguno consigue dar de ella una explicación más o menos poética, pero solo conseguimos representarla cabalmente cuando la pensamos como una discreta y sincera acción de gracias dedicada al otro que nos acompaña en el trance y a ese Otro anónimo e inescrutable que nos ha permitido sentirlo.
Lo que hace única la experiencia carnal es que, en el tumulto de los cuerpos y los sentidos desencadenados, expresamos –siempre, siempre– una tierna gratitud a la persona que amamos.
