PERO, ¿TÚ QUÉ QUIERES?

El conocimiento del otro es una de las cosas más difíciles de alcanzar. De una parte, chocamos con los equívocos del lenguaje, que nunca trasmiten cabalmente lo que el otro piensa, aspira o rechaza. Por otro lado, puesto que nuestro conocimiento del otro está necesariamente comprometido con nuestras propias expectativas y deseos, una vez ha sido allanado el obstáculo del lenguaje, tenemos que sortear la barrera de nuestros propios prejuicios.

Al final, conseguimos llegar hasta el otro, como sea, como quien, tras afanosas excavaciones, alcanza la cámara secreta que guarda el sarcófago y la momia del Faraón; y ¿qué es lo que encontramos allí? Nada determinado, nada que sea reconocible, salvo una demanda insaciable. No hallamos sustancia alguna, ningún fundamento ni razón, sino tan solo un sujeto que demanda. Solo nos queda, pues, tratar de colmar esa demanda o de rechazarla.

Siempre es así, en todos los contextos, porque estamos hechos de deseo y el deseo nunca está satisfecho. Los problemas en relación con el otro se desencadenan cuando se trata de saber qué es lo que reclama.

(¿Pero tú qué quieres?)

Una proporción mayoritaria de los individuos confunden lo que quieren (lo que demandan o reclaman para ellos) con lo que dicen amar; es decir, convierten una demanda banal  –paliar la soledad buscando compañía, la que sea, obtener seguridades económicas o atención médica o asistencial, rodearse de amigos, los que sean, o enriquecer la indigencia de la propia vida cotidiana usando la vida del otro, etc.– en el apetito por un objeto. Y a ese objeto dicen que lo aman. Así pues, afirman amar a una madre postiza –o a quien ejerza esa función maternal que necesitan–, a un enfermero o a la asistenta, a la mascota que los acompaña y que solo les pide comida, a uno que les enseña modales y les abre expectativas de trabajo, de ascenso o de realización social.

Cuando alguno logra dar con un objeto (el otro) bien dispuesto y con “vocación de servicio”, el individuo obtiene la recompensa inmediata, fugaz o permanente, de una vida armónica. Ha encontrado el anillo para su dedo. La busca ha terminado. Hasta que el otro, tan servicial y bien dispuesto, pone en marcha su propia demanda.

Empieza entonces otro juego en el que los dos hablan de lo mismo y con las mismas palabras –amor, amistad, lealtad, entrega, abnegación, solidaridad, etc.–, pero no se refieren a la misma cosa.

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