Anna Forés recibe el Premio “Ciencia y Humanismo”

Cuando la ciencia se convierte en transformación humana

En un contexto donde la educación, la ciencia y el desarrollo personal a menudo transitan por caminos paralelos, hay personas que persisten en integrarlos. Y hay premios que, más allá del prestigio académico tradicional, buscan precisamente reconocer esa intersección. Este es el caso del Premio “Ciencia y Humanismo”, otorgado a Anna Forés por su contribución al desarrollo humano desde la neuroeducación y la resiliencia.

El Premio “Ciencia y Humanismo” está impulsado por el Instituto Ben Pensante junto con la Fundación Vicente Ferrer. Se trata de un reconocimiento que emerge en un espacio híbrido: el de la divulgación científica aplicada, la educación y el desarrollo humano. Un territorio que hoy resulta central para comprender los desafíos educativos contemporáneos.

Una trayectoria más allá de los méritos

Hay recorridos profesionales que, además de los títulos, las publicaciones o los reconocimientos recibidos, se comprenden desde una forma de estar en el mundo. La de Anna Forés es uno de ellos. Y quizá por eso el Premio “Ciencia y Humanismo” no solo encaja con su trayectoria, sino que parece una prolongación natural de lo que ha venido construyendo durante años.

Porque hablar de Anna Forés no es solo hablar de una profesora universitaria o de una investigadora en educación. Es hablar de alguien que ha asumido una tarea tan compleja como necesaria: hacer que la ciencia —y en particular la neurociencia— salga de los márgenes académicos y entre en la vida real, en las aulas, en las conversaciones pedagógicas y en la experiencia cotidiana de quienes aprenden y enseñan.

Tender puentes entre el cerebro y el aula

Su trabajo ha girado de manera constante en torno a una idea que hoy puede parecernos evidente: que aprender es algo más que un proceso cognitivo; es un proceso social y emocional. Desde ahí, su aportación a la neuroeducación ha consistido en tender puentes. Puentes entre el conocimiento científico y la práctica docente, entre lo que sabemos sobre el cerebro y lo que sucede cada día en los contextos educativos.

Esa capacidad de llevar conceptos complejos a prácticas significativas es, probablemente, una de las claves de su mirada. Y también una de las más difíciles de sostener sin caer en simplificaciones.

La resiliencia como propuesta educativa

Pero hay algo más en su recorrido que merece detenerse. Y es su insistencia en la resiliencia como capacidad profundamente humana que puede cultivarse, enseñarse y acompañarse.

En un sistema educativo muchas veces centrado en el rendimiento, en los resultados y en la evaluación, introducir la resiliencia como eje implica un cambio de mirada. Supone reconocer la vulnerabilidad, el error, la dificultad… y convertirlos en parte legítima del proceso de aprendizaje como condiciones necesarias para crecer.

Un reconocimiento con sentido social

El hecho de que este premio se entregue en el marco de un evento con vocación solidaria añade otra dimensión. Nos recuerda que la educación, la ciencia y el desarrollo personal no son fines en sí mismos, sino medios para algo mayor: la construcción de una sociedad más consciente, más justa y más humana.

En este sentido, el reconocimiento habla tanto de quien lo recibe como del tipo de comunidad que lo impulsa y de los valores que quiere visibilizar.

Un comentario

  1. Increíble, premio bien merecido, he tenido la gran suerte de tener a Anna a mi lado durante un año, así pues me siento agradecida por ello, gracias equipo por formar parte de un mundo generacional mejor

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