Donde los libros se vuelven conversación I

El poder de los relatos

Hay algo que el cerebro ama casi tanto como aprender: las historias. Desde que las escuchamos, se activan múltiples redes cerebrales que nos ayudan a comprender, anticipar, recordar y, sobre todo, sentir. Organizan la información, le dan sentido y convierten la experiencia en algo memorable; por eso una buena narración no solo se lee, también se vive.

Y es precisamente en los espacios donde las historias circulan de forma natural donde ese poder se hace más evidente, en contextos cotidianos en los que escuchar y compartir se convierte en algo casi espontáneo.

Todo el mundo conoce el poder de una buena sobremesa. Esa conversación relajada de después de comer —sin agenda, sin objetivos— en la que de pronto se dicen las cosas importantes, se establecen conexiones inesperadas y se escuchan frases que quedan. La sobremesa nos regala tiempo para la conversación tranquila, para la complicidad y para afianzar relaciones personales.

Una sobremesa de Sant Jordi, el Día del Libro

Y como en la tertulia —ese momento mágico donde las palabras construyen vínculos más fuertes que cualquier abrazo—, hoy compartimos una sobremesa para hablar de los libros que nos acompañaron, de la primera frase que nos atrapó y de la emoción con la que los recibimos.

Para rememorar el pasado Sant Jordi, invitamos a los miembros de la Cátedra a contarnos qué libro les regalaron, a compartir algunas frases y a explicar qué sintieron. El resultado es una pequeña constelación de lecturas donde cada libro ilumina una emoción: entusiasmo, sorpresa, curiosidad, ilusión, gratitud, fascinación o alegría.

Libros que despiertan emociones

Núria Tomàs compartió El cerebro en danza. Movimiento Cuerpo Mente, de Joaquín de Luz y Nazareth Castellanos.

No eligió el inicio del libro, sino un texto que la atravesó especialmente:

“Estoy bailando. Ya no importa lo que haya pasado en mi vida o lo que esté pasando. Cuando llega la hora de salir ante el público, solo sé, sin pensarlo, porque es como una intuición, que mi mente tiene que estar alineada con mi físico.”

Su emoción fue el entusiasmo, porque encontró reunidas dos de sus grandes pasiones: el baile y la neurociencia.


Carme Trinidad habló de Pleibak, de Miren Amuriza.

Escogió un párrafo inicial que abre una puerta a la historia:

“No sabría decirte cuándo comenzó todo esto. Veo nuestras versiones infantiles lanzando huesos de yegua a la fosa de Arremiñe; tú esparciendo un puñado de polvo de tierra por encima del montón y yo colgando el cráneo de la rama de un pino. Pero no sabría decirte cuándo ni cómo comenzó.”

Su emoción fue la curiosidad y la ilusión, porque le gusta leer autoras jóvenes y descubrir formas distintas de escribir y de mirar el mundo.


Fabián Román compartió Mil cerebros. Una nueva teoría de la inteligencia, de Jeff Hawkins.

Seleccionó el primer párrafo, uno de esos que despiertan asombro desde el primer momento:

“Las células que tienes en la cabeza están leyendo estas palabras. Piensa en lo extraordinario que es eso. […] Una sola célula no puede leer, ni pensar ni hacer casi nada. Sin embargo, si juntamos suficientes células para formar un cerebro, no solo leen libros, sino que los escriben.”

La emoción principal fue la curiosidad, acompañada de admiración por la complejidad de la naturaleza y de motivación para seguir aprendiendo.


David Castrillo trajo Diseñar hasta los límites, de Coral Elizondo.

La frase que destacó fue una invitación a recuperar la pedagogía:

“¿No es una contradicción que cada vez hablemos más sobre cómo aprendemos, y menos sobre cómo enseñamos?”

Su emoción fue una profunda gratitud, porque no esperaba recibir ese libro.


Rosa Casafont compartió El juego del silencio, de Gil Partsobrerroca.

Eligió un primer párrafo muy literario y evocador:

“El reloj del comedor acababa de marcar las nueve de la noche.
Valeria, una niña de siete años de ojos azules como el cielo, jugaba delante de las llamas de la chimenea, sentada en el suelo, sobre la suave alfombra de lana.”

Su emoción fue la sorpresa.


Isa Piédrola recibió El puente donde habitan las mariposas, de Nazareth Castellanos.

La sorpresa llegó al abrir el libro y encontrarse con el poema de Antonio Machado:

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino, y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino sino estelas en la mar.”

Lo leyó en voz alta en casa de sus padres y eso lo convirtió en un momento muy especial, lleno de recuerdos familiares y afecto. La emoción que describe es una mezcla de sorpresa y ternura.


Marta Ligioiz compartió Un laberinto en mi espejo, de Fatim Ligioiz.

“Hay días en los que me miro en el espejo y no me reconozco. No es por el paso del tiempo, ni por las ojeras; ni siquiera por esas arrugas que, tiempo atrás, comenzaron a escribir su propio poema sobre mi rostro. No me reconozco porque no sé quién está ahí, mirándome.”

Sintió una profunda gratitud por quien escribe y transmite sus pensamientos, sus historias.

La emoción de las primeras palabras

Cada una de estas lecturas muestra que un libro es una experiencia emocional y relacional. El cerebro recuerda mejor aquello que conecta con la emoción, con la sorpresa o con la identificación personal, y por eso la primera frase de un libro puede convertirse en una especie de umbral hacia una nueva manera de pensar o sentir.

En esta sobremesa de Sant Jordi, los libros se nombran, se comparten, se comentan y se viven en voz alta. Y quizá ahí esté parte de su magia, en que leer también puede ser una forma de encontrarnos.

Aún quedan historias por compartir

Esta es solo una parte de esta sobremesa. En próximas entradas seguiremos recogiendo libros, primeras frases y emociones que nos conectan.

Y, como en toda buena conversación, esta también está abierta: si te apetece, anímate a compartir cuál fue tu libro, su primera frase y lo que sentiste al recibirlo.

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