ImaginARTE la educación: cuando el arte y la neurociencia se dan la mano

Una de las enseñanzas más valiosas del VI Congreso Internacional de Neuroeducación fue comprobar que creatividad, arte y emoción conviven —sin contradicción— con la evidencia científica y con el pensamiento más riguroso. La neuroeducación se consolida como un campo interdisciplinar maduro, capaz de dialogar con la neurociencia más actual, pero también con las prácticas educativas, artísticas y emocionales que sostienen la vida cotidiana en las aulas.

En esta edición se dieron cita voces procedentes de ámbitos tan diversos como la biología del aprendizaje, la música, la psicología, la educación emocional, el bienestar, la comunicación, la magia, el movimiento o las artes escénicas. Ofrecieron un mosaico de perspectivas complementarias, siempre fundamentadas en investigaciones recientes y en experiencias aplicadas que permiten comprender mejor cómo aprende el cerebro, qué papel juegan las emociones, cómo influye el cuerpo y de qué manera el arte puede activar procesos cognitivos esenciales.

Las intervenciones fueron un recorrido por la atención, la flexibilidad cognitiva, la memoria, la regulación emocional, el pensamiento creativo, la conciencia corporal y la motivación. Música y atención, emoción y plasticidad, sistemas de recompensa, ilusión, comunicación, bienestar docente… Cada pieza formó parte de una invitación común: repensar la educación desde dentro, con profundidad, humanidad y ciencia.


La neurocientífica Mara Dierssen nos recuerda algo fascinante: oímos con el cerebro, no con los oídos. La música activa redes neuronales complejas, desencadena contacto sináptico, estimula áreas motoras y dispara dopamina. Y lo hace desde la infancia, modulando un cerebro especialmente plástico.

Su mensaje central es muy poderoso: la música aumenta las conexiones neuronales. Melodía, ritmo y armonía no son solo códigos artísticos; son también códigos biológicos que moldean la conducta, la cognición y la emoción.


Rosa Casafont nos adentra en el territorio donde creatividad, neuroplasticidad y emoción se encuentran. Crear, dice, es un proceso biológico, social y estructural que impulsa el progreso.

El arte activa asociaciones libres, pensamiento analítico, creatividad y experiencias subjetivas profundas. Y, quizá lo más revelador: lo que atendemos, lo reforzamos. Por eso la experiencia artística —especialmente cuando incorpora música— transforma la percepción, la memoria, la cognición y la motricidad.

La música, en particular, aparece como un arte que atraviesa todo el cerebro y provoca cambios físicos y psicológicos sin pedir permiso.


La ponencia de José Ramón Gamo toca un tema muy actual: ¿está la tecnología al servicio del ser humano… o somos nosotros quienes servimos a la tecnología? En un momento en el que la IA generativa crece exponencialmente, Gamo nos invita a evitar el catastrofismo y, al mismo tiempo, a no caer en la ingenuidad.

Comprender cómo y para qué se usa la inteligencia artificial es clave para evitar repercusiones negativas —especialmente en funciones ejecutivas y en la alteridad—. La propuesta que lanza es clara: más conciencia, más control y más criterio cultural para que la tecnología impulse, favorezca el progreso humano, y no que lo perjudique.


Jesús Guillén, fiel a su estilo, parte de algo tan sencillo como poderoso: la magia en la educación ocurre aunque los estudiantes no estén en el espacio educativo. Y esa magia surge cuando conectamos la neurociencia con la educación, la vida cotidiana del aula.

Desde el control inhibitorio hasta la memoria de trabajo y la flexibilidad cognitiva, Guillén nos recuerda que las funciones ejecutivas no son lujos mentales, sino herramientas imprescindibles para aprender, convivir y autorregularse. Y que pueden fortalecerse a través de experiencias significativas: proyectos ApS, espacios de bienestar, videojuegos educativos, metacognición o aprendizajes en comunidad.

La evidencia lo confirma: lo que vivimos emocionalmente se aprende de verdad.


De las aportaciones de Mara Dierssen, Rosa Casafont, José Ramón Gamo y Jesús Guillén emerge una idea común: comprender el cerebro no es suficiente; necesitamos activar la emoción, el cuerpo, el movimiento, la imaginación y el pensamiento crítico para transformar verdaderamente la educación. La música como arquitectura neuronal, el arte como motor de cambio interno, la inteligencia humana frente a la incertidumbre tecnológica y la magia como metáfora de una pedagogía intencional… Cada uno de estos enfoques nos invitó a mirar la educación desde una perspectiva más amplia, más profunda y más humana.

Este recorrido compartido reveló que la creatividad y la ciencia no solo conviven: se potencian mutuamente. Y, sobre todo, que generar experiencias educativas con sentido —que despierten curiosidad, bienestar y conexión— es tan esencial como dominar los contenidos o planificar metodologías. La neuroeducación emerge así como un espacio fértil donde el pensamiento riguroso se entrelaza con la emoción y la belleza de aprender.

En la siguiente entrada continuaremos con las voces de David Bueno, Marta Ligioiz, Emilia Redolar junto al Mago Stigman, y Antonio Domingo, explorando cómo la imaginación, el arte, la magia y la música siguen expandiendo los límites de lo posible en la neuroeducación.

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