
Hace tiempo que se sabe que el genoma, y más concretamente las variantes génicas que tenemos para cada uno de nuestros genes, influye en la personalidad que manifestamos. Ser más o menos agresivos, empáticos o sociables, por mencionar algunos ejemplos, depende, en parte, de las variantes génicas, o alelos en terminología científica, que hayamos heredado de nuestros progenitores. Sin embargo, la relación entre el genoma y la personalidad no es directa, ya que se establece una interacción muy compleja con el ambiente. En todas las características de personalidad, el ambiente donde ha nacido y se ha educado una persona, y también donde vive en un momento determinado, influye de manera importante en cómo las manifiesta.
Por ejemplo, una persona puede tener poca predisposición genética a ser agresiva, pero si el ambiente donde ha crecido y donde vive es muy competitivo y los conflictos abundan, puede acabar mostrando un nivel de agresividad más elevado que otra persona que, quizás teniendo más predisposición genética, viva en un ambiente estable donde la colaboración sea la tónica habitual. Un trabajo publicado por un equipo de investigadores de diversas universidades y centros de investigación andaluces, estadounidenses y finlandeses, encabezado por el psiquiatra norteamericano Claude Robert Cloninger, ha hecho un descubrimiento sorprendente que permite incorporar un matiz muy importante en la descripción anterior.
Según acaban de publicar en Molecular psychiatry, no solo el genoma de cada uno y el ambiente donde vivimos influyen en la personalidad. La misma personalidad que manifestamos, y más concretamente el nivel de creatividad, de autoconocimiento y de trascendencia que cultivamos, contribuye a regular cómo funcionan los genes implicados en la personalidad y, como repercusión, mejoran la sensación subjetiva de bienestar y la salud. En este contexto, la palabra transcendencia hay que entenderla como la orientación o la actitud que tenemos hacia experiencias y valores que vayan más allá del ego o del interés personal, lo que permite que podamos centrarnos en aspectos que ultrapasen las preocupaciones individuales, como puede ser la conexión con las demás personas y la naturaleza, o el sentido que damos a nuestra vida.
Para hacer este estudio utilizaron datos del Young finns study, que es un estudio longitudinal realizado en Finlandia que se inició en 1980. El objetivo principal es investigar los factores de riesgo cardiovascular en niños y jóvenes y cómo estos factores afectan a la salud cardiovascular a lo largo de la vida, pero los datos recogidos pueden utilizarse en muchas otras investigaciones científicas. En concreto, pidieron a 459 participantes de este estudio finlandés que contestaran un test de personalidad denominado Temperament and character inventory. Evalúa siete dimensiones principales de la personalidad: cuatro relacionadas con el temperamento, que son la búsqueda de novedades, la tendencia a evitar daños, la dependencia de las recompensas y la persistencia ante los obstáculos, y tres relacionadas con el carácter, que son la capacidad de cooperar, la capacidad de guiarnos a nosotros mismos y la trascendencia.
Con una muestra de sangre correlacionaron el genoma concreto de cada uno de estos voluntarios con las respuestas que habían dado. Es una metodología denominada Genome-wide association, que permite identificar regiones genómicas que estén asociadas con características concretas, en este caso las vinculadas a la personalidad.
Esta comparación les permitió identificar 45 genes reguladores implicados en la autorregulación emocional, como por ejemplo en la gestión de la ansiedad, y 43 genes más también reguladores implicados en la capacidad que tenemos de dar sentido y significado a nuestra vida. También identificaron seis genes reguladores más que permiten coordinar las acciones de estos dos grupos de genes. Además, vieron que este centenar de genes actúa regulando más de 4.000 genes diferentes del genoma, que de manera directa o indirecta actúan sobre algún aspecto de nuestra personalidad, en la plasticidad neuronal, que es la capacidad de las neuronas de crear nuevas conexiones entre ellas para fijar y gestionar los aprendizajes que hacemos y las experiencias que vivimos, y en la salud.
Más allá de estos datos concretos, uno de los aspectos más interesantes que observaron es que el grado de creatividad que mostraban los voluntarios del estudio, de autoconocimiento y de trascendencia, tal como la hemos definido al inicio de este artículo, también contribuye a ajustar cómo funcionan este centenar de genes reguladores. Y, en consecuencia, a través de ellos, regulan cómo funcionan los demás 4.000 genes implicados en esta red génica.
Esto genera una sensación subjetiva de bienestar más intensa, una mejor calidad de vida e, incluso, una salud física más robusta. Dicho de otro modo, este trabajo indica que cultivar estos aspectos de la personalidad, que son la creatividad, el autoconocimiento y la trascendencia, impacta positivamente en el funcionamiento de nuestros genes e incrementa el bienestar y la salud.
* Traducción del artículo de David Bueno “La creativitat i l’autoconeixement milloren el funcionament dels gens”, publicado en el Diari Ara, el 25 de mayo de 2024.