Les dedicamos a los niños la palabra y la escucha que merecen 

El lenguaje: una revolución en el cerebro

Somos una especie social, y la socialización implica necesariamente comunicación. Lo hacemos constantemente con miradas y gestos, y de manera muy especial con el habla. Aprender a hablar ejerce un efecto muy profundo en el cerebro. Altera la conectividad neuronal y permite incrementar exponencialmente la complejidad de nuestros pensamientos. Podemos pensar en imágenes y sensaciones, pero para organizar pensamientos complejos hablamos con nosotros mismos en un diálogo interno. Cuanto más amplio sea el vocabulario y más complejas las estructuras gramaticales, más ricos podrán ser nuestros pensamientos y reflexiones.

La adquisición del lenguaje es uno de los procesos más fascinantes del desarrollo infantil. De hecho, etimológicamente, “infante” proviene del latín infantis, que significa “el que no habla”, en referencia a los más pequeños, que todavía no pueden expresarse con palabras, aunque con el tiempo ha evolucionado para designar a los niños y a las niñas en general. Excepto en algunas neurodivergencias específicas, todos los bebés nacen con una capacidad innata de adquirir el lenguaje. El cerebro dispone de unas estructuras que, evolutivamente, se han seleccionado para esta tarea, como las áreas de Broca y de Wernicke, entre otras.

Aprender a hablar es aprender a vincularse

Sin embargo, el modo en que aprendemos a hablar y a comprender el lenguaje está profundamente vinculado a la calidad de las interacciones verbales que tienen con los adultos de su entorno. Los recién nacidos no aprenden a hablar escuchando pasivamente, sino a través de la interacción activa de las conversaciones y de los juegos. Los niños que crecen en ambientes donde se habla mucho y se los escucha tienen un vocabulario más extenso y unas estructuras gramaticales más ricas. Y, en consecuencia, una mejor comprensión del lenguaje, lo que les facilita la lectura y la escritura, y les potencia la capacidad de razonar y reflexionar. También tiene un impacto directo en su desarrollo cognitivo, emocional y social, y por lo tanto en la imagen que adquieren de sí mismos, su autoestima y la calidad del vínculo que establecen con las demás personas. Cuando los niños sienten que son escuchados y se les responde de manera empática, aprenden a identificar y regular sus emociones, también en relación con las demás personas.

Educar para comprender: una llamada a recuperar la conversación

Aunque todavía no hay demasiados estudios, la sensación es que en general está disminuyendo el tiempo que las familias dedicamos a hablar con nuestros hijos e hijas y a escucharlos. Estamos tan atareados, o así nos lo quieren hacer creer, y pensamos que tenemos tantas cosas que hacer, incluido el hecho de satisfacer nuestras ambiciones y pasatiempos personales, que sacrificamos el tiempo y la calidad de las interacciones y de las conversaciones con los niños. Una encuesta realizada en Australia hace unos meses reveló que un 17,99 % de los padres no encuentran tiempo para ellos mismos durante el día, y un 25,5 % solo pueden dedicar entre 30 y 60 minutos diarios de tiempo de calidad a sus hijos e hijas. Otro estudio publicado en 2024 en JAMA Pediatrics encontró que, por cada minuto adicional de tiempo en pantalla, los niños escuchan 6,6 palabras menos y participan en 1,1 interacciones menos con sus progenitores. Y aun otro, una encuesta realizada en 2020 en Reino Unido encontró que los progenitores pasaban solo cinco horas semanales en comunicación cara a cara con sus hijos.

¿Dónde quiero llegar con todo esto? Aumentan las voces que, con buena parte de razón, dicen que niños, niñas y adolescentes tienen cada vez más dificultades para reflexionar sobre textos escritos, hecho que viene avalado por los resultados de las pruebas PISA. Y que la calidad de los vínculos sociales está disminuyendo. La mayor parte de estas voces críticas enfatizan el papel de la escuela y cargan contra las metodologías actuales. Sin duda, los aspectos educativos son mejorables, pero creo que estamos olvidando que el inicio de todo esto son las relaciones familiares, los vínculos de calidad que deben establecerse en este ambiente, con tiempos generosos de habla y escucha activa, sin pantallas ni otros distractores. No en vano, uno de los principales predictores de éxito académico es la estimulación del lenguaje y la lectura desde pequeños. Hablar a los niños y escucharlos de forma atenta es mucho más que un simple acto de comunicación; es una herramienta poderosa para favorecer su desarrollo psicológico y cognitivo, y una sociedad más empática y reflexiva.

 * Traducción del artículo de David Bueno “Parlem prou als infants i els escoltem prou”, publicado en el Punt Avui, el 14 de abril de 2025.

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