
Dicen que la memoria tiene olfato. Basta un aroma para que el cerebro, en un instante, nos transporte a escenas que creíamos perdidas: la humedad de la tierra al plantar semillas, un libro abierto por primera vez, una cafetería desconocida que de repente nos resulta familiar. No lo pensamos, simplemente sucede. Es el poder del sistema olfativo, uno de los más antiguos del cerebro, que conecta directamente con la amígdala y el hipocampo, donde emoción y memoria se entrelazan.
La biología de la memoria olfativa
La memoria olfativa funciona de manera fascinante: los receptores olfativos en la nariz detectan las moléculas de olor y envían señales al bulbo olfativo, que actúa como primer centro de procesamiento. Desde allí, la información se transmite directamente a la amígdala, encargada de la respuesta emocional, y al hipocampo, donde se integran las memorias episódicas. Esta vía directa permite que los olores activen recuerdos y emociones sin pasar primero por el tálamo, lo que explica la intensidad y la rapidez con la que un aroma puede evocar memorias vívidas. Además, la memoria olfativa se refuerza mediante conexiones con otras áreas sensoriales y motoras, de modo que el olor, además de despertar un recuerdo, puede activar también sensaciones táctiles, auditivas e incluso cinestésicas asociadas a la experiencia original.
Más allá de los cinco sentidos
A medida que crecemos, solemos dar más espacio a la memoria verbal o visual y menos a la memoria sensorial. Sin embargo, son los sentidos los que anclan los aprendizajes más duraderos. Como recuerda Antonio Damasio (1999), “no hay aprendizaje sin emoción, ni emoción sin cuerpo”. El cerebro aprende mejor aquello que hemos tocado, olido, escuchado o sentido en la piel.
Integrar todos los sentidos en la enseñanza, independientemente de la edad del alumnado, la etapa educativa o el contenido, permite abrir rutas de aprendizaje más profundas y duraderas. Cuanto más incorporamos olores, texturas, sonidos, movimientos, propiocepción e interocepción, más estimulamos la atención, la memoria y la curiosidad. Cada experiencia sensorial activa el cerebro de manera integral, haciendo que aprender sea un acto vivido, completo y significativo.
Recordar es sentir
La neuroeducación nos recuerda que el cerebro aprende a través del cuerpo, y que los sentidos son las puertas de entrada del conocimiento. Como señala David Bueno (2017), “no nos limitamos a los cinco sentidos clásicos que describía Aristóteles; nuestro cerebro utiliza muchos más sentidos, como la propiocepción o la interocepción, todos ellos esenciales para aprender y vivir plenamente”. Oler, tocar, escuchar, moverse o mirar con atención son formas de mantener vivo el aprendizaje y de favorecer que el cerebro continúe tejiendo conexiones significativas.
Quizás por eso, cuando un aroma nos devuelve de golpe a un momento del pasado, lo hace con una fuerza especial: no solo recordamos el hecho, revivimos la emoción. Y es esa huella emocional la que nos enseña que recordar también es sentir, y que aprender, en el fondo, sigue siendo una experiencia profundamente sensorial.
Referencias
Bueno, D. (2017). La cuna del yo: un viaje autoconsciente al cerebro. En: Aprender a ser. Ed Graó.
Bueno, D. (2017). Neurociencia para educadores. Ed. Octaedro
Damasio, A. (1999). El error de Descartes: La emoción, la razón y el cerebro humano. Barcelona: Crítica.
Un comentario
Exactamente! y cuando todos estos sentidos y emociones llegan al cuerpo la sinestesia hace su trabajo entrelazándolas y llevándonos más allá de lo que esperábamos.