el chorizo y yo, yo y el chorizo

catalina i maria

Carne de cerdo, sal, pimentón, LACTOSA, aromas, dextrina, azúcar, ajo, estabilizante (E-451), antioxidantes (E-301, E-331), conservadores (E-252, E-250), fermentos, colorante (E-120). Tratamiento de superficie: Conservadores (E-202 y E-235). Puede contener trazas de derivados LÁCTEOS. 119g de carne para 100g de producto final.


chori-zen !!!

MUY IMPORTANTE


Sobre la digestión, los gases y el anteproyecto:

ideación:

De verdad, qué paciencia hay que tener. Estamos enfadadas. Muy enfadadas. Estamos que nos cagamos en la mano de los nervios. Hay emociones que hinchan como gases. Que hacen que nos ardan las tripas. 

Hay escozores que son peores que el ácido sabor del chorizo en nuestras lenguas. Ciertas cosas irritantes que producen un resentimiento inexplicable. Caminamos encorvadas al son de los retortijones. Llevamos teniendo dolores estomacales desde que tenemos uso de razón. ¿O es la razón de nuestra vida y una faceta definitoria que los tengamos? Los gases hay que sacarlos por algún lado. Nos quieren con el estómago pequeño y aquí no paramos de tragar mierda. La digestión se vuelve un proceso frustrante y abrumador. 

Buscamos. Ansiamos. Anhelamos encontrar la fórmula de la relajación y la felicidad a través de una exploración gastrointestinal que estamos convencidas de que es el núcleo de manifestación de todas nuestras inquietudes. Somos un colectivo con dispepsia crónica. De saciedad precoz. Necesitamos alcanzar el estado de iluminación. La paz absoluta. Y una liberación total del sufrimiento que concluya en su desaparición eterna.

formalización:

El proyecto se vertebra por talleres + materiales gràficos.

talleres: documentación fotográfica. (ya se especifiacrá información via mail)

  • Primero. La semana del 20 de abril.
  • Segundo. La semana del 4 de mayo.
  • Tercero. La semana del 18 de mayo.

Abril

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Mayo

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materiales gráficos:

  • De promoción de los talleres (carteles, flyers...)
  • Para los talleres (sorpresa :) )
  • Publicación final, a través de la documentación de los talleres + reflexión.

 


 

Esta memoria contiene un ejercicio de relatos y reflexiones -más o menos conexos- que se inicia con un café de entre-clases muy revelador, y se continúa como un viaje torpe y desesperanzado por recobrar la fe. Nuestra insistencia se ha movido por el bocadillo de chorizo que nos ha acompañado en los recreos de nuestra adolescencia. Gracias, chorizo, por recubrir nuestras paredes estomacales con tu grasa picantona. Tú nos has preparado para resistir en la ácida corrosión.

 

El 24 de septiembre de 2023, Maria, sin conocer de nada a Catalina, escribió esto:

La historia que os vengo a contar no supuso ningún punto de inflexión en mi vida, no hizo que me planteara nada y ni mucho menos adquirió un estatuto de anécdota. Me gusta porque es una de esas historias que solo cobran sentido cuando el recto cauce de la vida hace de las suyas.

Estaba sentada en un banco del recreo con mis amigas. Desprendiendo juventud. No soy mucho de incisos, pero estamos en ese limbo de inocencia que va del nacimiento hasta la pubertad emergente y que, si nos basamos en mi escala de crecer siendo mujer asumiendo sus respectivas consecuencias sociales, también me gusta llamar el A.V.M. (Antes de que la Validación Masculina me importara). Dicho eso, me estaba comiendo un bocadillo de chorizo. Tampoco os creáis que me apasiona el chorizo. Con el tema bocadillos siempre he ido por etapas, en mi línea diré, pues mi mundo lo mueven las obsesiones. Seguramente, estaba pasando por un momento donde no podía concebir otro embutido que no fuera el chorizo. Creo que su poca frecuencia entre mi pan acentuó mi desconfianza ese día. Es que el chorizo es exageradamente rojo, casi irreal a los ojos de una preadolescente con pocas preocupaciones más allá de si tendrá que ir o no a lavarse las manos dependiendo de cómo decida atacar su desayuno. Charlábamos de un tema normal, imagino. Una conversación rozando lo cordial, tonta y vulnerable, pero sin dejar de ser amena. Se trata de una pausa de treinta minutos, no da para ponerse intensos. Además, nos gustaba ponernos delante de la cantina, para ver pasar a la gente y comentar cuando fuera tremendamente necesario.

Pasaros unos chicos cuyos nombres recuerdo a la perfección y si, lo viera preciso, podría encontrar sus casas por el Google Maps. Siento volver a los incisos, pero por el bien de mi imagen pública debo recalcar que por aquel entonces vivía en un pueblo, de allí este extenso conocimiento. Todas notamos algo raro. Susurraban y, tímidamente, me señalaban. De eso me enteré unas semanas después, pero se había esparcido el rumor de que me había dado besitos más bien guarros que bonitos con un chico de otra clase. Mi nulo contacto masculino lo negó al enterarse, pero ese dato lo confieso más por vuestra curiosidad que por el papel irrelevante que jugará en esta historia. Repito, se trata de un pueblo. Sin saber muy bien a lo que atenerme, decidí girarme hacia mis amigas y soltar por la boca: ¿tengo chorizo? De todas las películas que me pude montar, que iban de la mofa a lo inherentemente pícaro de su gesto, decidí creer que llevaba la cara teñida de rojo chorizo. Desde que me acordé de todo esto del bocadillo, pienso cada día en cómo ha podido existir una versión mía a la que le importara tan poco lo que hiciera o dejara de hacer un hombre cuando se tratara de mí. Una versión tan beta, tan inconsciente y poco ecléctica. No me afectaba el mundo, o al menos no me daba cuenta de que me afectaba.

Muchas veces le pido consejo o mando recados a mi yo chorizo. Creo que es sano dejarse llevar por este alter ego para equilibrar la balanza. Pero a la vez tengo mis dudas. Deseo con todo mi ser volver a ese punto de inocencia y a la vez sé que ya he traspasado el de no retorno. Detestaría cambiar lo que soy.

 

El 27 de octubre de 2025, Catalina, sin conocer de nada a Maria, escribió esto:

La feminidad y yo. Yo y la feminidad. Nunca hemos ido de la mano, ni hemos sido mejores amigas, ni nos hemos caído especialmente bien. Es más bien un punto de inflexión respetable por ambas partes. Cuando más mujer me siento, es cuando más insoportable veo que soy.

Sí, correcto, yo también me he cortado el pelo por los hombros. Me he hecho un flequillo que luego iba como le salía del coño y nunca me quedaba recto. Tengo el puto pelo encrespado de cojones porque por algún motivo plancharte los rizos con 14 años cada día de tu vida era experimentar lo que ahora llamamos healing era. Me he hecho eyeliners que podían dar la vuelta al mundo, gordos, gruesos y con más producto del que debería. Hubo una época que solamente toleraba el pintalabios rojo y no concebía ningún otro tono labial. Me lucí tanto en los debates de 3° de la ESO que me gané el premio a feminazi del curso y las mejores dedicatorias que tengo para recordar han sido los grandes comentarios que me hicieron por grupos creados específicamente para ponerme a parir. Ah sí, ahora que me acuerdo, volviendo a la indumentaria, por supuesto que he tenido las botas de 30 euros de plástico del PullandBear con tremenda plataforma que olía a fango y restos de alcohol de cuando me iba al descampado más roñoso de San Antonio a beber con mis amigas. Y sin duda alguna cuando me pusieron brackets fue el fin del mundo para mí, mi estabilidad, mi boca y mi autoestima. Pero en verdad no soy para tanto, considero.

Por otro lado, es correcto a mí, mi coleta no me la quitaba ni Jesucristo, yo dormía, comía, cagaba y vivía por mi coleta, encima que puto miedo coger piojos en el colegio y pasar a ser como una persona que tiene la lepra durante el curso entero, me pondrían algún mote, así que prefería evitarlo. Pero claro luego llevaba mi perfecto chándal marca Quechua del Decathlon de poliéster con tremendos agujeros tapados por parches de Piolín, porque hubo una etapa en la que el putísimo Piolín lo era todo para mí: las bragas, los parches, el estuche. Y era buena al fútbol, yo siempre digo que mi padre nunca me apuntó porque le tuvo miedo al éxito, éxito que es igual a miedo a que le hicieran bullying a su única hija. Pero mis compañeros fueron más rápidos que él. En plan, lo del fútbol casi que era lo de menos ya: yo era la marimacho. "Ja li agradaran ses coses de nenes" le dijo mi tutora a mi padre en una reunión para tranquilizarlo. Me gustaría confirmarle que tenía razón, que fue una especie de visionaria porque me han acabado gustando las tías. A menudo me deleitan con la frase de "ya te ha venido la regla, por fin eres una mujer". Cuando yo sentí que me había convertido en mujer, más bien fue cuando me entró un ataque de ira en 6° de primaria contra un compañero que iba a mi clase. Le metí un patadón en los huevos que lo tumbé y le estampé la puerta en la cara. Porque lo de la regla... Bueno, pues pensé que me había cagado encima para ser sinceros.

Así que no sé, es curioso porque en mis dos versiones tan distintas, seguía siendo la histérica de mierda y la rara de cojones. Yo pensaba que no tenían mucha relación. Igual no serían mejores amigas, pero primas hermanas casi que seguro que sí. Lo que las une a mi yo actual es que sigo sin soportar el jamón de York porque el chorizo de Plamplona me parece lo mejor y que estuviera escrito así en el Hipercentro de mi pueblo se ganó que a día de hoy siga pensando que es el mejor puto embutido de la faz de la tierra.

 

No solo tenemos en común lo del bocata, las dos estamos crónicamente enfadadas con el mundo y tenemos unos dolores de tripa tremendos, una acidez insoportable y cagaleras explosivas ante la primera señal de nerviosismo. En cierto modo, el hecho de ser grotescamente insoportables de adolescentes se fue alineando poco a poco con nuestra condición indigestiva. Empezamos a creer firmemente en la somatización emocional como un acto político, de resistencia ante lo que no se digiere. Como una brecha entre la vivacidad y la autolesión en respuesta a una sensación de desafección generalizada.

Pasados unos meses y muchos más cafés, las dos nos sentamos delante de una hoja muy grande y escribimos este mega mapa del chorizo.
 


Diseccionando el mega mapa del chorizo:

 

¿Cómo volver a la carne? 

Si accedes a mi historial de chats y escribes en el buscador “me cag” te toparás con dos escenarios muy oportunos. En uno me cago en la estampa de algo o alguien. Estoy muy enfadada y, de hecho, ojalá cagarme literalmente encima de lo que provocó mi disputa interna. En el otro caso, estoy llegando tarde, me he ido de sopetón, advierto de que no puedo contestar a una llamada, pido una pequeña pausa o, simplemente, comunico que me cago y eso me impide hacer lo que sea que deba hacer. A veces, una es consecuencia de la otra y me cago encima del enfado. Incluso, puede que se fusionen y derive en un mensaje difuso donde pueda significar ambas.

Así que no, no me voy a poner a hacer listas de gratitud en mi libreta con patrón de puntitos semi-opacos en la taza del váter chorreando mierda líquida que va tiñendo -también con un patrón de puntitos- las paredes blancas del inodoro. Y, mientras escribo todo esto, en mi libreta con patrón de puntitos me pregunto ¿por qué las formas de supervivencia acaban pareciéndose demasiado a desaparecer?

Hay modificaciones que sufre nuestro organismo peores que cualquier desvariación escatológica irritable para nuestros sistemas. Existe una nueva variante patológica más peligrosa: el feminismo disociativo.  Núria Gómez lo describe como la más novedosa forma de lobotomía moderna de la cultura post-traumática. Se trata de un ejercicio de pensar la fealdad de las heridas sin romantizarlas. La mejor manera de conducirnos a una sumisión apática. No existe nada más doloroso que vivir con el piloto automático en estado de indiferencia pura. Adoptamos un desapego emocional y, por lo tanto, terminamos aceptando la carencia del sentido vital como defensa ante las tensiones. Nos hacen creer que es un acto voluntario de resistencia que denota tranquilidad y seguridad, cuando en realidad el único efecto que acaba generando es la creación de un engañoso wellness de carácter individualista. Esto es lo que hay en el patio: quieren cuerpos obedientes y ritualizados que no ocupen espacios y que no necesiten más que el silencio que les propicia el “saber estar”. Nosotras somos un tubo digestivo húmedo y tembloroso. Solo entendemos de hambre, gases y saciedad, como cuando no articulamos palabra. Debemos tensar los límites entre la ausencia y el autocuidado para una viva supervivencia, a menos que queramos terminar todas con el cráneo agujereado.

Marta Azparren también se ganó un hueco en mi libreta del journaling el otro día. Su función propone un feminismo “fuera de quicio” a partir de una cartografía del ayuno voluntario con relación a las imágenes. Las Fasting Girls no deben entenderse como un diagnóstico individual, son un síntoma colectivo de la tendencia contemporánea de desvanecerse dentro de las propias imágenes. Apuntan a la desaparición de la vida. Este ensayo diseccionado hecho teatro toma como punto de partida a las artistas del hambre de finales del siglo XIX. Ellas fueron las primeras víctimas del escaparatismo visual. Eran observadas y observaban en su no comer. Replicamos saciedad viendo comer. Por eso los libros de cocina pueden quitar el hambre. El folleto de Bofrost se vuelve una revista porno en una escena de exceso gastronómico: un voyeurismo mediado y una saciedad vicaria. Lo que antes mostraba el cristal, ahora se ha convertido en una pantalla que encuadra su imagen dentro de este festín virtual. Bajo una premisa común, claro. El ayuno contemporáneo se ha forjado bajo las fórmulas del escaparate. Marta se pregunta: ¿Puede una imagen alimentarnos?

Está claro que mirar y comer son dos operaciones distintas. Simone Weil anotaba en sus cuadernos que para ella la felicidad eterna es ese estado en el que mirar es comer. Casi como una digestión que evita la garganta, el estómago y el intestino delgado. Las huelgas de hambre que practicaba se podrían entender como la última expresión de libertad que tiene la gente que está muy privada de la libertad como entidad propia. Como último gesto de protesta posible. Aparecen, véase la similitud de hoy en día, en momentos de control estructural sobre nuestros cuerpos como indicio de una falsa autonomía.


Ahora voy que me cago en la mano

mail 1:

Hola de nuevo, sabes quienes somos, 

Hemos escuchado tus tripas rugir desde lo más profundo de nuestras entrañas. Tus vibraciones son nuestras vibraciones a partir de hoy. Qué paciencia hay que tener ¿Verdad? Inhala. Exhala.

Si has recibido este mensaje es porque tú también te cagas en la mano de los nervios. Compartimos emociones que nos hinchan como gases. Que escuecen más que el ácido sabor del chorizo en nuestras lenguas. Sabemos que hay cosas que escondes en tus húmedos e irritables intestinos. Si quieres caminar encorvada al son de los retortijones, debes dejarte llevar por los procesos gástricos. No luches contra aquello que crees que es el enemigo. Transfórmalo, únete a él. ÚNETE A NOSOTRAS.

Proponemos un encuentro de meditación colectiva para, por fin, atenderse a una misma. Para ello, deberás traer unos auriculares que se conecten a tu dispositivo electrónico de elección. Escucha. Preferiblemente acudir en ayunas. Abstente. Y por supuesto, valoramos y promovemos el cuidado, con lo cual una esterilla o alguna especie de superficie blanda sobre la que puedas descansar es más que bienvenida. Reposa.

Buscamos. Ansiamos. Anhelamos encontrar la fórmula de la relajación y la felicidad a través de una exploración gastrointestinal que estamos convencidas de que es el núcleo de manifestación de todas nuestras inquietudes. Encarnamos la dispepsia crónica. Tú también necesitas alcanzar el estado de iluminación. La paz absoluta. Una liberación total del sufrimiento que concluya en su desaparición eterna.

Encontrémonos. Edifici MENJADORS - Facultat de Belles Arts, Carrer d’Adolf Florensa, 3, Les Corts, 08028 Barcelona. Jueves día 30 de abril de 2026. 14.15-15.00.

Un ácido saludo,

Las del chorizo.


Me arden las tripas

El ajo embadurnado en miel en ayunas ya ha pasado a la historia, no te enteras. Ahora se lleva en ginger shot con un poco de cúrcuma. Ni se te ocurra olvidarte de la pimienta, las propiedades desinflamables de la cúrcuma valdrían de nada sin unos granos de pimienta molidos. Confieso que me tranquilicé mucho el otro día porque descubrí que tengo un cronotipo vespertino y por eso me cuesta tanto levantarme por las mañanas. Ahora entiendo porqué en las noches me desvelo y evito pensar en la hora que me pondré la alarma. Cuando me levanto me da vueltas la cabeza, pero prefiero no tomarme el café de primeras, eso dispararía mis niveles de cortisol.

El balance como doctrina para una vida estable y dopaminérgica. Peso la ración de arroz y me disuelvo mi creatina diaria en un vaso de agua. Tomo las palabras de Frankie Pizá con su aguda descripción de esta mecánica como un rosario secular de micro-hábitos donde, ser libres, se torna sinónimo de mantenerse bajo control. Es importante llenarse el estómago de chorizo en una realidad menguante. En una realidad Ozempic y bariátrica que sueña alcanzar el cuerpo sin apetito. El cuerpo que siente menos, necesita menos y ocupa menos. El cuerpo que se forja en el bienestar apático. 

El negocio del nuevo milenio reside en la gestión política y técnica del cuerpo humano. A partir de su experiencia autoadministrándose testogel, P. B. Preciado precisa un nuevo capitalismo psicotrópico que se sostiene a partir de la producción de esteroides, las imágenes pornográficas, las drogas, las megaciudades y las tecnologías de comunicación. Un régimen que define como farmacopornográfico, donde la ciencia deviene la religión de la modernidad, dado que su capacidad rebasa la pura descripción. La ciencia genera una realidad comprometida con una existencia tranquila y placentera. Va más allá de un control panóptico, ahora la carne deviene instrumento de un programa político. 

"El éxito de la tecnociencia contemporánea es transformar nuestra depresión en Prozac, nuestra masculinidad en testosterona, nuestra erección en Viagra, nuestra fertilidad en píldora, nuestro sida en triterapia. Sin que sea posible saber quién viene antes: si la depresión o el Prozac, si la Viagra o la erección, si la testosterona o  la masculinidad, si la píldora o la maternidad, si la triterapia o el sida” (Preciado, 2020).

El chorizo nace del presentimiento de que algo está sobresaliendo. Es el momento previo a la administración del propio cuerpo. Ante una retórica de la gestión, nos repetimos. Veneramos la regurgitación ácida y desobediente. Si se escapa un tropezón, mejor. Ya consumimos productos, somos lo que comemos. Nos comemos explicaciones correosas sobre nosotras mismas. Demasiado insípidas y flexibles para nuestros dientes afilados. Vivir bien se ha convertido en no sentir demasiado y nuestro cuerpo es impredecible.

Les prometimos a nuestras adeptas respuestas. Después de mostrarnos enfurecidas en clase, íbamos a dar con las fórmulas de la relajación. Intentaríamos habitar el agotamiento y cuestionar la temporalidad del alivio hasta hacer tambalear las lógicas del bienestar. Seguimos pensando en si es posible sentir sin que eso se torne una tarea.


COMER Y CAGAR UN BOCADILLO DE CHORIZO

Comunión choriza:

Hola adepta. Sabes quienes somos. Tu bilis sabe porqué estás aquí. Así que agárrate a la hierba y haz ventosa con el ano. 

Sabemos que tu barriga está tensa y hundida, lo aprendiste de pequeña a falta de una cintura estrecha. Relájate y dale espacio a tus órganos. Nota como van apareciendo huecos entre tus vísceras mientras te hinchas y respiras profundamente acompañando a esa sensación. Cuando inhales hincha tu pecho y deja que tu barriga se contagie del aire. Exhala y comprime. 

La goma del pantalón cada vez aprieta más y más. Es molesta. Desabrocha botones, baja cremalleras, desata lazos. Aquí los cuerpos están llenos de gases, con protuberancias vibrantes y líquidos ácidos contenidos por pieles rosas, gruesas y aterciopeladas en nuestro interior. 

Visualiza esos vacíos que van quedando e imagina que tu cuerpo se va agujereando por esos huecos, dejando que la luz del sol del mediodía te atraviese el tronco, reflejando puntitos brillantes a través de tus cavidades. Si te asomaras a los agujeros podrías ver tu estómago irregular y torcido, oler tus tripas o pellizcar un trocito de tu intestino delgado y sacarlo para saltar con él a la comba. Entre tus costillas, la luz revelaría las texturas aceitosas de los nervios que conectan tu cerebro con el intestino. Si tuvieras una visión colonoscópica y pudieras acercarte a tus túneles gruesos desde dentro, te encontrarías con un triste y despoblado ecosistema bacteriano por una evacuación reiterada de heces que se ablandan por tu desasosiego. Pasa la escobilla si es necesario y guarda tu comba intestinal de nuevo. Aprieta sin miedo y tapona con el dedo índice el orificio por donde la hayas sacado. Tranquila, volverá a su sitio. Ahora la necesitas. Acomoda tus jugos gástricos y acércate a tu bocadillo.

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Confirmación choriza:

Claro que estás de vuelta, adepta. Tu sangre ya circula más roja que nunca. Has bajado una larga escalera de caracol que se enrosca desde tu esófago y nos lleva hasta aquí: a las puertas de la conversión definitiva. 

No sabemos cuál es tu nivel de urgencia ahora mismo. No sabemos si estás tumbada en el sofá o ya preparada en la taza del váter. Lo que está claro es que retumban tus tripas con el vibrante sonido de los gases desplazándose por tu tubo digestivo. Un sonido idéntico al de las cañerías que te conectarán con tantos otros tubos digestivos durante los próximos minutos. Te cagas viva.

 

Ahora sí, vamos a respirar.  

 

Sabes como se llaman esos ruidos de tu tripa. Se llaman borborigmos.

 

Lo decimos juntas: Bor, bor, bor (susurro). Borborigmos, borborigmos (te queremos). Bor, bor, borrr (más susurros).

 

Estás sintonizada con tu cuerpo, ya has sentido la llamada. Tu esfínter interno te ha mandado las señales, le ha dado a probar un trocito de mierda a tu ano. Lo está degustando y le manda la reseña gastronómica a tu cerebro. Respira de nuevo. Dirígete al baño si aún no lo habías hecho. Busca un inodoro donde reposar ese pandero.

Hemos masterizado el arte de la defecación. Solo tienes que pensar en toda la mierda que has tragado para ser capaz de escuchar a tu cuerpo y obedecer. Expulsar. Sigue este planteamiento de 14 pasos:

  1. Cierra los ojos.

  2. Concéntrate.

  3. Respira.

  4. Cuenta hasta diez.

  5. Cuenta diez ovejas.

  6. Pon las manos sobre tu abdomen.

  7. Palpa el dolor estomacal.

  8. Deja la mente en blanco.

  9. Piensa en algo o en alguien que te enfade mucho. No tiene que tener sentido. Nadie va a hacer una valoración de tu pensamiento. No hay nadie más escuchándote. Permítete odiar si nunca odias. Permítete sentir si nunca sientes. Permítete relajarte si nunca te relajas. Da paso a la calma. No eres marinero, tu nudo se puede deshacer. Tienes el control. Estas productivizando un proceso. Eres funcional. Tu cuerpo está sano. Sientes comodidad. Hay pensamientos que se desvanecen igual que la idea arraigada a ellos. Si te duele significa que está curando. “Bébete el zumo de naranja rápido que si no pierde las vitaminas”. Accede a tu interior. Navega. Recuerda: no es la nave, es el piloto (vos decíme butakera en tu tutú puse mi toto). Desaloja los gases.  Nota el tránsito intestinal haciéndose responsable de tu malestar. Valida. Cree. Convéncete. 

  10. Formula una frecuencia de tres palabras indigeribles para ti, que te recuerden a aquello que te enfada. Encuentra tus palabras clave.

  11. Repítelas. Adoctrina el bucle. Hazlo tuyo. Sé tu propia jefa.

  12. Concluye en el rito de la defecación afectiva: has digerido. Has completado la sentencia dictada por el tiempo. Tus órganos han descompuesto los alimentos que has ingerido. Tu estómago ha vuelto a empequeñecer.

  13. Eres efectiva para la sociedad.

  14. Ámate. Eres valiente. Lo has conseguido (te quiero).

Ahora sí que ya estamos. Límpiate como acostumbres. Toma consciencia de la cremosidad de tus heces ¿Cuántas veces te has tenido que limpiar? No tires aún de la cadena. Levántate y sigue observando. Contempla tu zurullo. Siente el ardor del ambiente. Intenta distinguir tu hedor en el aire. Respira. Cierra compuertas y deja correr el agua. No es un adiós, llevas el chorizo dentro, tu intestino lo ha absorbido y te ha dado la energía que ha hecho que puedas tirar de esa cadena. 

Ponte cómoda allá donde puedas, acuesta esas nalgas de nuevo. Vamos a hacer unas últimas respiraciones juntas. Ha sido un largo y fascinante viaje intradigestivo. Permítete emocionarte. No te preocupes, nos veremos pronto. El chorizo es omnipresente. 

CAGA CON GANAS


Andar a retortijones

Mi amiga y compañera de piso, Júlia, empezó hace unos años la carrera de Podología. Siempre nos reímos la una de la otra porque decimos ser muy diferentes, sin embargo, las dos siempre procuramos darle respuestas elocuentes a la otra para intentar saciar la curiosidad que emerge de los roces del convivir juntas. Hacía ya un par de semanas que estábamos atascadas en una pregunta ¿Debería una podóloga comprender cómo andamos? No me refiero a la biomecánica de la marcha, sinó a la comprensión de los factores políticos que moldean los trayectos. 

Poco después, empecé a leer lo que había escrito blanca arias estirada en su sofá o en su silla violeta esponjosa -como dice ella- parafraseando a Adriana Cavarero en su libro Blandito Blandito. En el capítulo Alineándose con la gravedad, blanca nos habla de Inclinaciones, un texto que establece una relación histórica de lo vertical con la idea de una vida bípeda, funcional y masculina. Y, perpendicularmente, lo que no se defina como un sostenerse firme sobre dos piernas, lo horizontal, quedará fuera de la definición de lo suficientemente humano. En esta oda a una ética postural inclinada, se insiste en la necesidad de asumir la vulnerabilidad como paradigma de lo vivo, "para así comprender que nuestra fragilidad, nuestra debilidad, nuestra dependencia, nuestra blandura o nuestra porosidad no cuestionan la vitalidad de nuestros cuerpos, la afirman”.

Se lo comenté a Júlia inmediatamente y nuestras preguntas sobre la forma que tenemos de caminar se alinearon, también, con la gravedad. Cuando éramos adolescentes nuestro grupo de amigas siempre animaba a Júlia para que hablase con el chico que le gustaba. Era incapaz, se ponía tan nerviosa que vomitaba. Vomitaba antes de los exámenes. Vomitaba cuando discutía. Vomitaba y vomitaba, sin explicación médica. Las emociones me hinchan y se me salen, decía.

Cuando se anda hinchada, sucede una desorganización corporal que se desencadena por una anteversión de la pelvis. Tus vísceras se abren paso al inflar tu barriga. Tus glúteos se relajan, se te comprime la lumbar y tus rodillas se bloquean. Puedes sufrir dolores de espalda y hay una mayor inestabilidad del pie. Se trata de una situación generalizada de sobresolicitación muscular. Cuando un músculo está demasiado cargado, deja de hacer su función. En cambio, cuando se tiene un retortijón y una se encorva en busca de alivio, pasa todo lo contrario. El encorvamiento es una retroversión pélvica, todo se tensa para mantener la pelvis. Entonces, las rodillas se doblan y se modifica tu centro de gravedad. Se le llama marcha espástica y se define como un trastorno motor caracterizado por la rigidez y la tensión muscular. La explicación me dejó un poco horrorizada al pensar si hasta en los gestos de protección más horizontales existen resquicios de un retorno a la verticalidad incipiente.

Las dos volvimos a la lectura: 

"Hay verdad donde se me encoge el corazón, donde se me deshidratan los ojos, donde me tiemblan las piernas, donde me sudan las manos, donde me da un tic en el ojo, donde se me revuelve el estómago. Tumbarse en el suelo no es un capricho cuando lo injusto te germina en la piel y brota en forma de sarpullido. ¡Me pica, me escuece: una herida!” (arias, 2025, pg. x).


Ahora voy que me cago en la mano (parte 2).

mail 2:

Hola de nuevo adepta,

Si estás leyendo esto es porque de un modo u otro, has sabido recobrar la fe. Has sido elegida por la fuerza de los ardores. Has rendido ante tus flácidos excrementos de una vez por todas. Has tenido que caer para, por fin, creer

Debes saber que las tripas nos arden como nunca. Pensamos que tú, más que nadie, debes alzar tu voz. No eres un simple parche adherente, lo eres todo. Es por este motivo que te queremos convocar a una manifestación pacífica en contra de los medicamentos antiácidos. Debes acudir. Sentir. Fluir. Gánate un aplauso a base de los rebotes de tus nalgas. Te lo mereces. 

El Almax ya se ha visto envuelto en polémicas por atacar a la fabada. Después de un extenso (anal)ísis de sus últimos actos publicitarios hemos detectado una fijación clara en contra del chorizo. Los de márketing nos la tienen jurada. Cómo si esa mierda de medicamento que hace efecto en menos de un minuto pero a duras penas aguanta más de una hora pudiera vencer a nuestro potente organismo choricero cagón. Si tu también te sientes una skinny legend después de tirarte el pedo más mortífero y maloliente de la faz de la tierra debido a una comida saciante y placentera: ESTÁS EN TU LUGAR SEGURO. Acude a la luz, es tu oportunidad.

Confirma tu asistencia respondiendo a este correo mediante un emoticono de caca. Si el horario no es el más favorable, háznoslo saber. Hablemos.

Encontrémonos. CRAI Biblioteca de Belles Arts - Universitat de Barcelona, Carrer de Baldiri Reixac, 2, planta baixa, Les Corts, 08028 Barcelona. Viernes día 22 de mayo de 2026. 15.15 (desea) - 16.30 h.

Te esperamos con ansias gamma,

Las del chorizo


Sin dejar residuo

Cuando tenía cuatro años, me acuerdo porque todavía vivía mi madre, me llevaron a una clase de ballet. Era el target de ese producto que alimenta la fantasía de otros: alta, delgada y tranquila. Es decir, inodora.

Recuerdo aquella sala de un color muy gris. El suelo crujía y las barandillas que conectaban con el espejo eran de madera vieja. Cuando mis pequeñas y frágiles manos rozaron esa madera, era de tal nivel su fealdad que me astilló los dedos. Había un espejo que ocupaba la pared entera, de arriba a abajo: formaba un bucle si te perdías en un punto exacto del centro. Creo que es lo más parecido a estar en otra dimensión dentro de un cubículo. Intento buscar algo a lo que aferrarme para sentirlo más real. Todas llevábamos un conjunto rosa palo, era igual que nuestra tez. 

No me quería poner las medias puntas, sentía que hacían de mi pie algo animalesco. Miré a la niña, una completa desconocida, que tenía al lado y le dije: “no quiero hacerlo”, en busca de una mirada compasiva. Me respondió fría y tajante diciendo que tenía que hacerlo, que debía obedecer a la maestra o se iba a enfadar conmigo. El cuerpo de baile es un espacio en el que desaparece la individualidad. Te convierte en ente. 

La desaparición pues, funciona como un espacio que ocupar y, a su vez, desocupar. Las niñas que más cosas sabían hacer de aquella clase eran las que llevaban yendo más tiempo y perpetuaban todo este imaginario. Al coger aire para levantar los brazos y colocarlos arriba para girar sobre sí mismas solo veía costillas, huesos y ligereza. Andaban de puntillas, sin rastro. Imaginaba entonces, que la finura debía doler menos.

La mirada ya viene con una expectativa. Si vas a ver el Lago de los Cisnes, es porque aunque nunca hayas oído el nombre de la protagonista ya tienes una expectativa sobre ese cuerpo. El cuerpo se convierte en comida para los ojos y tú has pagado por el gourmet. El principio de este movimiento reside en el deseo o en el pensamiento. O en ambos. La ausencia de deseo de tender hacia algo implica desvincularse. Por eso al final lo de menos es morirse: todas seguirían bailando.


Entre la investigación artística y el burn out

Dora García, en un intento de averiguar las diferencias entre la investigación artística y la convencional, decía algo como que la investigación artística se define por su falta de eficiencia, por ser circular, temerosa de llegar a conclusiones y desembocada en la búsqueda.

En cierto modo, convertirse en gurú de masas es una tarea complicada, sobre todo cuando estas son gurús digestivas orientadas a combatir la promesa de una vida sin fricciones. Esta contradicción tan absurda donde generamos una mitología metabólica y a su vez, una comunidad corporal ritualizada, ha sostenido la insistencia. Ni proyecto, ni investigación. La insistencia de volver una y otra vez sin la seguridad de la resolución. Una búsqueda por encontrar formas colectivas de estar afectadas sin pretensión de mejora. 

Como el pelo que se pierde por el desagüe de la familia de la calle Humboldt y que les lleva del desmontaje de sifón al buceo por cañería (Cortázar, 1962). El chorizo se convierte en el cuerpo extensible de una teología digestiva que adopta citaciones por mail, instrucciones y  respiraciones mediadas. 
La risa se debe a la colisión entre dos elementos opuestos, colisión que abre paso a la oportunidad de resquebrajar a nuestro gusto aquello que nos somete. El estar sometidas no es un problema en absoluto, más bien se trata de un placer proporcional al rendimiento que se pueda sacar de este hecho. Somos gurús de la relajación divulgando soluciones escatológicas. Vemos la chorrada, una fórmula para divertirnos y, por supuesto, una herramienta de resistencia ante la horrible consecución de fines útiles.

Seguramente, dada nuestra visión frágil y fragmentada del mundo, el trabajo se haya formalizado de una manera inexacta e insuficiente. Nos basta con transformar las funciones fisiológicas en experiencia estética. Recordemos también que la ironía siempre es un pacto, un compartir. Y es que el arte en este entramado solo puede convertirse en un espacio de problematización donde generar una interrupción de la percepción habitual, sin ninguna necesidad de por medio de saber si esta interrupción estética contiene, efectivamente, la capacidad de transformar o solucionar nuestros problemas. 

En términos achorizados, hemos intentado dar nombre múltiples veces a esta insistencia digestiva o, al menos, hemos intentado explicarles a nuestros familiares por qué hacemos esto en Bellas Artes. Por suerte, no lo hemos conseguido. Cuando a las cosas les das un nombre, desaparecen las dificultades. Lo que sí tenemos claro es lo siguiente:

 

  1. El chorizo se comparte. Solo se entiende cómo fenómeno, es colectivo o no es.

  2. El chorizo es grotesco. Si puede incomodar, debe hacerlo, sin tapujos.

  3. El chorizo es inútil. Podría perfectamente no hacerse.

  4. El chorizo desgarra. Parte de las dolencias personales.

  5. El chorizo es experiencial.

  6. El chorizo no es ambicioso. Es el rey de los mediocres.

  7. El chorizo se hincha. Es un proceso.


Manifestación Almax

Adeptas, los dolores de tripa que hoy sentimos no nos dejan un regusto picantón como de costumbre. Los dolores que hoy nos han reunido aquí estremecen nuestras lenguas de amargor. Están cebando a base de bicarbonato a células parietales. Coaccionan brutalmente nuestra hiperclorhidria. Hoy decimos basta. Hoy cobramos consciencia de nuestro cardias que tan sabiamente conecta nuestro esófago con el estómago, y lo cerramos ante tan perversa sustancia. Hoy saldremos de nuestra trinchera química, empapadas en mucosa y más corrosivas que nunca. Por eso estáis aquí. 

DELITO DE ODIO 1

DELITO DE ODIO 2

Nos hemos enfadado mucho con Almax. De hecho, su fonética le manda una señal tan directa a mi esfínter interno para cagarme en la mano que mi esfínter externo no es capaz ni de frenarlo: es diarreico. 

Armadas con pancartas, citamos a nuestras adeptas para manifestarnos en contra de este famoso antiácido. Programamos una ruta de peregrinación entre farmacias según su proximidad con charcuterías locales en las cuales cumplíamos una especie de ritual que constaba de: una lectura colectiva complementaria a nuestras teorías choriceras, una pregunta a la farmacéutica para llevar un seguimiento de las ventas de Almax (0-0-2) y unas ácidas gárgaras rojas en honor a la persistencia del chorizo en nuestros organismos.


HASTA PRONTO, RECUERDA RESISTIR EN LA ACIDEZ

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