50 SUPERÉXITOS

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Contexto. Mi propuesta surge de una necesidad de entender en profundidad y de criticar el funcionamiento de la industria musical en la era digital. La propuesta tiene un carácter satírico y sarcástico, y busca evidenciar las contradicciones en el funcionamiento de la industria musical, así como ahondar en las relaciones de poder que se establecen entre los distintos agentes implicados: artistas, usuarios e industria.
Me sitúo en el contexto de las transformaciones que ha experimentado la industria cultural desde la popularización de internet y la digitalización de la cultura. A comienzos de los 2000, la facilidad para copiar y distribuir obras musicales dio lugar a un intercambio masivo de archivos —bautizado como piratería— que puso en crisis los modelos tradicionales de propiedad intelectual y de distribución.
En el caso español, este conflicto se materializó, entre otras medidas, en la implantación del llamado canon digital, impulsado y gestionado por entidades como la SGAE, que establecía una compensación económica por copia privada aplicada a dispositivos y soportes de grabación. Esta medida, concebida como un mecanismo de protección para los autores, evidenció pronto tensiones legales y éticas: por un lado, la copia privada está reconocida como un derecho; por otro, se imponía una compensación económica indiscriminada a los usuarios, independientemente del uso real que hicieran de dichos dispositivos.
Paralelamente, surgieron movimientos sociales, colectivos y marcos legales alternativos que defendían el acceso libre a la cultura y cuestionaban los fundamentos del copyright tradicional. Sin embargo, lejos de resolverse, estas tensiones se han reconfigurado en el entorno digital contemporáneo, donde plataformas como Spotify –o Netflix, su par cinematográfico– han consolidado nuevos modelos de consumo basados en el acceso –o alquiler– en lugar de la propiedad.
En este escenario, la industria discográfica ha logrado rearticular sus mecanismos de beneficio, a menudo en perjuicio tanto de los artistas —cuyas remuneraciones son de risa— como de los usuarios, cuya actividad es constantemente monitorizada y explotada con fines comerciales. De este modo, el conflicto inicial en torno a la piratería y la copia privada no desaparece, sino que se desplaza hacia formas más complejas de extracción de valor, donde la cultura se presenta como accesible mientras se refuerzan, de manera menos visible, las mismas estructuras de control y desigualdad.
En este sentido, resulta fundamental introducir una cuestión a menudo omitida en los discursos institucionales: el papel que la libre circulación de archivos ha tenido en la difusión y sostenibilidad de muchos artistas. Lejos de constituir únicamente una amenaza, las redes de intercambio –la piratería– han funcionado históricamente como canales informales de promoción, permitiendo a músicos emergentes alcanzar audiencias que de otro modo habrían permanecido inaccesibles dentro de los circuitos tradicionales de la industria. En numerosos casos, esta visibilidad se ha traducido en oportunidades reales de profesionalización —conciertos, comunidades de seguidores, venta directa— que difícilmente habrían surgido bajo modelos cerrados de distribución.
Por lo tanto, la piratería no sólo no perjudica a los artistas, sino que puede contribuir a su desarrollo, a la vez que pone en cuestión el papel de intermediación de una industria discográfica que, más que sostener la creación, la ha estado parasitando durante décadas.
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Propuesta. A nivel formal, el proyecto pasa por diseñar Digisleeves o fundas de cartón para CDs, y probablemente libretos y/o etiquetas para CDs. La idea sería tomar modelos estándar de Digisleeve y transformar su contenido habitual, convirtiéndolo en un dispositivo crítico con el propio medio en que está materializado.
El CD del Artista es el primero de los tres CDs de esta propuesta. En él, se pretende profundizar en la política de remuneración al trabajo de los músicos –por parte, principalmente, de plataformas de streaming– exponiendo de forma directa las condiciones y los pagos con los que deben lidiar los artistas. Este CD está pensado como una funda explicativa con un CD grabable en su interior, destinada a que los artistas, hipotéticamente, puedan grabar su música. El libreto puede incluir un contrato ficticio, o explicar que lo pagado por el CD no llega al artista hasta que lo reproducen 1000 veces, y que un tanto % es para distribuidoras (si quieres el 100% de las ganancias también debes pagar anualmente a las distribuidoras).
Por ejemplo, un EP de 4 canciones que una banda independiente podría vender por 12$ para financiar la grabación de un álbum de estudio, con las condiciones actuales debería ser reproducido 1.000 veces por cada usuario para que generase 12$ a los artistas. Esto se calcula principalmente gracias al pago por reproducción de Spotify (0,003$), por lo tanto: 0’003$ x 1.000 reproducciones x 4 canciones = 12$. También son interesantes el mínimo de segundos escuchados para que una reproducción sea válida (30 segundos) y el mínimo de reproducciones anuales que debe tener una canción para poder monetizarla (1.000 reproducciones anuales).
El CD del Usuario parte de una idea sencilla: cuando algo es gratis, el producto eres tú. Para trabajar esta idea, mi propuesta es hacer un Digisleeve con su CD, y distribuirlo, hipotéticamente, de forma gratuita como CD promocional de Spotify. Sin embargo, el contenido de la funda y del disco es publicidad, registrada y grabada en el CD y acompañada por los títulos y los lyrics de los anuncios. Estoy valorando si incluir encuestas sobre preferencias que los usuarios puedan enviar a Spotify para que éste pueda hacerles llegar más CDs promocionales –es decir, anuncios– que tengan mayor interés para los usuarios. Con este último ejercicio, criticaría la recopilación de datos con fines publicitarios que, sin ser demasiado conscientes, hacemos de forma voluntaria, casi como si enviáramos encuestas por carta.
El CD de la Industria, para terminar, pretende evidenciar como la banca siempre gana, y en este caso, la industria discográfica es la banca. Con este último CD, quiero ahondar en la lucha contra la piratería y en cómo la industria musical, respaldada por la SGAE, estableció el Canon Digital, la tasa compensatoria por copia privada. Todos los productores y distribuidores de dispositivos que permiten grabar copias privadas de obras musicales y audiovisuales (móviles, discos duros, CDs, etc.) deben pagar esta tasa –en la práctica, la pagan los usuarios– destinada a que los artistas cobren los royalties. Por ejemplo, en el caso de un CD-R / CD-RW de 700 MB el Canon Digital ronda los 0,20€.
Sin embargo, hay dos grandes problemas. El primero: la copia privada sin ánimo de lucro está contemplada legalmente, es decir, el Canon Digital hace pagar –o compensar– al usuario por algo que, de hecho, es legal que haga. Se hace pagar al usuario por la posibilidad de hacer algo que ya tiene derecho a hacer: ni se presume la inocencia del usuario ni es coherente con el derecho a la copia privada. El segundo gran problema: ante la falta de información sobre qué obras son copiadas para uso privado por los usuarios, la SGAE plantea la compensación a los artistas en base a nociones como la “popularidad” o la “importancia” del artista. Aparentemente, parece tener sentido remunerar más a los artistas –intérpretes, compositores, sellos– más escuchados, pero la realidad es que esta distribución se basa principalmente en la cantidad de emisiones por TV y radio de cada canción, por lo que los artistas con discográficas más vinculadas a los medios de comunicación recibirán mejor remuneración para sí mismos y para los sellos donde trabajan.
Como resultado, el 5 % de los autores reciben alrededor del 75 % del dinero recaudado por el Canon Digital (entre 50 y 60 millones de euros), mientras que artistas alternativos reciben una fracción mínima, o nada en caso de no estar registrados en la SGAE. La industria hizo creer a los usuarios y a los propios artistas que la piratería perjudicaba a los artistas, pero realmente solo perjudica a los grandes sellos y a los músicos “importantes” y “populares” que promueven.
Mi propuesta aquí es, por lo tanto, una funda explicativa con un CD en su interior, para que puedas hacer copias privadas de las canciones de tus artistas emergentes o desconocidos favoritos, todo esto con la tranquilidad de saber que has pagado a Alejandro Sanz por ello. Se pueden incluir facturas o recibos ficcionados en el libreto, con nombres populares y cifras aproximadas en base a datos reales.
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Memoria. En esta sección explicaré cómo se ha desarrollado el proyecto y cómo ha evolucionado desde su planteamiento inicial hasta su materialización final.
En primer lugar, quiero decir que, pese a que la idea inicial consistía en una serie de tres CDs, solo he podido desarrollar uno. Esto se debe a que el proceso para concebir el CD conceptualmente, diseñarlo e imprimirlo ha sido mucho más laborioso de lo que en un principio había previsto. Sin embargo, la decisión de dedicar todo el tiempo disponible a un solo CD me ha permitido profundizar mucho en la coherencia interna del mismo, ya que, si hubiera intentado realizar los tres, creo que el discurso crítico —que considero imprescindible para este tipo de trabajo— hubiera sido superficial o, por lo menos, incompleto.
El proceso para desarrollar el CD comenzó con la grabación de 50 anuncios mientras escuchaba música desde YouTube Music. Recorté las grabaciones para que funcionaran como unidades separadas y añadí metadatos a cada archivo .mp3 para poder trabajar cómodamente. De esta manera, conseguí que tuvieran la forma de 50 canciones, con su título, artista y número de pista dentro del álbum.
El siguiente paso fue diseñar la funda del CD, ya que ésta marcaría tanto las decisiones estéticas principales (tipografía, recursos gráficos…) como las medidas del libreto. Por una parte, hice una búsqueda de los logos de las empresas cuyos anuncios había registrado, los deformé y elaboré una composición dinámica para realizar el fondo. Por otra parte, utilicé los colores de los logos (en su inmensa mayoría rojos, azules y algunos amarillos) para colorear el fondo con una estética policroma y llamativa, al puro estilo publicitario.
Seguí esa línea estética —además de hacer una investigación sobre CDs recopilatorios de música comercial reales— y escogí dos tipografías con las que inundar la portada de mensajes —o más bien eslóganes— cargados de ironía. “La banda sonora de tu vida” me pareció una forma bastante acertada de describir nuestra relación con la publicidad, ya que, desde la privatización de internet, nuestra atención es uno de los recursos más importantes con los que las empresas hacen negocio, y el resultado tangible es una experiencia saturada de publicidad de la que parece imposible escapar.
No pude encontrar ningún lugar donde llevar a imprimir, cortar y plegar las fundas por un precio razonable, así que me encargué de hacerlo yo mismo. Es un proceso divertido e interesante, pero considero que si quisiera continuar este proyecto y producir fundas a mayor escala sería necesario automatizar el proceso, ya que la probabilidad de equivocarse entre todos los cortes y los pliegues es bastante alta, y un milímetro de más puede marcar la diferencia entre un acabado pulido y uno defectuoso.
Una vez terminada la funda, diseñé la impresión que iría sobre el CD. Decidí invertir los colores que utilicé para el fondo para así conseguir variedad y una estética colorida y llamativa sin perder la coherencia con el aspecto de la funda. También añadí las 50 canciones-anuncios y sus artistas-empresas en el CD. Conseguí encontrar una imprenta en Barcelona donde imprimieran CDs (https://copyshow.es/) y, una vez impresos, les grabé las pistas. Decidí grabar las pistas como música y no como archivos porque así sería posible reproducirlos también en aparatos antiguos.
Por último, diseñé el libreto de 8 páginas siguiendo la línea estética del CD. Considero que en el libreto es donde se encuentra la crítica más dura al negocio que hay tras la publicidad. Hasta el momento, había intentado hacer una sátira de la cantidad de anuncios que consumimos por usar servicios de streaming que se presentan como gratuitos (o con versión gratuita). Sin embargo, en el libreto “Términos y condiciones de uso” profundicé en la extracción y el comercio de datos propios del capitalismo de vigilancia.
Tras las dos páginas de términos y condiciones —para los que investigué el contenido habitual de éstos— empieza el “divertido formulario” que da acceso, en términos publicitarios, a “obtener ventajas exclusivas”. Este formulario empieza con preguntas habituales (nombre, teléfono, país…) en cualquier servicio online. Sin embargo, pronto empieza la demanda de datos más concretos como la marca y modelo del dispositivo o los dispositivos Bluetooth vinculados (todos estos datos suelen ser extraídos al aceptar los términos de los servicios).
Más adelante, empieza la captación de datos acerca del comportamiento: qué canciones escuchamos antes de cerrar el servicio, cuánto duran nuestras sesiones de escucha o cuánto toleramos que nos coloquen publicidad. El formulario termina con preguntas extremadamente íntimas (afinidad ideológica, eventos traumáticos, perfil emocional…) que, si bien son datos que no se dan directamente, sí que son deducidos a través de nuestra conducta online a lo largo del tiempo, con el fin de elaborar perfiles de consumidor extremadamente precisos e incluso de vender estos datos a terceros.
Por último, al dar todos estos datos, el libreto termina con la promesa de que pronto llegará “50 SUPERÉXITOS: VOLUMEN 2”, una recopilación de publicidad personalizada que “¡no podrás parar de escuchar!”… aunque quieras.
Considero que el objeto en su conjunto funciona muy bien, ya que realiza una crítica a distintos niveles. Desde la frustración a causa del bombardeo publicitario constante hasta la extracción y comercio de datos personales, propios no solo de las plataformas de streaming de música, sino de prácticamente cualquier servicio digital gratuito. Una extracción de datos que, en la mayoría de los casos, nos hemos acostumbrado a aceptar voluntariamente.
Un aspecto que me ha gustado especialmente ha sido la sensación que genera reproducir el CD en un aparato real (como en la radio del coche). Por una parte, genera mucho extrañamiento que en un CD haya publicidad. Por otra parte, que después de dos o tres anuncios la publicidad continúe y no dé paso a una canción genera, además del hastío habitual, una especie de desengaño: la sensación de que a menudo el contenido publicitario es el tema principal tras un pretexto de acceso a la música.
Sin embargo, pese a la molestia de estar escuchando anuncio tras anuncio, la experiencia de escuchar “SUPERÉXITOS 50” es mucho más familiar de lo que a un@ le gustaría.
