Pay to Play / Play to Pay

Hugo Moreno Camín

Anteproyecto: Pay to Play / Play to Pay

Contexto. Mi propuesta surge de una necesidad de entender en profundidad y de criticar el funcionamiento de la industria musical en la era digital. La propuesta tiene un carácter satírico y sarcástico, y busca evidenciar las contradicciones en el funcionamiento de la industria musical, así como ahondar en las relaciones de poder que se establecen entre los distintos agentes implicados: artistas, usuarios e industria.

Me sitúo en el contexto de las transformaciones que ha experimentado la industria cultural desde la popularización de internet y la digitalización de la cultura. A comienzos de los 2000, la facilidad para copiar y distribuir obras musicales dio lugar a un intercambio masivo de archivos —bautizado como piratería— que puso en crisis los modelos tradicionales de propiedad intelectual y de distribución.

En el caso español, este conflicto se materializó, entre otras medidas, en la implantación del llamado canon digital, impulsado y gestionado por entidades como la SGAE, que establecía una compensación económica por copia privada aplicada a dispositivos y soportes de grabación. Esta medida, concebida como un mecanismo de protección para los autores, evidenció pronto tensiones legales y éticas: por un lado, la copia privada está reconocida como un derecho; por otro, se imponía una compensación económica indiscriminada a los usuarios, independientemente del uso real que hicieran de dichos dispositivos.

Paralelamente, surgieron movimientos sociales, colectivos y marcos legales alternativos que defendían el acceso libre a la cultura y cuestionaban los fundamentos del copyright tradicional. Sin embargo, lejos de resolverse, estas tensiones se han reconfigurado en el entorno digital contemporáneo, donde plataformas como Spotify –o Netflix, su par cinematográfico– han consolidado nuevos modelos de consumo basados en el acceso –o alquiler– en lugar de la propiedad.

En este escenario, la industria discográfica ha logrado rearticular sus mecanismos de beneficio, a menudo en perjuicio tanto de los artistas —cuyas remuneraciones son de risa— como de los usuarios, cuya actividad es constantemente monitorizada y explotada con fines comerciales. De este modo, el conflicto inicial en torno a la piratería y la copia privada no desaparece, sino que se desplaza hacia formas más complejas de extracción de valor, donde la cultura se presenta como accesible mientras se refuerzan, de manera menos visible, las mismas estructuras de control y desigualdad.

En este sentido, resulta fundamental introducir una cuestión a menudo omitida en los discursos institucionales: el papel que la libre circulación de archivos ha tenido en la difusión y sostenibilidad de muchos artistas. Lejos de constituir únicamente una amenaza, las redes de intercambio –la piratería– han funcionado históricamente como canales informales de promoción, permitiendo a músicos emergentes alcanzar audiencias que de otro modo habrían permanecido inaccesibles dentro de los circuitos tradicionales de la industria. En numerosos casos, esta visibilidad se ha traducido en oportunidades reales de profesionalización —conciertos, comunidades de seguidores, venta directa— que difícilmente habrían surgido bajo modelos cerrados de distribución.

Por lo tanto, la piratería no sólo no perjudica a los artistas, sino que puede contribuir a su desarrollo, a la vez que pone en cuestión el papel de intermediación de una industria discográfica que, más que sostener la creación, la ha estado parasitando durante décadas.

Propuesta. A nivel formal, el proyecto pasa por diseñar Digisleeves o fundas de cartón para CDs, y probablemente libretos y/o etiquetas para CDs. La idea sería tomar modelos estándar de Digisleeve y transformar su contenido habitual, convirtiéndolo en un dispositivo crítico con el propio medio en que está materializado.

El CD del Artista es el primero de los tres CDs de esta propuesta. En él, se pretende profundizar en la política de remuneración al trabajo de los músicos –por parte, principalmente, de plataformas de streaming– exponiendo de forma directa las condiciones y los pagos con los que deben lidiar los artistas. Este CD está pensado como una funda explicativa con un CD grabable en su interior, destinada a que los artistas, hipotéticamente, puedan grabar su música. El libreto puede incluir un contrato ficticio, o explicar que lo pagado por el CD no llega al artista hasta que lo reproducen 1000 veces, y que un tanto % es para distribuidoras (si quieres el 100% de las ganancias también debes pagar anualmente a las distribuidoras).

Por ejemplo, un EP de 4 canciones que una banda independiente podría vender por 12$ para financiar la grabación de un álbum de estudio, con las condiciones actuales debería ser reproducido 1.000 veces por cada usuario para que generase 12$ a los artistas. Esto se calcula principalmente gracias al pago por reproducción de Spotify (0,003$), por lo tanto: 0’003$ x 1.000 reproducciones x 4 canciones = 12$. También son interesantes el mínimo de segundos escuchados para que una reproducción sea válida (30 segundos) y el mínimo de reproducciones anuales que debe tener una canción para poder monetizarla (1.000 reproducciones anuales).

El CD del Usuario parte de una idea sencilla: cuando algo es gratis, el producto eres tú. Para trabajar esta idea, mi propuesta es hacer un Digisleeve con su CD, y distribuirlo, hipotéticamente, de forma gratuita como CD promocional de Spotify. Sin embargo, el contenido de la funda y del disco es publicidad, registrada y grabada en el CD y acompañada por los títulos y los lyrics de los anuncios. Estoy valorando si incluir encuestas sobre preferencias que los usuarios puedan enviar a Spotify para que éste pueda hacerles llegar más CDs promocionales –es decir, anuncios– que tengan mayor interés para los usuarios. Con este último ejercicio, criticaría la recopilación de datos con fines publicitarios que, sin ser demasiado conscientes, hacemos de forma voluntaria, casi como si enviáramos encuestas por carta.

El CD de la Industria, para terminar, pretende evidenciar como la banca siempre gana, y en este caso, la industria discográfica es la banca. Con este último CD, quiero ahondar en la lucha contra la piratería y en cómo la industria musical, respaldada por la SGAE, estableció el Canon Digital, la tasa compensatoria por copia privada. Todos los productores y distribuidores de dispositivos que permiten grabar copias privadas de obras musicales y audiovisuales (móviles, discos duros, CDs, etc.) deben pagar esta tasa –en la práctica, la pagan los usuarios– destinada a que los artistas cobren los royalties. Por ejemplo, en el caso de un CD-R / CD-RW de 700 MB el Canon Digital ronda los 0,20€.

Sin embargo, hay dos grandes problemas. El primero: la copia privada sin ánimo de lucro está contemplada legalmente, es decir, el Canon Digital hace pagar –o compensar– al usuario por algo que, de hecho, es legal que haga. Se hace pagar al usuario por la posibilidad de hacer algo que ya tiene derecho a hacer: ni se presume la inocencia del usuario ni es coherente con el derecho a la copia privada. El segundo gran problema: ante la falta de información sobre qué obras son copiadas para uso privado por los usuarios, la SGAE plantea la compensación a los artistas en base a nociones como la “popularidad” o la “importancia” del artista. Aparentemente, parece tener sentido remunerar más a los artistas –intérpretes, compositores, sellos– más escuchados, pero la realidad es que esta distribución se basa principalmente en la cantidad de emisiones por TV y radio de cada canción, por lo que los artistas con discográficas más vinculadas a los medios de comunicación recibirán mejor remuneración para sí mismos y para los sellos donde trabajan.

Como resultado, el 5 % de los autores reciben alrededor del 75 % del dinero recaudado por el Canon Digital (entre 50 y 60 millones de euros), mientras que artistas alternativos reciben una fracción mínima, o nada en caso de no estar registrados en la SGAE. La industria hizo creer a los usuarios y a los propios artistas que la piratería perjudicaba a los artistas, pero realmente solo perjudica a los grandes sellos y a los músicos “importantes” y “populares” que promueven.

Mi propuesta aquí es, por lo tanto, una funda explicativa con un CD en su interior, para que puedas hacer copias privadas de las canciones de tus artistas emergentes o desconocidos favoritos, todo esto con la tranquilidad de saber que has pagado a Alejandro Sanz por ello. Se pueden incluir facturas o recibos ficcionados en el libreto, con nombres populares y cifras aproximadas en base a datos reales.

https://www.duplicat.com/pdf/Digifile_DF1-13.pdf

 

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Grup/Projecte: 
PRINT_M2_25/26
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