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La Universidad de Barcelona se moviliza para ayudar a los profesores, investigadores y estudiantes que huyen de Ucrania tras el comienzo de la guerra. La relación actual entre la comunidad académica ucraniana y barcelonesa aspira a sentar las bases de una colaboración futura.

SOFIA LUCIANI

Los pasillos estrechos y blancos de la Fundación Clinic en Calle de Mallorca (Barcelona) no tienen más secretos para Alexander Martynenko. En la pequeña oficina que comparte con un compañero, el profesor e investigador de la Universidad de Járkov trabaja con una sonrisa y una mirada llena de satisfacción. Su entusiasmo madrugador consigue que el mobiliario gris y frío se convierta en un espacio cálido y acogedor. En su escritorio, desprovisto de objetos personales y ordenado de la misma manera que el día en el que le han entregado las llaves, dos realidades coexisten: un pequeño post-it amarillo pegado al ordenador con una frase escrita en su lengua materna: el ucraniano, y el libro “Gent Nostra Llull” del historiador y jesuita barcelonés Miquel Batllori. 

Hace un mes que él y su mujer Maryna Martynenko, catedrática de la Facultad de Economía, han llegado a Barcelona después de haber huido de Ucrania tras el comienzo de los ataques rusos. Una llamada al amigo y colega de trabajo Xavier Pastor les ha abierto las puertas de la ciudad condal y, desde su aterrizaje el 26 de marzo en el aeropuerto El Prat, su vida parece haber vuelto a saborear el placer de la normalidad. El está actualmente ocupado con el proyecto Leukemia, que pretende unir en un único sistema informático todas las bases de datos de las clínicas de Catalunya relativas a los pacientes afectados por la enfermedad. Ella por su parte  colabora con la sección investigativa de economía y estadística de la Universidad de Barcelona. Ambos se incorporan día tras día a esta nueva realidad profesional. Decididos a contribuir a la paz para su familia, a garantizar el bienestar de su hija que los ha acompañado en esta travesía, a apoyar a sus estudiantes que siguen fieles detrás de una pantalla de ordenador a pesar de la distancia, los dos refugiados evocan algo parecido a una misión: ̈ Creemos que cada persona tendría que contribuir a la paz en la medida en que sus trabajos lo permiten. Nosotros somos investigadores y nuestro trabajo debe ser nuestra herramienta para soportar la paz. La ciencia es la base de cada nación. ¨ 

Tras las huellas de los cónyuges Martynenko, otros seis profesores ucranianos están en proceso de contratación por parte de la Universidad de Barcelona. Algunos llegan por intermediación directa de colegas barceloneses  y otros recurren a la plataforma “Science for Ukraine”. Esta iniciativa, que nace de la idea de un grupo de estudiantes e investigadores internacionales, se propone ayudar a los científicos residentes en Ucrania, a los disidentes rusos y bielorrusos y a todas aquellas personas que se encontraban por trabajo en territorio ucraniano en el momento del estallido de la guerra. En Catalunya, y en particular en su capital, son muchos los centros de investigación y universidades que ofrecen empleos temporales, becas y oportunidades de transferencia para estudiantes o estancias de investigación. 

Alexander Martynenko y Maryna Martynenko en el edificio histórico de la Universidad de Barcelona, ubicado en Gran Via de les Corts Catalanes. Foto de Xènia Fuentes (UB)

Un compromiso que se expande

El vicerrector de la política de internacionalización de la Universidad de Barcelona, Raúl Ramos, explica que esta predisposición de la facultad a abrir sus puertas a los compañeros extranjeros para prestar asistencia, es algo que la caracteriza desde 2015 cuando se puso en marcha un primer plan de ayuda para los refugiados. Sin embargo, si en principio el concepto nacía con un enfoque puramente estudiantil para apoyar sobre todo a los que huían de Siria y Afganistán, ahora la gravedad y proximidad del contexto bélico actual han hecho extender las ayudas al personal docente investigador, administrativo  y de servicios. Ramos destaca que además de estar dispuestos a cubrir sus necesidades básicas, como por ejemplo facilitar un alojamiento, quieren integrarlos como nunca antes en la actividad diaria de su comunidad académica: ¨Cuando llegan aquí se les da la posibilidad de seguir desarrollando su carrera profesional en el ámbito en el que ellos encuentren que hay una mayor sinergia y que por lo tanto cuenten con el apoyo de nuestros profesores¨. En función de su nivel de idioma y de la complementariedad de los conocimientos, algunos de ellos se dedicarán a la investigación mientras que otros estarán más ocupados con la docencia. 

Esfuerzo y sacrificio colectivo

Decidir poner a disposición sus equipamientos y su personal, al mismo tiempo que asegurar unas condiciones de vida dignas para estos refugiados, tiene un precio y la Universidad de Barcelona lo sabe bien. Hasta ahora no ha visto la luz de ninguna aportación económica por parte del gobierno, lo que la obliga a gestionar autónomamente las repercusiones financieras. Esto representa un coste importante y un sacrificio, puesto que la única solución para dar una respuesta rápida a la situación parece ser la de cortar los fondos previstos para otras iniciativas. Si por un lado el vicerrector Ramos lamenta la falta de una actuación coordinada a nivel económico entre los distintos niveles, por el otro destaca con orgullo la ola de solidaridad que se ha generado en los últimos meses entre los miembros de la Universidad de Barcelona. 

Dada la urgencia del momento, muchos de ellos están dispuestos a ceder temporalmente sus segundas residencias y otros a agrandar sus familias para acoger a los desplazados. El tema presupuestario afecta también las contrataciones de estos profesores visitantes, que por el momento tienen como fecha límite diciembre de este año. Sin embargo, desde la dirección se está considerando posponer el vencimiento del acuerdo hasta febrero del 2023 para aquellas personas que tienen prevista la docencia en el curso académico que viene.

Cercanos en la distancia

Un compromiso invisible une a los profesores y estudiantes ucranianos que se quedan en su país por decisión propia u obligados por las circunstancias. En un contexto incierto en el cual se ha vuelto difícil planificar el día a día, la actividad universitaria es un refugio que permite mantenerse atados a la normalidad.  Los cortes de electricidad o el hecho de vivir en una zona marcada por los ataques no parecen ser un obstáculo a su voluntad de seguir aprendiendo y enseñando. Por su parte la Universidad de Barcelona dirige la ayuda a distancia hacia un colectivo específico, es decir los hombres entre 18 y 65 años que no tienen otra opción que quedarse en Ucrania. Para ellos las responsabilidades familiares y militares superan ahora sus compromisos académicos. Con el fin de integrarlos en la vida universitaria que llevaban antes, un programa de mentoría de la UB está en marcha para facilitar sus redacciones de artículos o proyectos de investigación. 

En concreto, los compañeros barceloneses se convierten en referentes disponibles en cualquier momento para resolver dudas y compartir informaciones útiles para sus trabajos. Raúl Ramos afirma que el deseo de él y su equipo es crear relaciones permanentes entre las dos comunidades, aprovechando los kilómetros que las separan para conocerse mejor y quizás dar vida a una cooperación duradera en el tiempo. 

Rector de la Universidad de Barcelona, Joan Guàrdia, y el vicerrector de Política de Internacionalización, Raúl Ramos, en la presentación del plan de acogida para la comunidad universitaria ucraniana. Foto de Xènia Fuentes (UB)

La esperanza para los estudiantes refugiados no se apaga

Más de 130 solicitudes han llegado a la Universidad de Barcelona por parte de estudiantes ucranianos que desean incorporarse a sus clases. Entre ellos hay alumnos de bachillerato, para los cuales la integración podría revelarse más complicada debido a la selectividad, y aquellos que ya empezaron su carrera universitaria y que por lo tanto necesitarán la homologación de los títulos. Al respecto, el responsable de la política de internacionalización subraya que la universidad no tiene ni autonomía ni capacidad para tomar decisiones que interesan el sistema educativo catalán y por lo tanto hace un llamamiento: ̈ Nosotros transmitimos a los órganos competentes la inquietud de cómo hacer este proceso y esperamos que puedan ayudarnos de alguna manera para que haya un reconocimiento más rápido de las titulaciones¨. 

Una de las posibles soluciones al problema consistiría en acoger a estos alumnos como si fuera en el marco del programa de movilidad Erasmus, aunque todavía la financiación de tal medida genera inquietud. Por ahora, el programa específico ¨ curso de transición a los estudios universitarios ̈ parece devolver un rayo de esperanza a estos jóvenes refugiados. A partir del 25 de abril hasta el 30 de septiembre, entre 15 y 20 estudiantes ucranianos participan en una inmersión lingüística y en el conocimiento del entorno, con el fin de intentar acceder posteriormente a las ofertas formativas de la UB. Contemporáneamente se  está haciendo un inventario de todas las formaciones que se ofrecen en inglés y que se pueden seguir online sin requisitos previos, para así garantizar la inscripción gratuita de los nuevos alumnos.

Han transcurrido dos meses desde el comienzo de la invasión rusa en el territorio ucraniano y los profesores Martynenko siguen adelante aferrándose a la esperanza y convicción que esta etapa de sus vidas no representa la meta final. Entre los miles de refugiados que ya han llegado a Barcelona, son muy pocos aquellos a quienes se presenta la oportunidad de seguir con sus ocupaciones y establecer así una rutina no tan diferente de la que conocen. Hoy más que nunca, un hilo une a los miembros del mundo universitario que han vuelto a hablar un idioma común: el de la solidaridad. 

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Sofia Luciani

Sofia Luciani, redactora Italiana de nacimiento, francesa de sangre. Graduada en ciencias internacionales y amante del deporte. Viajo para existir y escribo para recuperar la voz de los silenciados.
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One thought on “La solidaridad académica no conoce fronteras

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