Collins hunde los dedos en la herida de Haymitch con ‘Amanecer en la Cosecha’

Hay quien dice que la literatura juvenil murió de sobredosis de colmillos. Que hubo un tiempo, allá por los años dorados de 2010 a 2012, en el que los vampiros melancólicos y los triángulos amorosos dominaban las estanterías. No hay que juzgar demasiado: yo también caí. Crepúsculo marcó una era, inauguró la fiebre de las sagas adolescentes, y convirtió el romance paranormal en un fenómeno masivo. Pero entonces llegó Suzanne Collins. Y el juego cambió.

Con Los Juegos del Hambre no solo irrumpió una nueva voz, sino una nueva corriente: la distopía protagonizada por adolescentes. Sí, es cierto que Collins no inventó la rueda, Battle Royale y La Quinta Marcha ya estaban ahí, pero sí fue quien supo trasladarlo al gran público y triunfar con ello. Su trilogía no solo enganchaba: hablaba sin tapujos del poder, del miedo, de la manipulación, de la guerra como espectáculo… Y, aunque se presentaba como entretenimiento, dejaba vislumbrar destellos de verdad entre tanta oscuridad y mentira.

Ahora se dice que el fenómeno fue algo del pasado, una moda pasajera. Tras la trilogía original, el boom fue tan grande que todo lo que vino después olía a repetición, a fórmula, a nostalgia empaquetada para fans insaciables. Y fue con el regreso de Suzanne Collins en 2020 cuando me saltaron las alarmas: Balada de Pájaros Cantores y Serpientes no me entusiasmó precisamente, su densidad y falta de nervio la alejaban del pulso narrativo de la saga original. Por eso, cuando se anunció Amanecer en la Cosecha, una nueva precuela centrada en los juegos de Haymitch Abernathy, me vino la duda. Temía que esta nueva entrega fuera, como tantas continuaciones tardías, otro intento fallido por resucitar una saga ya cerrada solo para seguir exprimiendo su legado. Sin embargo, si algo hay que reconocerle a Collins es que sus precuelas, lejos de sentirse vacías u oportunistas, enriquecen el mundo de Panem con nuevas perspectivas.

Haymitch Abernathy de joven y de adulto / Fuente: Freepik

Amanecer en la Cosecha nos devuelve a la arena, y lo hace con el factor nostalgia. El libro es, en gran medida, la espinita clavada que muchos llevábamos años arrastrando, el guiño directo a quienes crecimos con la trilogía original. Está pensado para que cada referencia nos pellizque el recuerdo, para que cada escena nos remueva justo donde más nos duele. Y en el centro de todo, Haymitch y su historia. Sabemos perfectamente en qué clase de hombre destrozado y borracho va a terminar por convertirse el joven sereno y enamorado que aparece en las primeras páginas, y justo por eso, su evolución, DUELE. No por inesperada, sino por inevitable. Esta vez, Collins no solo nos cuenta una tragedia, nos hace asistir, con el corazón encogido, al origen de un trauma, a la descomposición de alguien a quien ya habíamos aprendido a querer roto.

Leer Amanecer en la Cosecha parece, a primera vista, un sinsentido. Los Juegos de Haymitch fueron narrados con luces y señales en En Llamas, el segundo título de la trilogía, y enfrentarse a una precuela cuyo final ya conocemos suena, cuanto menos, prescindible. Pero es ahí donde Suzanne Collins da el golpe. No reescribe la historia: la desmantela. El relato que creíamos conocer se abre, lo que dábamos por cierto se tambalea, y se revela como lo que es: una versión manipulada por el Capitolio. Y justo cuando el lector cree estar en territorio conocido, Collins retuerce las expectativas, dinamita la comodidad y nos obliga a mirar de nuevo. No para confirmar lo que sabíamos, sino para echarnos en cara todo lo que damos por sentado y aceptamos sin cuestionar.

La arena del los quincuagésimos Juegos del Hambre / Fuente: Freepik

No hace falta ir más allá de la propia arena para entender cómo opera esta lógica perversa. La arena de los quincuagésimos Juegos del Hambre no es solo un escenario de muerte, es una lección visual de propaganda. A primera vista, una pradera idílica: flores, arroyos, aves de colores y una montaña digna de postal. Pero bajo esa fachada se esconde una trampa letal. Las flores envenenan, las ardillas devoran carne, el agua intoxica y la montaña —sorpresa— es un volcán a punto de estallar. Todo ha sido diseñado con un propósito: que la belleza distraiga del horror, que la estética maquille la violencia y la verdad se vuelva irreconocible. Hasta que incluso la propia víctima duda de su experiencia, y el espectador consume una verdad que nunca ocurrió. Basta con observar el recuerdo de Lucy Gray, la ganadora de los décimos Juegos del Hambre y protagonista de Balada de Pájaros Cantores y Serpientes, cuya historia es una más de las mentiras del Capitolio y sus secretos.

Amanecer en la Cosecha me ha devuelto a aquel yo de 2012 que, por primera vez, se sumergía en el universo de Panem. Y aunque sin duda podría figurar entre mis lecturas favoritas del año, soy el primero en reconocer que no es un libro perfecto. Y es que como ya dije anteriormente, el factor nostalgia juega mucho a su favor, pero en ocasiones se siente excesivo, como si estirara demasiado la cuerda de lo que ya conocemos. A diferencia de Balada de Pájaros Cantores y Serpientes, que al menos intentaba innovar en lo literario, aquí Collins repite fórmulas, y es por eso que, en más de una ocasión, he tenido la impresión de estar leyendo de nuevo el primer libro. Además, pese a su potencial, muchos personajes quedan desdibujados, y el ritmo —aunque potente— a veces atropella escenas clave, como si entre tanto baño de sangre y drama ya diese igual una muerte de más. O, por el contrario, momentos en los que la narrativa se siente un tanto estancada.

Haymitch adentrándose en el bosque / Fuente: Freepik

Tal vez, al final resulte hasta conveniente que Collins no ahonde demasiado en muchos de los personajes. Y, sin embargo, ahí está la trampa: uno se encariña igual. Porque aunque pasen rápido, aunque apenas nos dejen conocerlos, la tragedia cala hondo. Saber que vas a tener que despedirte cuando justo los acabas de conocer, y que sus últimos momentos van a ser tan injustamente desgarradores, no te protege del golpe, ni aun sabiendo que la despedida es algo inevitable. Y Amanecer en la Cosecha lo sabe bien: no prepara, no consuela, no avisa. Solo arrasa. El duelo mancha cada página, y los últimos capítulos son sencillamente devastadores, te dejan tan roto como a su protagonista. Cuesta recomponerse. Y aun así, volvería a hacerlo, volvería a leerlo y os invito a hacerlo también. No tengo ninguna duda de que dentro de unos años Collins volverá a traernos otra novela de esta saga. Solo espero que después de esto, Suzanne Collins esté a la altura del dolor que ella misma ha vuelto a desatar.

Imagen destacada: Portada de Amanecer en la Cosecha, el quinto libro de Los Juegos del Hambre / Fuente: Freepik

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