Claret Muxart debuta con una obra que fluye entre emoción y forma, marcando un nuevo rumbo para la autoría europea. La ópera prima del director barcelonés Jaume Claret Muxart ilustra muy bien esta dicotomía.
Estrany Riu narra, en apariencia, la historia de Dídac, un adolescente de 17 años (interpretado por el novel actor Jan Monter), que recorre en bicicleta el río Danubio con sus padres y su hermano.
En este recorrido por el Danubio, una figura aparece en el agua y despierta el deseo de nuestro protagonista. Aunque no queda claro si se trata de una presencia real o de una proyección de su imaginación, Dídac comienza dos viajes: el primero, junto a su familia; el segundo, dentro de sí mismo. No hay un retorno muy claro de este último, que probablemente lo acompañará mucho más tiempo.
La realidad es una superposición entre aquello que sucedió y aquello que pudo suceder. Los recuerdos, tesoros de otras épocas, resultan vitales a la hora de construir relatos adolescentes. Un momento de la vida en el que la mitad de lo que acontece no vale lo mismo que todo lo que no llega a ser, al menos no fuera de nuestras cabezas. Según Fotogramas, la película busca: “imaginar una película líquida, centrada en la cualidad vaporosa de las emociones y experiencias adolescentes”.
Dídac comienza a explorar su deseo en lo que se considera cinematográficamente un coming of age, aunque Estrany Riu posee una profundidad que trasciende este género. Las comparaciones con el cine ruralista y autorreferencial de los últimos años no faltan, pero lo que diferencia a esta historia de otras es su nivel de introspección. Todos los personajes parecen estar en su propio trance, el cual muchas veces se torna onírico y un poco surrealista.

También vemos cómo el deseo y sus pulsiones se ven reflejados en la historia personal de su madre (Nausicaa Bonnín, Molt lluny), un tema recurrente en las creaciones de Muxart: la madre. Se da un reconocimiento mutuo que los une y los distancia a partes iguales. Lo opuesto sucede con su hermano pequeño, Biel (Bernat Solé), quien se encuentra confundido ante los cambios de su hermano, representando el contraste entre la reacción de un niño y la de un adulto frente a algo tan potente y misterioso como el despertar sexual.
Las imágenes alternan entre la velocidad de las bicicletas (sobre todo la de Dídac, en los arrebatos que tiene por momentos), que desdibuja el verde paisaje de ensueño de hojas y césped, y las escenas más bien contemplativas, como las del río fluyendo o los barcos que pasan. Sus fotogramas remiten a las películas de Éric Rohmer, el rey de los milagros cotidianos y de los paisajes veraniegos. Estrany Riu se despliega frente al espectador con una fluidez casi acuática.
Finalmente, aparece el joven del extraño río, cuyo magnetismo y misterio evocan a una sirena. Alexander (Francesco Wenz) y Dídac se conocen y, poco después, emprenden su propio recorrido por el río. También la madre de Dídac había vivido allí, años atrás, una experiencia similar con un amante del pasado. La memoria (y sus deslices) es una constante en el cine de Muxart, quien experimentó en carne propia esos recorridos familiares en bicicleta.
Reflexiones silenciosas, al estilo de los personajes de Mia Hansen-Løve, nos remiten de cierta manera a películas como las de Carla Simón (especialmente al corto Carta a mi madre para mi hijo), en las que los personajes no siempre verbalizan lo que sienten, pero lo dejan entrever. Sin embargo, Claret da un paso más: busca que el espectador se deje arrastrar por el trance acuático de la historia.
Con una filmografía reciente pero ya sumamente premiada, Jaume Claret Muxart se posiciona como una de las figuras a seguir de cerca en los próximos años, especialmente por su capacidad para explorar la memoria y el deseo desde una sensibilidad propia.