El Americana Film Fest inaugura su decimotercera edición con Late Fame, un film que cuestiona si el reconocimiento siempre es bueno.
Hay festivales que nacen para cubrir un hueco y festivales que nacen para iluminar una grieta. El Americana Film Fest pertenece a la segunda categoría. Trece ediciones después, sigue siendo el único festival de cine independiente norteamericano del sur de Europa y el que abre la temporada en Barcelona. Lo cual no es poca cosa en una ciudad que tiene por costumbre creerse que ya lo ha visto todo.
Para la noche del martes 10, la organización eligió el Cine Aribau como nuevo escenario de gala y Late Fame, de Kent Jones, como película de apertura. La elección tiene, si uno se detiene a pensarla, cierta coherencia. Un festival que lleva trece años rescatando cine que el circuito comercial español ignora abre con una película sobre un poeta que durante décadas no existió para nadie, hasta que un grupo de jóvenes lo redescubrió. Si eso no es un guiño de la programación, al menos será una casualidad.
Antes de que las luces se apagaran, Oriol de Balanzó, miembro fundador del festival, y Gloria Bonet, creadora y guardiana de su identidad visual, subieron al escenario para el ritual inevitable de los agradecimientos. Ambos agradecieron al público, a los patrocinadores del festival y a la administración pública por su apoyo económico. Los comentarios políticos fueron imposibles de esquivar, dada la situación actual de Estados Unidos, y Balanzó aprovechó para destacar el papel del cine independiente de cara al futuro. Posteriormente, los directores del festival pasaron a presentar Late Fame, en lo que sería su premiere española ante un Aribau con las butacas llenas.
El resto de la programación confirma que el festival va a por todas. 58 títulos, 38 largometrajes y 20 cortometrajes repartidos en secciones como TOPS, NEXT y DOCS. Guía Barcelona. Entre los platos fuertes se encuentra The History of Sound, de Oliver Hermanus, con Paul Mescal y Josh O’Connor: una historia de amor entre un cantante y un estudiante de música a principios del siglo XX, presentada en Cannes el año pasado.
La sección DOCS estuvo cargada de personalidad. Videoheaven, un videoensayo de Alex Ross Perry narrado por Maya Hawke, que reivindica el valor cultural del videoclub y su impacto en la historia del cine, desde Cronenberg hasta Gondry. No es casual que el festival haya elegido este año rendir homenaje a los cincuenta años del VHS con su imagen gráfica: ese invento que, para quienes tienen cierta edad, fue la única manera de descubrir el mejor cine indie antes de que internet llegara a hacer el trabajo sucio. La alianza creativa con Video Instan, el primer videoclub de España, representó otro de los puntos más interesantes, con proyecciones especiales en la pequeña sala de la calle Viladomat.
La retrospectiva estuvo dedicada a los hermanos Ross, cineastas que han hecho de la frontera entre ficción y documental su territorio creativo, reconocidos en diversos festivales de renombre. Sus cinco largometrajes proyectados en la Filmoteca de Catalunya son uno de los gestos más generosos de esta edición: un homenaje al cine documental que busca lo mágico en lo cotidiano, lo poético en lo mundano.
Trece ediciones dan para mucho, pero sobre todo dan para saber qué tipo de festival se quiere ser. El Americana ha respondido a esa pregunta cada año con la misma respuesta: el que se ocupa del cine que nadie más trae, y que demuestra que este, también llena salas. Late Fame, con su cartero poeta (guiño a Bukowski) y su melancolía sin catarsis, fue la apertura perfecta para un festival que también lleva años esperando, con toda la dignidad del mundo, que alguien repare en lo que hace, y que, este año, se ha superado con un número récord de espectadores.