Volver —y no volver— a Giovanni’s Room

Elenco saludando al finalizar la función en la Sala Gran del Teatre Nacional de Catalunya / Font: Alèxia Hernández

A propósito de su adaptación en el Teatre Nacional de Catalunya

Volver a Giovanni’s Room de James Baldwin tras ver su reciente adaptación en el Teatre Nacional de Catalunya fue una experiencia extrañamente familiar. No se trataba tanto de revivir una historia ya conocida como de percibir el peso del tiempo sobre mi propia mirada. Reducir la novela a un amor entre hombres en la París de los años cincuenta sería simplificarla en exceso. Baldwin va más allá, pues escribe sobre la fragilidad de la existencia humana, sobre esa tensión constante entre deseo y culpa, entre pertenencia y pérdida. Su obra, por ende, no ofrece consuelo y quizás por eso sigue resonando con tanta fuerza, porque nos obliga a confrontar, sin refugio posible, la verdad de nuestra condición humana.

Baldwin, J. (2001). Giovanni’s Room (Penguin Modern Classics). Penguin Books Ltd / Font: Lucía Losada

Desde el primer momento, la voz de David, el protagonista nos sumerge en un dilema existencial que trasciende toda coordenada posible de género o lugar:

“But people can’t, unhappily, invent their mooring posts, their lovers and their friends, anymore than they can invent their parents. Life gives these and also takes them away and the great difficulty is to say Yes to life.” (Baldwin, 1956, p. 11)

La dificultad de “decir sí a la vida” atraviesa toda la novela. Baldwin articula aquí una verdad que sigue siendo universal, residiendo en el hecho de que no podemos controlar lo que nos toca amar o perder, solo podemos enfrentar la realidad de esas pérdidas. La historia de Giovanni, entonces, no es solo la historia de un amor prohibido o reprimido, resulta ser la historia de la inevitabilidad del dolor que acompaña a todo vínculo humano.

La adaptación de Eline Arbo y Bart Van den Eynde presentada en el TNC hizo que esa realidad se sintiera aún más palpable. Ver los espacios, los gestos, los silencios, reforzó la sensación de que la habitación de Giovanni no es un simple escenario, pues es mucho más. La habitación de Giovanni es un territorio emocional, un lugar donde el tiempo se diluye y cada instante parece durar una vida entera. Baldwin lo describe a través de David:

“I scarcely know how to describe that room. It became, in a way, every room I had ever been in and every room I find myself in hereafter will remind me of Giovanni’s room. I did not really stay there very long—we met before the spring began and I left there during the summer-but it still seems to me that I spent a lifetime there. Life in that room seemed to be occurring underwater, as I say, and it is certain that I underwent a sea-change there.” (Baldwin, 1956, p. 82)

Ese “sea-change” no es solo un cambio de percepción, sino una transformación de la propia identidad. Giovanni es la fuerza que provoca que David, el protagonista, se vea a sí mismo con honestidad brutal: se enfrente a su deseo, a su miedo, y a la culpa que lo paraliza. Baldwin captura perfectamente cómo el amor puede ser al mismo tiempo una revelación y un acto de autoalienación. La mirada hacia Giovanni se torna casi un espejo de la propia culpa:

“It became a stranger’s face—or it made me so guilty to look on him that I wished it were a stranger’s face.” (Baldwin, 1956, p. 73)

Es por ello que más allá de la historia de pasión y de pérdida, la novela puede entenderse como un ensayo sobre la alienación. Una alienación que se muestra en la distancia entre lo que sentimos y lo que podemos asumir, entre la intimidad que deseamos y la sociedad que nos dicta normas de conducta. Esta alienación no se limita al ámbito sexual o romántico, se extiende a la experiencia del hogar, del tiempo, de la memoria. Incluso en ese regreso a casa, cuando uno se acaba enfrentando a la evidencia de que nada es lo que era. En palabras de Giovanni:

“Why, you will go home and then you will find that home is not home any more. Then you will really be in trouble. As long as you stay here, you can always think: One day I will go home.” (Baldwin, 1956, p. 111)

Baldwin, de manera magistral, convierte lo concreto en simbólico: cada habitación, cada calle de París, cada encuentro con un extraño, se convierte en un reflejo del conflicto interno del protagonista. El amor, la culpa, la pérdida, todo se superpone en capas de memoria y deseo, generando una sensación de tiempo líquido, de vida que ocurre bajo el agua, como él mismo lo describe y la propuesta teatral de Eline Arbo y Bart Van den Eynde capta a la perfección.

Con todo, lo que hace que Giovanni’s Room siga siendo contemporáneo es que no se limita a narrar la marginalidad de un amor homosexual, sino que indaga en la condición universal del deseo y la pérdida, en la imposibilidad de poseer plenamente a otro ser humano y en la devastación que provoca la ausencia del afecto. Jacques lo resume con claridad:

“Somebody, said Jacques, your father or mine, should have told us that not many people have ever died of love, But multitudes have perished, and are perishing every hour—and in the oddest places!— for the lack of it.” (Baldwin, 1956, p. 59)

Baldwin recuerda que la verdadera tragedia no es la pasión prohibida ni la culpa personal, sino la incapacidad de amar o de ser amado, de reconocerse en los demás. La fuerza de la novela reside en que más allá de la experiencia de Giovanni o de David, entrevemos nuestras propias pérdidas, nuestros propios miedos a la intimidad y al dolor.

Y quizás lo más conmovedor de todo es cómo Baldwin articula la inevitabilidad del sufrimiento:

“Much has been written of love turning to hatred, of the heart growing cold with the death of love. It is a remarkable process. It is far more terrible than anything I have ever read about it, more terrible than anything I will ever be able to say.” (Baldwin, 1956, p. 149)

Ese “más terrible de lo que podré jamás decir” es el latido central de la obra. No hay moraleja ni cierre consolador, solo la vida misma y su inescapable soledad. Y quizás, después de tantos años, eso es lo que hace que la novela siga siendo referente: nos recuerda que el amor verdadero siempre conlleva riesgo, que la culpa y la pérdida son inseparables de la vida, y que cada decisión que tomamos nos acerca o nos aleja de la esencia de lo que somos.

Baldwin no propone ningún cierre, solo preguntas… ¿Somos capaces de amar lo suficiente para vivir plenamente, a pesar del dolor que este amor inevitablemente traerá? 

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