Brian de Palma en el Barcelona Film Festival 2026

Existen muchas maneras de llevar a cabo un homenaje. Algunas destacan por su elegancia, otras, por su falta de la misma. De título original Obsession, aunque la distribución española prefirió el sustantivo más desnudo, rebosa referencias al cine de Hitchcock, especialmente a su aclamado film “Vértigo”.
Brian De Palma construye aquí un doble palimpsesto: sobre la superficie de Vértigo (1958) dibuja las líneas del giallo italiano, y del cruce entre ambas tradiciones extrae algo que no es del todo ninguna de las dos.
La premisa argumental es casi una paráfrasis declarada. Michael Courtland (Cliff Robertson) es un hombre de negocios de Nueva Orleans que, en 1959, pierde a su esposa Elizabeth y a su hija en un fallido rescate durante un secuestro. Quince años después, viaja a Florencia (el mismo lugar donde conoció a su mujer) y encuentra a una joven llamada Sandra (Geneviève Bujold) que es la imagen exacta de su mujer muerta. La historia que sigue no necesita que el espectador haya visto Vértigo para funcionar, pero sí que tenga alguna intuición sobre lo que significa desear la repetición de algo perdido, sobre la imposibilidad estructural de recuperar el pasado sin deformarlo. De Palma no oculta sus fuentes y es esto quizás lo que hace al homenaje tan sincero.
Pero De Palma no es Hitchcock, y esa distancia (que no es un problema) es donde Fascinación encuentra su propia identidad. El cine de Hitchcock opera con una frialdad clínica, una distancia calculada entre el espectador y el objeto del deseo o del terror. De Palma, en cambio, es un director barroco en el sentido más estricto del término: le interesan el exceso, la superficie, la sensualidad de la puesta en escena como fin en sí mismo. Y es precisamente aquí donde entra la herencia del giallo.
El giallo (esa tradición italiana de thriller de género que alcanzó su cima con directores como Dario Argento o Lucio Fulci durante los años sesenta y setenta) había desarrollado una estética de la violencia y el misterio radicalmente distinta a la anglosajona. Donde Hitchcock había construido tensión mediante la geometría del montaje y la psicología del punto de vista, el giallo apostaba por la textura: colores saturados, angulaciones expresionistas, una relación con el cuerpo femenino que oscilaba entre la mirada voyeur y la crítica a esa misma mirada. De Palma había absorbido esas lecciones en trabajos anteriores, especialmente en Sisters (1972), y en Fascinación las aplica con mayor delicadeza.
La Florencia que aparece en pantalla no es la ciudad turística ni la ciudad histórica: es una ciudad-cuadro, artificialmente iluminada, con una paleta cromática que recuerda más a Argento que a cualquier postal. Las escenas de persecución nocturna, los espacios laberínticos de las iglesias medievales, la manera en que la cámara convierte a Sandra en un objeto de contemplación antes que en un sujeto activo, todo ello proviene de una gramática visual que el giallo había creado y De Palma ha adoptado. No olvidemos, como dato extra, que estamos frente a un director ítalo-americano.

Geneviève Bujold es el centro gravitacional de la película. Su doble función (evitando spoilers) le exige sostener simultáneamente la inocencia y la sombra, lo genuino y lo fabricado, sin que ninguna de las dos dimensiones anule a la otra. Lo consigue especialmente en los momentos en que el guión amenaza con volverse demasiado esquemático. Cliff Robertson, por su parte, encarna una variante del héroe hitchcockiano: el hombre que no puede dejar de mirar, que confunde ver con comprender, que toma la semejanza superficial por la identidad profunda.
El tercer acto de Fascinación ha dividido a los críticos desde su estreno. Hay quienes consideran que el giro final es un exceso melodramático que destruye la tensión acumulada; otros argumentan que ese desbordamiento es precisamente el punto. De Palma no está interesado en la resolución limpia que Hitchcock habría preferido: le interesa el colapso, el momento en que la obsesión se vuelve contra sí misma y revela su propia imposibilidad. En ese sentido, Fascinación es más honesta que Vértigo respecto a lo que el deseo de repetición realmente implica: no la recuperación del pasado, sino su destrucción definitiva. También cabe recordar otros finales convulsos en películas suyas, por mencionar unos pocos: Carrie, Scarface, incluso Sisters. Se podría decir que ya es un sello autoral de De Palma.
Que Fascinación sea una película menor dentro de la filmografía de De Palma es, posiblemente, cierto. Especialmente por ciertos deslices que, por momentos, la hacen parecer un poco kitsch o camp. Que sea también una de las exploraciones más inteligentes que el cine norteamericano de los años setenta produjo sobre la relación entre el deseo, la memoria y la imagen es, igualmente, innegable. Entre Hitchcock y Argento, entre el suspense anglosajón y el exceso cromático del giallo, De Palma encuentra un espacio que le pertenece únicamente a él.