Walpurgis – BCN Queer Horror Film Fest cumple su segunda edición, estando cada vez más cerca de convertirse en un festival a toda regla.
No hace falta ser cinéfilo para haber visto Psycho, el gran thriller psicológico de Hitchcock, o Scream, el irónico slasher norteamericano. Quizás ya menos gente conozca Rebeca, también de Hitchcock, o Sleepaway Camp, uno de los primeros slashers en atreverse a jugar con las convenciones del género.
Sin embargo, el horror queer, a pesar de tener títulos conocidos, suele pasar desapercibido. ¿Por qué? Porque lo que se considera “queer” dentro del horror va mucho más allá de lo estrictamente homosexual/no homosexual. Este tipo de horror toma en cuenta otros aspectos que van más allá de la identificación de las preferencias sexuales o la identificación de género. Temáticas como la marginalidad, la diferencia, la segunda adolescencia, el “gender blending, entre otras…
A su vez, muchos de estos personajes recurrentes en el cine de terror: asesinos travestidos, vampiras hipersexualizadas que luego serían inspiración drag, y otras manifestaciones serían revisitados por la teoría queer actual bajo una nueva lupa que permite ver cómo estos cánones podrían ser reinterpretados de manera queer.
Entonces, lo que se define como horror queer es una forma de re-leer las películas por los temas que tratan, la estética que tienen, y, la evolución histórica de estos personajes primigenios que insinuaban pero que no decían, a personajes más abiertos y representativos de la realidad LGBTIQ+. Al mismo tiempo, también, la creación desde cero estas representaciones de lo queer en el horror actual. Es un horizonte que, a pesar de contar con referentes, aún se permite la exploración.
Walpurgis Film Fest: Entre la carne y lo infernal
La inauguración de la segunda edición del Walpurgis – BCN Queer Horror Film Fest empezó sin preámbulos ni rodeos: con El padrastro, el corto de José Casas, y una primera impresión bastante clara de por dónde iba a respirar la noche.
Doce minutos de animación española en los que el gore no es un adorno, sino el lenguaje principal. Robert, ese hombre de presencia casi publicitaria, guapo, correcto, aparentemente intocable— encadena un descenso rapidísimo hacia lo grotesco, como si el propio dibujo disfrutara desmontando esa imagen de “vida perfecta” hasta dejarla en carne viva. En sala, el efecto fue inmediato, pues no hay distancia posible cuando la sangre salpica en clave animada pero con una precisión tan física que el cuerpo del espectador reacciona antes que la cabeza.
Después, el cambio de tono con The Serpent’s Skin de Alice Maio Mackay no suavizó nada, simplemente desplazó el tipo de incomodidad. En el largo, Anna huye de un pueblo transfóbico y encuentra a Gen, tatuadora, figura magnética y punto de atracción casi hipnótico. A partir de ahí, la película articula una historia donde el deseo es un detonante literal: los tatuajes como apertura, como aquello que deja entrar lo que no debería. Apareciendo un demonio que, más que funcionar como entidad externa, se evidencia como consecuencia directa de vínculos, traumas y pulsiones que se desbordan. Y en ese cruce entre lo romántico, lo violento y lo sobrenatural, el film va construyendo un imaginario donde lo queer y lo monstruoso dejan de ser categorías separadas para confundirse en un mismo gesto.
Lo interesante es cómo ambas piezas, tan distintas en formato y duración, se responden entre sí dentro de la misma sesión. El corto trabaja el cuerpo desde la explosión inmediata, desde el impacto casi físico del exceso; el largo, en cambio, lo abre desde lo emocional y lo identitario, dejando que el horror se filtre poco a poco hasta contaminarlo todo. Y entre uno y otro se dibujó una idea bastante precisa de lo que iba a ser la inauguración: no una presentación solemne, sino una declaración clara de intenciones a través de las formas del desborde.
Un marco que no es para nada casual, pues el Walpurgis – BCN Queer Horror Film Fest nace con la voluntad explícita de ocupar un espacio que en la ciudad no existía, un lugar dedicado al terror queer, a las miradas disidentes y a las narrativas que han quedado históricamente fuera del circuito más visible del fantástico. En ese sentido, no se trata únicamente de programar películas LGTBIQ+ o con perspectiva feminista, sino de construir un marco donde esas películas no sean excepción sino eje central.
Cortos en competición:
La selección de este año abarcó un espectro amplio y deliberadamente excesivo: desde la fábula política y el horror corporal hasta el camp más desatado, pasando por la ciencia ficción distópica y el terror costumbrista. 12 cortos expuestos a ser valorados tanto por el jurado (compuesto por Lizette Nin Jimani, Charas Vega, Marina Velveth y Saya Solana) como por los asistentes a las proyecciones, quienes le otorgarían al corto ganador el premio de favorito del público.
Entre los títulos de la primera sesión destacaron Buitres (Santi Alvarado), un retrato asfixiante del Madrid de los desahucios; Mátame (Pau Canivell), sobre el precio de la fama para una drag queen novata; y la inclasificable The Lesbian Alien Darkroom Fisting Operetta on Venus (Lasse Långström, Suecia/Alemania), una opereta galáctica sobre Sea Butches y gentrificadores que convirtió el cuarto oscuro en escenario de resistencia distópica.
La segunda sesión trajo propuestas igualmente heterogéneas: Bestiario (Darío Julve), alegoría distópica sobre una comunidad mutante perseguida que secuestra a una periodista para vengarse de las fake news que escribe sobre elles; Lencería Milagros (Jana Moreno), historia de memoria familiar y amor prohibido a través de tres generaciones; KillJote (Ángel Villahermosa), terror vecinal con humor negro y romance lésbico; y la húngara The Rebellion of the Lesbian Jacobines (Mária Takács), en la que las ilustradas del siglo XVIII invocan a Melania Trump para expulsar al emperador Donald del campo.
El Premio Walpurgis al Mejor Cortometraje, que incluye dotación económica, conversión a formato DCP y subtitulación accesible, fue concedido por un jurado externo de profesionales del audiovisual. Killjote, la historia de la abuela lesbiana asesina, se llevó el premio del jurado y el galardón del público, mención especial votada por los asistentes. Cerrando así una programación que, en su conjunto, confirmó la vitalidad del cortometraje queer como herramienta para pensar cuerpos, género y política desde los márgenes del fantástico.
El festival articula una idea clara: el terror como herramienta para pensar la identidad, la violencia y el deseo, pero también como un espacio de experimentación formal, donde lo incómodo, lo marginal y lo excesivo no se liman, sino que se asumen como lenguaje propio.
Al mismo tiempo, el Walpurgis se define tanto por lo que proyecta como por cómo se sostiene. Es un festival autogestionado, atravesado por la precariedad estructural habitual en este tipo de iniciativas culturales, que aun así apuesta por generar un tejido de colaboración entre creadoras, programadoras, festivales afines y espacios culturales de Barcelona y Cataluña.
Su programación combina largometrajes y cortos, actividades paralelas, coloquios y encuentros que buscan ampliar la experiencia más allá de la proyección, abriendo conversaciones en torno a la diversidad, la representación y los límites del propio género. El festival se presenta como algo deliberadamente no institucional, se trata de un proyecto que insiste en existir desde la pasión cinéfila y política, y que entiende el cine de terror queer no como una etiqueta de nicho, sino como un campo vivo de resistencia cultural y creación compartida.