¿Por miedo o por placer?: Leticia Sala presenta Dame Veneno que quiero vivir

Rigoberta Bandini y Leticia Sala en la Central del Raval. / Fuente: María Nazarena Otero
Leticia Sala y Rigoberta Bandini reflexionan sobre los procedimientos estéticos en La Central del Raval

El jardín de La Central está a reventar. Tengo que sentarme en el suelo para poder estar mínimamente cómoda. Leticia Sala (Scrolling After Sex, Los cisnes de Macy’s, In Real Life) charla con Rigoberta Bandini (el alter ego musical de Paula Ribó), y yo las veo de lejos y desde abajo, lo que las hace parecer importantes, sabias.

Estoy en la presentación del nuevo libro de Sala, “Dame veneno que quiero vivir” (Anagrama), un juego de palabras con la canción de Los Chunguitos, un libro que va, según la declaración de intenciones de la propia autora, sobre “skincare, bótox, miedo a envejecer y linaje femenino”. Y es que hay mucho para hablar sobre estos temas; este jardín caluroso de junio, abarrotado de mujeres de todas las edades, algunas sentadas en sillas, otras en el suelo, como yo, y otras incluso de pie, lo confirma a gritos.

Libros en la presentación en La Central del Raval / Fuente: María Nazarena Otero

Bandini comienza a hablar y nos cuenta la anécdota de su primer pinchazo de bótox. “Me puse bótox por la misma razón que he probado la mayoría de las drogas que ofrece el mercado”. Tras presentar los premios Goya, la cantante de “Mamá” confesó que sufrió una especie de acoso por parte de numerosas clínicas estéticas que querían ser el nombre detrás de la nueva cara de la cantante. Lo cuenta entre risas, pero reconoce que fue casi una experiencia de bullying que le causó mucha confusión, y que, en ese contexto, optó por aceptar la oferta de la clínica que más le simpatizó.

Esa misma confusión que menciona Bandini es la que le da pie a Sala para mencionar uno de los temas fundamentales de su libro: ¿nos hacemos tratamientos estéticos por placer o por miedo? ¿Es autocuidado y salud, o es engaño y pavor?

Se trata de una línea difusa. Sin embargo, la autora no busca aclarar del todo esta dicotomía, ni mucho menos criticar a quienes optan por estos procedimientos, sea por la razón que sea. Bandini agrega: “Nadie sale ilesa de sus propias palabras. La teoría parece que la sabíamos todas.” Sala comenta que, después de este libro, ya no podrá hacerse bótox.

Madres ambas, les resulta imposible no hablar del futuro que les dejan a sus criaturas si no critican estas formas de violencia hacia las mujeres. A través del ejemplo de los Sephora Kids (que tiene su propio capítulo en el libro) se traza la línea entre generaciones y se aborda el tema de los tratamientos preventivos, como el skincare “anti edad” a una edad temprana, o el aún más extremo baby bótox. La pregunta está clara: ¿cuál será la relación de estas nuevas generaciones con la vejez?

La industria cosmética cada vez incentiva a las mujeres a utilizar más productos / Fuente: María Nazarena Otero

Y aquí aparece otra arista: la infinidad de cámaras que rodean a la infancia y la adolescencia. Si Rigoberta Bandini, como mujer adulta, no pudo soportar la presión de las cámaras en los Goya y optó por el bótox, ¿qué esperar de las generaciones más vulnerables, constantemente bombardeadas con publicidad edadista?

Sala decide acabar la charla con una reflexión que se queda flotando en el aire caluroso del jardín: el problema no es el bótox o los procedimientos estéticos en sí, sino el sistema que hace que tanto una cantante premiada como una niña de doce años sientan que necesitan defenderse de su propia cara.

Mientras el jardín de La Central se va vaciando despacio, con esa lentitud de las tardes de junio que no quieren acabar, queda la sensación de que esta conversación acaba de empezar. “Dame veneno que quiero vivir” no busca dar soluciones a este problema, sino que nos invita a nunca dejar de reflexionar sobre ello. Sala propone algo más incómodo y más honesto, buscar esa sabiduría que nos permitirá ser algo más que nuestra piel.

Angle